2018-05-12

25 años de una escuelita de fútbol que creció entre pelotas coloridas, caños y la alegría del juego

Alfredo Ortiz creó la escuela de fútbol que funciona en el gimnasio del Centro Atómico. “Llegan con alegría porque saben que van a pasar un buen momento, que se van a divertir. Y si quieren tirar un caño, lo pueden hacer con absoluta libertad”, definió.

Ortiz reflexiona convencido: “el 80 por ciento de lo que sé me lo transmitieron los chicos”, luego de hacer un repaso por su experiencia al frente de la escuela de fútbol infantil que nació hace 25 años. “Nunca los dejé”, aclaró, porque más allá de haber dirigido equipos de primera división en torneos de jerarquía, siempre volvía los sábados a encontrarse con los chicos. Alfredo es un convencido de que los chicos tienen esa particular capacidad de generar la energía suficiente para recargar “las pilas” de los adultos.

Después de tanto tiempo a cargo de la conducción de la escuelita, entre pelotas coloridas y jugadores inquietos, Alfredo tiene una teoría que ronda incesante por su cabeza. “Nosotros nacemos sanos, transparentes y vírgenes en muchas cosas, después nos vamos contaminando”, y contó que los chicos llegan al gimnasio del Centro Atómico con alegría porque saben que van a pasar un buen momento, que se van a divertir. Si quieren tirar un caño, lo pueden hacer con absoluta libertad.

Sobre los principales cambios sociales en estos 25 años, Ortiz está convencido que los chicos son iguales a los que recibió por primera vez en una canchita de tierra; los que cambiaron son los padres. La conformación familiar es distinta. “Ahora no está muy claro la autoridad, la figura materna, la paterna. Eso sí cambió”, comentó.

Y las reacciones de los padres a veces resultan incomprensibles. Hace poco tiempo -contó Alfredo- se juntaron con otra escuela de fútbol para hacer un partido entre chicos de 5 años. “Ellos se divierten, sólo corren atrás de la pelota”, describió, pero el marco a veces no se corresponde con esa candidez del juego. Los pequeños jugadores se vistieron con los colores correspondientes, empezó a rodar la pelota y los padres se transformaron, eufóricos, alentando a los chicos, ingresaron a la cancha. Y por supuesto, esa particular presión puede perjudicar el desarrollo deportivo del pequeño jugador. “Conocí algunos chicos que jugaban muy bien, pero sufrían esa presión. Y no jugaron más”, contó.

Por su escuelita pasaron jugadores como Alberto Mansilla y Franco Montero. Hoy, los protagonistas en la semifinal del torneo de primera división en Puerto Moreno. “Franco era obsesivo de chico con patear al arco, no le importaba si íbamos ganando 7 a 0. Y Mansilla siempre tuvo un manejo interesante de la pelota. Algunas cosas, evidentemente, no cambian”, reflexionó.

La historia que cumple 25 años se inició en una cancha de tierra. Cuando comenzó a desplegar su proyecto de fútbol infantil se produjo la inauguración del gimnasio del Centro Atómico. Le abrieron las puertas y le permitieron trabajar con absoluta libertad, algo que hoy agradece. “En un momento llegaron a ser cien chicos y estaba yo solo a cargo”, contó, hizo un silencio y aclaró sonriente: “yo era más joven”.

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