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06/11/2026

Bariloche 1970: relatos de salamancas y guitarras brujas

Viejos vecinos que habían migrado desde la Patagonia profunda compartieron relatos con curiosos recopiladores. Se publicaron en la década de 1980.
"El cerro Anecón está hueco y adentro hay como un museo". Foto: Gustavo Crencic.
"El cerro Anecón está hueco y adentro hay como un museo". Foto: Gustavo Crencic.

El relato resultará familiar para quienes estén al tanto de cierta leyenda con origen en el Delta del Mississippi (Estados Unidos): un muchachito de origen afro caminó y caminó por una ruta polvorienta hasta que llegó a una encrucijada. Cuando partió de los lugares que solía frecuentar, era un guitarrista mediocre al que nadie prestaba atención. Al retornar, tocaba como los dioses. ¿Hubo un pacto en aquel cruce? Como murió muy joven y solo grabó un disco, la sospecha se alimentó durante décadas.

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Hasta ahí la historia de Robert Johnson, mítico violero del blues rural que influyó en Eric Clapton y muchos otros. De hecho, fue el inglés quien reversionó “Encrucijada”. Hasta una película que se estrenó en 1986 actualizó la historia, pero como contrapartida desafortunada, nadie atinó a grabar a Marcelino Ancatruz en el interior de la Patagonia. En consecuencia, ningún prócer del rock pudo actualizar su propia leyenda: una salamanca en lugar de una encrucijada, un rincón emblemático de la Línea Sur rionegrina en vez del sudeste estadounidense.

No hay registros sonoros sobre Ancatruz y su sapiencia guitarrera, pero sí uno escrito. Se publicó en 1984, aunque según la recopiladora accedió al relato en 1971 aquí, en Bariloche. Es que, si bien Cayetano Antimilla era oriundo de Anecón Grande, por entonces residía a la vista del Nahuel Huapi. Berta Vidal de Battini estaba interesada en las contadas que para la gente docta son “mitos” o “leyendas”. El testimonio de Antimilla llamó su atención.

“El cerro de Anecón Grande es altísimo. Es salamanca ese cerro”, disparó de entrada su entrevistado. “Eso sabía contar mi finado padre. Todo los vivientes de Anecón Grande saben que el cerro es salamanca”. Con ese término -vivientes- se refería el relator a las personas que residían en los alrededores. Aprovechamos para mencionar que El Cordillerano modifica un tanto la ortografía de texto original para facilitar su lectura.

Robert Johnson. De su colega patagónico no hay imágenes.

“Dicen que hay como un tubo adentro del cerro, pero grande, para entrar a una casa”, ilustró Antimilla. “Es una casa adentro. Ahí vive el diablo y van brujas, claro. Los Prafil, vivientes viejos, saben bien. Ellos cuentan cómo es la salamanca. Ellos saben, los que han ido ahí. Los vivientes cuentan y mi padre ha oído, ha sentido canto, fiesta, que hablan gente en la salamanca de Anecón Grande. Muchos han ido a esa fiesta y van a pedir para saber muchas cosas”, es decir, para adquirir un don.

Bicho loco

Claro que el cometido podía resultar poco agradable. “Saben decir que adentro del cerro había como un museo. Que salen toda clase de bichos feos, malos: león, tigre, serpiente, por nácelo (sic) asusta a la gente que va. Que la gente que iba tenía que ser valiente. El que pasaba no tenía que hacer caso de eso, porque si se asustaba, si gritaba, al ver eso el bicho se volvía loco. Si era valiente le daba lo que pedía”, insistía Antimilla.

Al parecer, hubo uno de los pobladores de la zona que resultó bien bravo. “Antes sabía andar un hombre viejo, tenía como 70 años. Ese hombre, decían que había ido. Marcelino Ancatruz se llamaba. Ese hombre tocaba guitarra, tocaba mucho, como nadie tocaba”, ponderó el relator. “Era músico. Yo alcancé a conocer ese hombre. Todos decían que ese hombre había practicado guitarra en la salamanca”.

Las similitudes con el descendiente de antiguos esclavos son llamativas. “En ese tiempo era un hombre caminante nomás. En ese tiempo sabía andar a caballo. Sabía trabajar de campo en campo. Un hombre caminante. No tenía nada. Cuando encontraba guitarra por ahí, en una casa, en una fiesta, tocaba guitarra. Se admiraba la gente cómo tocaba. Lo buscaba la gente mucho para que tocara. Lo buscaba la gente mucho. Y le pagaba también”, describió Antimilla en el Bariloche de los 70.

Para él no quedaban dudas. “Decían que tenía que tener (sic) trato con el gualicho, algún diablo. Decían que ese aprendió en la salamanca de Anecón Grande. Todos sabían. Vivientes de mucho más acá, de lejos, sabían todo eso”, insistió el vecino. Cuando compartió su narración con la recopiladora contaba con 60 años. Se publicó en primera instancia en “Cuentos y leyendas populares de Argentina” (Ediciones Culturales Argentinas) en 1984.

El paraje Colitoro.

La precedente no es la única contada que vincula a la salamanca con cuestiones musicales. “En donde hay una salamanca se oye música, como si fuera una fiesta”, confió por su parte Susana Gallardo cuando contaba con 24 años, también en 1971, pero en Ingeniero Jacobacci y para la misma recopiladora. “Se oye de lejos. Mi abuelo me ha contado que, en un cerro, en Colitoro, se encuentra una Salamanca. Dice que muchos oyen música como si fuera una fiesta”.

El paraje que responde a ese nombre está unos 50 kilómetros al norte de la localidad donde se encontraron Susana y Vidal de Battini. “Dice que aparece una criatura y al acercarse desaparece. Para ir ahí hay que tener mucho coraje, porque si no tiene coraje, no llegaría a escuchar nada”, aclara su relato. Los interesados “van a la salamanca para conseguir virtudes buenas. Por ejemplo, para que le ayuden a cuidar bien los animales, sino para aprender a tocar la guitarra, para amansar potros, para hacer cualquier cosa, ¿no? Que le salga mejor que a todos”. Como en el caso de Ancatruz…

Arañas de colores

“Sin son llamados por esa música entran solos, porque sin saber ya están adentro, y solamente les faltaría, si tienen coraje, quedar ahí, si no, lo mejor se asustan y se pueden volver hasta locos”, advirtió la relatora. No dio nombres, pero también aportó un caso concreto: “Un muchacho, resulta que entró y vio un atadito de leña y con sólo ver eso ya se sorprendió, así que tuvo que volver para atrás. Entonces, no había escuchado nada. Cuenta él que se asustó, que empezó a ver bichos, arañas bonitas de distintos colores, pero a él le sorprendió y salió en seguidita”.

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Anecón Grande y Colitoro no son tan raros como podría suponerse. “También en el cerro de Atraico hay otra salamanca. Todos la conocen”, aseveró por entonces Susana Gallardo. El tercer lugar queda al sur de Ingeniero Jacobacci. ¿Dónde más habrá salamancas en la provincia de Río Negro? ¿Cuántos eximios y olvidados guitarristas debieron su talento al pacto que se animaron a celebrar? La de películas que quedaron sin filmarse…

Las recopilaciones de Berta Vidal de Battini está reproducidas en “Salamanca. Mitos y leyendas de la Patagonia”. Colección UPCN en las letras (2025).

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