¡O sancta simplícitas!
Adocenados por un relato único y unilateral lo acatan ciegamente hasta en las jotas y las tildes y al defenderlo con vehemencia como si fuera un dogma sagrado son funcionales a los dictados de quienes se lo predican. Es lamentable que en su “santa ingenuidad” no se arredren ante nada y como tienen “poca sal en la mollera” se empeñen en rebatir y menospreciar a todo aquel que no esté de acuerdo con el mensaje único que emana del poder autocrático de sus “ídolos con pies de barro”.
Su celo los lleva a acatar todas las decisiones que se toman a dedo y desde la cúpula, aunque ellos no estén de acuerdo. Y lo que es peor, es que son motivados para denigrar a quienes discrepan con la estructura dogmática, acercando como aquella patética viejecilla un leño más a la pira de estos modernos inquisidores.
Esos militantes llanos y cegados que se convierten en “pedantes y verdugos, adoctrinados en los discursos de piojerías” son al decir de Rabelais “como estudiantes que solo aprendieron a discutir sin pensar, haciendo creer a los demás que tienen razón aun cuando saben que están equivocados, o guardarse la pelota, si la tienen en la mano y arrancarla si la tiene el otro”.
¿Sabrán en su fuero íntimo estas almas simples que sus voluntades son dominadas por una dirigencia perversa que los trata al decir de Bonaparte “como cosas y no como semejantes”? ¿Qué esa dirigencia con ínfulas de despotismo los desprecia, pero que los usa a su gusto y paladar? ¿Qué esa dirigencia de cuatro pícaros solo quiere a genuflexos en torno suyo porque “no sabrían qué hacer con ellos si no tuvieran alguna mediocridad de carácter o de espíritu”? ¿Intuirán qué esa dirigencia proclive a los desaguisados y que “nunca supo distinguir entre lo malo y lo peor y entre lo bueno y lo mejor” los uniforma en sus decisiones erróneas y desatinadas y los envía como autónomas a proclamar sus dictados? ¡Oh, sanctas simplícitas!!
Lamentablemente “esa dirigencia” cada día baja línea a sus acólitos para que apoyen y defiendan sus arreglos espurios y sus indisimuladas apetencia de poder, lo cual al decir de Abelardo “es cosa ridícula exponer a los demás lo que ni uno ni los otros pueden comprender inteligiblemente”. Pero no hay caso, mientras haya servidores de esa carencia de voluntad y de entendimiento que los doblega a sus mínimas expresiones, no habrá salida para vida política de los rionegrinos.
La famosa frase de Jan Hus al ver la actitud de la viejecilla al pie de la hoguera es semejante a aquella del evangelio: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”.
Jorge Castañeda
Escritor - Valcheta