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24/09/2026

¿Quién fue el médico que en los comienzos de Bariloche extraía muelas “a dedo”?

Las primeras prácticas e instalaciones del poblado no se caracterizaron por su asepsia ni solidez, pero lo sacaron de la indefensión.
El médico que no andaba con vueltas y amigos.
El médico que no andaba con vueltas y amigos.

En los orígenes de Bariloche se anheló la presencia de médicos y llegado el momento, la instalación de un hospital se convirtió en un clamor generalizado. A tal punto que algunos relatos se detienen en los albores de la medicina en el poblado y también, en el surgimiento de la salud pública. En su “Crónica histórica del lago Nahuel Huapi”, Juan Martín Biedma rescató que “la asistencia médica la inició el doctor José Emanuel Vereertbrugghen”.

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El aludido era “belga de origen, llegó a la región en 1907 atraído por los planes de colonización. Construyó su casa en un lote del lago Gutiérrez y alternó las faenas de hacendado con un ejercicio de la profesión, que llevó a cabo con abnegación y sacrificio”, añade la introducción. La primera edición del volumen que consultamos data de 1987 (Emecé), pero la que está en nuestras manos es de 2003 con el sello de Ediciones Caleuche.

Sobre Vereertbrugghen añade la semblanza: “Las distancias no fueron impedimento para cumplir con su humanitaria tarea, aun contando con medios muy precarios. Fue buen jinete. Su porte, corpulento y recio –era capaz de extraer muelas a dedo- contrastaba con su exquisita sensibilidad y gusto que manifestaba cuando interpretaba a Beethoven al piano”, contraponía Biedma.

En las primeras décadas del siglo XX, venir del Gutiérrez hasta el centro no era tan fácil, a tal punto que el médico “tenía su consulta en el pueblo los martes, día de la llegada del correo”. También aporta la crónica que “por el año 1913 fue nombrado médico de la Policía Fronteriza, verdadera Legión Extranjera por la heterogeneidad de sus componentes. Estaban a su frente el capitán de fragata Adrián del Busto y el capitán Gebhardt, ex coronel del ejército austríaco, quien asestó fuertes golpes al bandolerismo que en esa época asolaba a la Patagonia. En el ejercicio de este puesto tuvo que intervenir en casos de muertes violentas y practicar unas cuarenta autopsias”.

Como quedó dicho, Vereertbrugghen no se dedicaba solo a la medicina. “En sus actividades ganaderas contó con la inapreciable colaboración de su hijo Benito, más conocido como Don Ben, quien abrió una picada e instaló un puesto en la desembocadura del arroyo Casalata y posteriormente, fue el primero en poblar Pampa Linda. Durante muchos años este puesto, a cargo del eximio baqueano José Cretton, fue insustituible punto de apoyo de todos los que incursionaban el macizo del cerro Tronador y sus vecindades”, matiza el escrito.

Un químico de médico

El recuento añade que “al viejo doctor se le sumó el médico alemán doctorado en Viena, ¡pero como químico industrial!”, sin mencionar Biedma a quién se refería. “A éste le sucedió el doctor Ernesto Serigós, quien fue en consecuencia el primer médico argentino. Recién recibido, efectuaba con amigos una excursión por los lagos. Retenido por el embrujo del panorama, cambió sus planes y ante la sorpresa de sus compañeros, se quedó en el pueblo. Siendo su especialidad la cirugía, no es de extrañar que su primera preocupación fuera el hospital”, consideró el autor.

El belga que se asentó en lago Gutiérrez.

En cuanto al nosocomio, “éste había iniciado sus actividades en enero de 1924 y funcionaba en una modesta casa de tablas de madera (sic), contiguo a la parroquia, con muy precarias comodidades y con una asepsia y material quirúrgico que dejaban mucho que desear”, ironizó el cronista. Tanta era la precariedad que “José Cuaranta, el sacristán, oficiaba de enfermero, farmacéutico y en casos de apuro hasta de médico”.

A raíz de esas insuficiencias, “Serigós se abocó de inmediato a mejorar en lo posible las condiciones asistenciales”. Los acontecimientos se precipitaron y “una peritonitis aguda de un niño indígena inauguró la cirugía local”. En tal circunstancia, “ayudaron el enfermero-sacristán el cónsul de Chile, Arturo Ríos T, ex militar y arquitecto, envuelto en una sábana a modo de guardapolvo, y como anestesista, la partera Alicia Gingins, quien durmió al niño y también a ella misma”, bromeó el autor.

La cuestión es que “el viejo hospital funcionó hasta que se abrió el hospital regional”. Cabe recordar que el actual “Ramón Carrillo” se inauguró recién en diciembre de 1938, claro que sin ese nombre. El autor de “Crónica histórica del lago Nahuel Huapi” reconstruyó también la historia de la actividad farmacéutica con una fuente de primera mano. “Hablando con Consuelo Garza de Luelmo, barilochense, octava hija de Camilo Garza y Consuelo Crespo, españoles que llegaron a Bariloche en 1906 y casada con Horacio Luelmo, en amable entrevista, hilando recuerdos, fuimos evocando antiguas farmacias y farmacéuticos”.

Admitió el escritor que “en esta profesión más bien deberíamos empezar a hablar de idóneos o boticarios, como se los conocía. La primera botica sería de la familia Neu, en un rancherío donde actualmente está la Catedral. Allí, un tal Fernández, casado con una Neu, despachaba recetas. D. Fabio Luelmo, oriundo de Zamora, España, llega en 1917 a la zona”, precisa el texto.

El hospital salesiano, antecesor del público.

Justamente, el zamorano “era idóneo en farmacia, titulado en la Universidad de La Plata. Compra la botica de Neu y con equipos, drogas y medicinas que en tropa de carros hizo traer de Neuquén, comienza la atención del público en una casa alquilada, en Moreno y Rolando, actuales jardines del Hotel Bella Vista. Luego se mudó varias veces. También trajo una caja de lentes, para medir y recetar anteojos”, o sea que los inicios farmacéuticos en Bariloche coincidieron con los oftalmológicos.

Hasta cirugías de emergencia

Según Biedma, “D. Fabio era un hombre ducho y comedido. Además de oftalmólogo, oficiaba de dentista y hasta se animaba a alguna cirugía de emergencia”. El panorama cambió cuando “en 1925, aproximadamente, llega Federico Molinelli y pone farmacia en la calle Rolando, casi Moreno. Como era farmacéutico diplomado, Fabio cierra su negocio temporariamente. Fue reabierta, ahora por Horacio, único hijo de Fabio, con título de farmacéutico otorgado por la Universidad de Córdoba”.

El domicilio de la segunda Farmacia Luelmo “estaba ubicado en la calle Bartolomé Mitre donde hasta unos años se situaba el Banco de Río Negro”. Cabe recordar que Biedma publicó su trabajo a fines de los 80. Es de suponerse que se refería al emplazamiento que hoy ocupa la Secretaría de Hacienda de la Municipalidad. “Horacio estudió farmacia por complacer a su padre. Su vocación era la medicina”.

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“Hombre de inquietudes”, el farmacéutico por mandato paterno fundó además “la filial local del Partido Socialista”, fue “secretario de la Biblioteca”, además de intervenir “en la fundación del Camping Musical y en la Sociedad de Horticultura junto con la Sra. Fey de Neumeyer”. También fue “diputado nacional por la UCRI”, es decir, la Unión Cívica Radical Intransigente, fracción del radicalismo que, con ese nombre, concurrió a las elecciones que consagraron presidente a Arturo Frondizi (1958).

Pero para volver a las farmacias, “esta crónica quedaría incompleta si no mencionáramos la tercera farmacia, la de De Miguel y Gilmore”, concluye el apartado de Biedma. Cualquier vecino o vecina podrá apreciar que varios de los apellidos que aparecen en el recuento perseveran en el rubro. Otros brindaron su apellido a calles de la ciudad y todos, aportaron para sacar a Bariloche de la práctica indefensión en materia sanitaria.

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