Mailcolpué
Al intentar describirlas se aglomeran las referencias, como pujando cada una por ser la primera en ser mencionada, todas dignas de ello. Por alguna hay que comenzar. Vaya, pues, por la ruta que las une a Osorno. Espectacular, por ella en sí misma con su diseño de infinitas curvas y desniveles, como por su señalización meticulosa, su estado de conservación excelente y por el entorno que atraviesa en sus aproximadamente 65 kilómetros. El conductor no puede –si es que en alguna ruta pudiera hacerlo– descuidarse ni por instantes ni por metros, tal es la sucesión y diversidad de escenarios que aparecen delante de su vista. El acompañante podrá distraerse mirando hacia los laterales, al horizonte siempre cercano, para disfrutar de la arboleda, los sembrados, los galpones de fundos antiquísimos, las edificaciones modernas, los rebaños, los hatos, las flores, los rododendros, los notros, las escuelas rurales, los prados verdes, los desmontes por aprovechamiento de bosques implantados, los aserraderos con sus prolijísimas estivas de madera y de leña, del típico boyero de los que había tantos en épocas pasadas, con su caña conduciendo su yunta de overos/bayos, cubierto con su poncho de lana y su sombrerito de caricatura, como de los muchos personajes de ambos sexos con vestimenta de marcas promocionadas y su celular en ristre, en fin, de todo ese conglomerado diverso y aún así, típicamente chileno de esas comarcas de nuestro vecino país.
...Y repentinamente aparece el océano, es decir, ¡vaya petulancia! nos asomamos nosotros frente a esa inconmensurable masa de agua que allá abajo golpea en ondas soberbias sobre las rocas o, en las arenas de las dos caletas mencionadas donde innumerables botes y embarcaciones pequeñas se mecen y cabecean, rompe en espuma blanca... Y no digo mansa. No. La sensación que producen es como si dijeran: sí, somos de un mar pacífico, vengan, pero téngannos el debido respeto. No jueguen con nosotras.
Y ha de ser así, a juzgar por el movimiento de pesca artesanal que se observa en Bahía Mansa: un prolijo malecón consolidado con enormes bloques de roca, un sólido muelle en espigón de hormigón, barcas atracadas, camionetas cargando el producto del mar prolífico, hombres trabajando, galpones de obradores o almacenes, montones de algas secas...
A su borde, donde termina la pequeña playa, limitada por la abrupta ladera montañosa, un par de árboles que dan sombra y unos tambores de metal desde los que emerge un leve humo... y un aroma penetrante. “¡Yá ‘po, arrímense a probar el peje sierra ahumaíto!” Levantó la tapa de uno de los tambores y nos extendió cortésmente una porción blanco-tostado... Tendrá que ir el eventual lector para experimentar per-se e in situ aquel manjar, pues me declaro incompetente e incapaz de describirlo en palabras... Por cierto, ni plato ni cubiertos: solamente una porción de papel de cocina a guisa de bandeja.
Y en la vecina villa de Maicolpué, más urbana, cabañas multicolores prendidas como abrojos a la escarpada ladera verde cubierta de nalcas y helechos, el tránsito detenido ante el cruce parsimonioso de unos cerdos por el pavimento y un cartel que ilustraba: Vía de evacuación en caso de tsunami...
Sin duda que allí el Pacífico tiene lo suyo... por eso vale la pena visitarlo.
Nantlais Evans