EMOCIONES ENCONTRADAS: Un puma cebado

EMOCIONES ENCONTRADAS: Un puma cebado

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

R

ogelio se levantó temprano, apenas amagaba aclarar. Como cada mañana, encendió el fuego en la cocina y puso sobre ella la pava a calentar. No necesitó prender el farol pues la claridad, poco a poco, se iba apoderando de la casa. Decidió no encender la radio, para escuchar el trinar de los pájaros del monte vecino que saludaban al día. Destapó un repasador debajo del cual descansaba un pan que había horneado la tarde anterior. Sintió del lado de afuera, pegado a la puerta, un quejido de su perro, Curí, que se estiraba. Era el gran compañero de aquel hombre solitario. Los demás perros dormían en el galpón o al reparo debajo de alguna mata cercana; Curí era el único que entraba a la casa y siempre acompañaba a su amo, incluso hasta el pueblo.

Rogelio había decido hacer las recorridas más seguido pues era época de pariciones y ello requería redoblar la atención. Salió y Curí lo saludó moviendo la cola y refregándole la cara contra la pierna; él dejó rozar su mano sobre la cabeza del perro. “Cómo anda, compañero”, le dijo. El animal entendió que era el momento de marchar y lo siguió. Ambos se dirigieron al corral; allí, el alazán parecía estar esperándolos y se acercó a la tranquera. Luego de ensillar, se hicieron al campo.

El caballo solo tomó el sendero, alejándose de la casa que estaba de espaldas al monte tupido, con la pradera por delante, que se eleva hasta una loma alta coronada de piedras, rodeadas por un cipresal. Rogelio armó un cigarro y lo encendió mientras miraba los perros corriendo detrás de alguna liebre, acompañados por el grito de los teros que quebraban el aire mañanero; Curí, como siempre, marchaba bajo el estribo. “Qué lindo que está el pasto”, pensó Rogelio, al internarse en el mallín. Meneó la cabeza con gesto contrariado al darse cuenta de que no había cargado su revólver. Esa época era propicia para que ronden con más insistencia pumas y zorros; pero, como ya había salido, no quiso perder tiempo en volver a buscar el arma.

Vio a la distancia un par de caranchos o jotes (no supo distinguirlos) y una sombra le cruzó el rostro. Seguramente habría un animal muerto. Taloneó al caballo y apuró un galope; al acercarse, vio una oveja muerta y a su lado la cría, un poco más allá dos más. Desmontó y tocó a uno de los animales muertos, estaba tibio. No dudó de que hubiera sido un puma, por el tipo de herida.

Una sola de las ovejas estaba algo comida, a las demás sólo las había matado. “Debe ser un lión cebado”, pensó. Miró los alrededores y vio las inconfundibles huellas del felino que se alejaban en dirección al cerro, que se eleva a un costado de donde él estaba.

Sin dudar un instante, las siguió. “Si comió hace poco, debe haberse echado por ahí”, pensó. No era la primera vez que se hallaba frente a esa situación y todos los lugareños conocían de sobra los hábitos de ese depredador de las majadas. Miró las piedras en la cresta del cerro, como intuyendo que allí estaría. Volvió a lamentar no haber agarrado su revólver, pero los perros eran baqueanos y si lograban encerrarlo, por ahí, le dejaba un flanco para atacarlo con el cuchillo, que siempre llevaba a la cintura.

Alertados por el ladrido insistente de uno de los perros, que se había adelantado, los demás corrieron en dirección al pedrero. Rogelio, a la distancia, observó que arremetían y escapaban hacia atrás, nerviosos; no tuvo dudas de que habían encontrado al puma. Se acercó de un galope y vio, unos metros delante de él, que el felino se había subido a una piedra y, desde allí, se defendía de los perros, que lo habían rodeado e intentaban morderlo. El puma azotaba su cola a un lado y otro, con las orejas pegadas a la cabeza, con la boca abierta, mostrando los colmillos y emitiendo un rugido ronco, potente. Rogelio gritaba, alentando a los perros, que cada vez se acercaban más a su presa. Por la derecha, uno de ellos alcanzó a morderle una pata pero la velocidad de la mano del felino lo alcanzó y rodó lastimado, gimiendo. Rogelio acercó el caballo y pudo ver que el perro gemía y sangraba en uno de sus cuartos. Fue en ese instante en que el puma saltó en dirección hacia el caballo, aprovechando el espacio que había dejado el perro que rodó herido. El alazán se espantó al ver que el al felino iba sobre él y se abalanzó, parándose de manos, provocando la caída del jinete. Le pareció que todo se alejaba, que tomaba distancia, que flotaba. Como un eco lejano, le llegó el ladrido de los perros y el relincho nervioso del caballo, mientras un dolor profundo le ganaba el lado derecho, a la altura de la cadera. Su pierna estaba tiesa, no la sentía, intentó moverla, pero el dolor le arrancó un grito. Tuvo la certeza de que era una quebradura, además, tenía un dolor muy fuerte en la cabeza, que había golpeado en una piedra al caer.

Los perros seguían ladrando en un pedrero cercano, adonde seguramente había huido el puma, sólo quedó junto a él Curí, que miraba alerta los alrededores, en clara actitud de cuidado, intuía que su amo estaba en peligro, indefenso y lastimado. Rogelio tomó el cuchillo de su cintura y lo dejó en su mano, por si el puma regresaba y lo atacaba. Aunque por los gruñidos de los perros intuyó que lo tenían a raya allá a lo lejos, si tenía a sus crías en las inmediaciones, regresaría. Rogelio intentó incorporarse pero el dolor lo venció, cayó abatido, de espaldas y se desvaneció.

Sintió, como si vinieran de lejos, unas voces, ¿Cuánto tiempo había pasado?, lo ignoraba. Los ladridos y gruñidos habían cesado y, de fondo, escuchó tibiamente el canto de un pájaro. Estaba atardeciendo. Entreabrió los ojos y distinguió el rostro de Castañeda, su vecino, que parecía hablar con alguien más. “Calma, cumpa. Ya lo vamo´a sacar”, le dijo, palmeándole el pecho. Rogelio miró al otro lado y vio que también estaba López, otro vecino. Los dos hombres ataban un cuero de vaca a dos largueros, improvisando una camilla, sobre la cual recostaron al herido y bajaron de a pie, cargándolo hasta la casa. Allí estaba la camioneta de Castañeda en la que lo llevaron al hospital cuando ya había caído la noche.

“¡Tu perro nos avisó, che!”, le contó su vecino cuando Rogelio ya descansaba en la cama del hospital, reponiéndose. “Llegó hasta las casas y ladraba sin parar. Corría para el lao´el campo y volvía a buscarnos. Increíble”. A Rogelio, le rodó una lágrima y tuvo ganas de tener a Curí cerca para abrazarlo, “¡Le debes una, eh!”, le dijo Castañeda al salir de la habitación, dejándolo descansar.

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