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08/10/2026

La bloguera de Bariloche lanzó un podcast e hizo blanco en la “especulación masculina”

Porque la palabra escrita le quedaba chica, Julia Molina incursiona en otro formato, igual de impertinente e inquisidora. El segundo capítulo se llama “Las boludas se deprimen menos”.
Julia mantiene su blog y ahora incursiona en otros formatos.
Julia mantiene su blog y ahora incursiona en otros formatos.

Es joven la voz que se dirige al oyente en plan de interpelación, tan certera como pendenciera. Ya está disponible el segundo capítulo, pero cuando se entabló el intercambio con El Cordillerano, el que podía escucharse tenía como título “Notas sobre la especulación masculina”. Sigue ahí para el que se anime. Con su flamante podcast, La hija de Cioran vuelve a la carga con reflexiones filosas, aunque con intención de diálogo. Reclama argumentos, no gritos. Como se recordará, ya sostenía un blog igual de inquietante.

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Aquella denominación que invoca al filósofo rumano es el alter ego de Julia Molina, a quien, a esta altura, ya podríamos calificar como agitadora cultural de Bariloche. En su versión de audio y música explica con claridad que ahora incursiona en ese formato porque la palabra escrita le resulta insuficiente. No obstante, a pesar de su juventud, no quiere saber nada con los Reels u otros videos breves de redes sociales y/o plataformas de diversa índole.

“La tiranía del Reel y del formato brevísimo se convirtió en un insulto sistemático a la inteligencia”, arremetió la bloguera. “Vivimos en una época que le teme al silencio y a la pausa, en la que te exigen resumir una idea compleja en el lapso de atención que dura un parpadeo, como si una idea pudiera masticarse y descartarse en el tiempo que dura un bostezo”, cuestionó. “Si elegí el podcast y sigo apostando al blog es precisamente como un acto de resistencia a esa lógica del consumo exprés. Me niego a competir por los tres segundos de chispa en una pantalla”.

Hay que prestarle atención a la todavía veinteañera cuando dice que “si alguien tiene la decencia de frenar el mundo un rato, leerse un texto denso o clavarse quince minutos de audio para escuchar cómo desmenuzo una obsesión, lo que se arma ahí ya no es contenido digital: es un pacto de lectura y escucha entre cómplices. Prefiero mil veces la incomodidad de exigirle al otro que piense, antes que sumarme al circo de las migajas de dopamina”, sentenció.

El Cordillerano: el primer capítulo arremete contra la irresponsabilidad emocional masculina. ¿Se puede profundizar en su definición o descripción?

Julia Molina: más que una “irresponsabilidad” abstracta, el primer episodio aborda un síntoma de nuestra propia atrofia: la incapacidad evolutiva para hacernos cargo del otro. Hemos avanzado tecnológicamente a una velocidad obscena, pero emocionalmente seguimos operando con la madurez de un adolescente. El varón contemporáneo suele moverse en los vínculos desde una comodidad inmadura, queriendo los beneficios de la intimidad profunda sin pasar por el aprendizaje de sostener el peso de la presencia real. Se acercan, consumen tiempo, atención y afecto, pero ante la mínima exigencia de consistencia, retroceden como si les pidieran un esfuerzo biológico imposible. No es solo “miedo al compromiso” —esa excusa tan berreta con la que justificamos la tibieza—, es una pereza emocional monumental. Pretenden el banquete del vínculo, pero se niegan a lavar los platos. El episodio hace una radiografía de esa distancia patética entre la voracidad con la que demandan afecto y la cobardía con la que huyen cuando hay que sostenerlo, pero emocionalmente seguimos estancados en una adolescencia perpetua.

EC: hay una puntual crítica a los varones cis que se asumen deconstruidos, pero ¿qué quedaría para aquellos a los que ni se les pasó por la cabeza deconstruirse y demás demandas del feminismo?

JM: con el varón tradicional, aquel que ni siquiera procesa el debate, al menos hay una transparencia rústica: se sabe exactamente dónde estás parado y cuáles son las reglas. El problema real es el varón cis que se llena la boca con la agenda feminista, usa el lenguaje políticamente correcto como credencial y te vende una sensibilidad de manual, pero en el plano de los vínculos opera con la misma especulación de siempre. Usan la teoría como un artilugio estético, como un certificado de buena conducta que exhiben para conseguir lo que quieren sin asumir ninguna obligación real. Lo cínico de ese perfil no es que fallen, sino que usan la autopercepción de “deconstruidos” como una coartada perfecta para disimular la misma mezquindad de siempre, pero con un barniz progre. Entre el que se mantiene al margen y el que hace de su supuesta iluminación una estafa afectiva, el segundo me resulta infinitamente más deshonesto.

El primer capítulo que subió Julia a Spotify también es muy crítico hacia ciertas modalidades de aparente ayuda terapéutica que están de moda. “El auge de esa suerte de coaching emocional sin habilitación ni sustento es uno de los síntomas más siniestros de la época. Me parece un peligro absoluto poner la psiquis colectiva en manos de chantas con certificado exprés que se creen con derecho a aconsejar y diagnosticar”, disparó La hija de Cioran. “Se inventaron un arsenal de palabritas en inglés y neologismos de cartón para rebautizar problemas de toda la vida, como si ponerle un término corporativo a una angustia la hiciera más científica”.

La hija de Cioran cuestiona ciertos coachings.

Para la filósofa, estamos frente a “una forma clarísima de colonización del lenguaje para mercantilizar los vínculos cotidianos. Nos llenan la cabeza de tecnicismos importados para patologizar cualquier bajón o distancia afectiva, borrando de un plumazo la complejidad humana y las palabras precisas que el idioma ya tiene desde siempre para nombrar lo que nos pasa. No veo nada de positivo en esa industria del bienestar. Al contrario, es un mecanismo de control y alienación que terceriza el malestar en recetas vacías”.

Ningún púlpito

Julia ya subió el segundo capítulo de su podcast con otro título igual de incómodo: “Las boludas se deprimen menos”, como para demostrar que va en serio y no piensa aflojar. “No pretendo ser la gurú de nada ni bajar línea desde ningún púlpito. No tengo respuestas cerradas, apenas ofrezco puntos de vista de una simple mortal que se quema las pestañas leyendo. Lo que pasó tanto en el blog como en el podcast es que se armó un espacio de ida y vuelta genuino con un grupo de gente que necesitaba ponerle palabras a estas mismas inquietudes”.

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La hija de Cioran sabe dónde pararse. “Más que un medio de difusión masiva, lo pienso como una trinchera dialéctica. Acá no hay verdades reveladas, hay ejercicio del pensamiento compartido. Me di cuenta de que no es un terreno tan explotado: esa mezcla entre la experiencia personal, la lectura filosófica y el análisis sociológico, pero hecha desde el llano, de par a par. Si el podcast y el blog siguen creciendo, que sea por eso: por ser una mesa de café donde nos permitimos pensar sin la urgencia de tener razón, sino con las ganas de descifrar un poco mejor este desconcierto contemporáneo”. Tienta pasar por esa cafetería.

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