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18/09/2026

Las primeras “patagonas” atrajeron a los españoles y debieron correr para salvarse

Poco más de cinco siglos atrás, los hombres de Magallanes se sorprendieron ante las proporciones corporales de sus sorprendidas anfitrionas. Quisieran capturarlas, infructuosamente.
El mapa es posterior, pero insiste con el gran tamaño de los "patagones".
El mapa es posterior, pero insiste con el gran tamaño de los "patagones".

El nombre Patagonia no tiene que ver con los pies de los infortunados habitantes autóctonos que fueron anfitriones de Hernando Magallanes y sus hombres poco más de cinco siglos atrás. Más bien, tiene que ver con un personaje de las novelas de caballería que estaba de moda hacia 1520. Sin embargo, es verdad que los navegantes se impresionaron por las dimensiones corporales de los pobladores indígenas de la actual provincia de Santa Cruz. No solo de los hombres, sino también de las mujeres y determinado sector de su anatomía.

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Aquel año la expedición invernó en la bahía de San Julián. Sus detalles fueron recogidos en “Primer viaje alrededor del mundo”, texto que escribió el italiano Antonio Pigafetta, uno de los 18 sobrevivientes que pudo retornar a España. El acontecimiento es valorado porque luego de su forzada detención, los bajeles hispanos se introdujeron por una abertura hacia el oeste, es decir, el Estrecho de Magallanes del presente.

Según la crónica, después de que la flota de cinco naves sorteara el Río de la Plata, “nos dirigimos hacia el S., llegando hasta los 49° 50’, donde hallamos un buen puerto, en el que nos quedamos para pasar el invierno, que ya se aproximaba”. Como si adivinaran la suerte que iban a correr, los antecesores de los aonikenks (tehuelches del sur) no se dejaron ver. “Durante dos meses no vimos alma viviente por aquella tierra”, hasta que “un día apareció de improviso en la playa un hombre de estatura gigantesca, casi desnudo, que, bailando y cantando, se echaba arena en la cabeza”.

Ante la sorpresa, “dispuso Magallanes que fuese un hombre a tierra con encargo de imitar al salvaje en sus movimientos, en señal de paz. Comprendió aquél que no íbamos en actitud hostil, y se dejó conducir a una isla vecina, donde estaba nuestro jefe con varios de los nuestros. Maravillose al verlos, y, levantando el dedo, parecía querer decir que nos creía venidos del cielo”, según la interpretación del italiano.

Mujer "patagona" e hijo en Punta Arenas hacia 1896. Fuente: Memoria Chilena.

Fue entonces que se comenzó a forjar el mito, un tanto exagerado: “era tan alto aquel hombre, que le llegábamos a la cintura, siendo en lo demás muy proporcionado. Era ancho de cara, cuyo contorno estaba pintado de rojo, de amarillo el de los ojos, y en los carrillos dos manchas en forma de corazón. Su traje, muy elemental, estaba hecho de pieles cosidas; son de un animal que tiene cabeza y orejas de mula, cuello y cuerpo de camello, patas de ciervo y cola de caballo, y relincha como éste. Abunda mucho en esta tierra, según pudimos ver más adelante”, informó Pigafetta. Guanacos, claro.

Tamangos

Continúa la descripción: “nuestro gigante tenía los pies cubiertos con una especie de calzado, hecho con piel del mismo animal; de su tripa procede también la cuerda de un arco corto y grueso que llevaba en la mano, y, además, un mazo de flechas de caña, no muy largas, adornadas con plumas por el mango, como las que nosotros usamos; en el extremo opuesto, en vez de hierro, tienen, como las flechas turcas, un pedazo de pedernal blanco y negro, que cortan y pulen valiéndose de otra piedra”.

Magallanes urdió un odioso plan. “El Capitán general le hizo dar de comer y beber, y le enseñó algunas de las baratijas que llevábamos, para ver qué impresión le causaban. Entre otras cosas, le puso delante un gran espejo de acero; cuando vio en él su imagen, le causó tal sorpresa o susto, que se hizo atrás con tal violencia, que derribó a tres o cuatro de los nuestros, que estaban a su lado”. Nótese la fortaleza de aquel primer patagón, que obviamente, desconocía que así sería llamado.

Siempre según Pigafetta, “otro compañero suyo, que no había querido venir a las naves, al verle volver a tierra corrió al punto a avisar a los demás, que, al ver a nuestra gente, comenzaron a cantar y bailar, señalando el cielo con la mano; después les ofrecieron del contenido de unas ollas de barro, que eran unos polvos blancos hechos con la raíz de unas plantas; por señas les dieron a entender que no tenían otra cosa mejor que ofrecerles”. Aquellos recipientes indican que los antepasados de los aonikenks conocían la alfarería.

Aonikenk en Santa Cruz, alrededor de 1920.

Los españoles hicieron las mil y una para lograr que los moradores de aquellas costas subieran a uno de sus barcos. Respecto de las mujeres, “no son estas tan altas como los hombres, pero sí más gruesas. AI verlas cuando llegaron a bordo, nos sorprendió en extremo la longitud de sus pechos, que es en algunas de más de media vara; parecen sucias: se pintan y visten como los hombres, y llevan delante una pequeña piel. Los maridos son celosísimos”, se quejó Pigafetta. Los acontecimientos posteriores justificarían el resquemor.

“Entre hombres y mujeres vinieron a bordo 18; estuvieron un buen rato, y luego se les envió a tierra, por mitad a cada lado del puerto, encargándoles que nos cazaran de aquellos animales”, añadió el peninsular. Seis días después, mientras hacían leña en las cercanías de la orilla, los recién llegados se relacionaron con otro “patagón”. “Dicho salvaje era más alto y mejor formado que los que habíamos visto hasta entonces, y también más accesible a nuestro trato; cantaba y bailaba con tal vigor, que, al caer en la arena, sus pies se hundían un palmo”, es decir, casi 23 centímetros.

De nombre Juan

El nuevo interlocutor “estuvo muchos días con nosotros, le enseñamos a decir la palabra Jesús, como también el Pater Noster y otras cosas, pronunciándolo todo como nosotros; pero con voz muy fuerte”, subrayó el cronista. La tripulación bautizó como Juan a su huésped, antes de que este retornara a tierra firme. Al día siguiente regresó con un guanaco, al que trocó por algunas de las cosas que utilizaban los españoles. No lo volvieron a ver.

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Al producirse un nuevo encuentro 15 días después de despedirse de “Juan”, Magallanes quiso apoderarse de dos jóvenes indígenas. Sus hombres consiguieron engrillarlos mediante ardides y después, se dirigieron hacia el lugar donde aguardaban otros hombres y sus familias. Hicieron falta nueve marineros para derribar a dos aonikenks, que comprensiblemente, dejaron de creer en la benevolencia de sus visitantes. Luego procuraron apresar a una de las mujeres: “ésta, enterada de todo, lamentábase (sic) dando tan fuertes voces, que desde lejos se la oía llorar”.

Uno de los maniatados consiguió escapar y otro recibió un culatazo en la cabeza. Herido levemente, consintió en guiar a sus captores hacia donde estaban las mujeres. Como la noche sorprendió a los expedicionarios, resolvieron acampar en tierra en cercanía de sus presas. Al amanecer, el grupo de aonikenks consiguió escapar y mientras se distanciaban, dos de ellos dispararon sus flechas. Uno de los europeos recibió el dardo y murió. Los disparos de los agresores no dieron en el blanco “pues corrían dando saltos de un lado para otro, con más velocidad que un caballo al galope”, lamentó Pigafetta. Tenían sus razones los primeros “patagones”.

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