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17/06/2026

Recordando los primeros viajes de egresados a Bariloche

Un hombre que vino en 1961, y tuvo un “bis” con el retorno de su promoción sesenta años después, recuerda la experiencia.
Enero de 1961, egresados en Bariloche. Imágenes gentileza.
Enero de 1961, egresados en Bariloche. Imágenes gentileza.

Hace más de siete décadas que los estudiantes argentinos suelen tener a Bariloche como destino a la hora de decidir emprender su viaje de fin de curso. Recientemente, el presidente de la Cámara de Turismo de la ciudad, Néstor Denoya, recordaba: “Todo comenzó con un profesor del barrio de Lanús, en Buenos Aires, que era director de una escuela y un enamorado del sur. Él trajo las primeras divisiones que vinieron. Llegaban cuando terminaban quinto año, o sea, viajaban en enero”. José Luis Domínguez, justamente, fue uno de aquellos jóvenes que visitaron la localidad tras egresar, cuando nacía la costumbre de, para festejar la culminación de esa etapa, pasar unos días en esta parte de la Patagonia.

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Desde Buenos Aires, José Luis desata recuerdos, pero no sólo de 1961, cuando realizó el viaje estudiantil, sino de sesenta años después, 2021, ya que su promoción, en aquel momento, repitió la experiencia de venir al sur.

Retorno a Bariloche, en 2021.

Así, por un lado, evoca que, en 1960, la Escuela de Comercio N° 32 Dr. José León Suárez, de Buenos Aires, contó con su primera promoción, y como el director tenía un amigo en el Consejo de Educación surgió la posibilidad de ir de viaje de egresados a un campamento patagónico. 

De esa forma, recuerda que muchachas y varones (en total, eran cuarenta; iban al mismo colegio, pero en distintos turnos, ya que las aulas todavía no eran mixtas), junto al personal educativo, en enero de 1961, arribaron a Bariloche tras treinta y seis horas de recorrido en tren.

El logo del colegio.

Aquí empezaron las noches de campamento, donde se hacían turnos para mantener la estufa prendida, debido a que, más allá de utilizarla para cocinar, era la que se usaba para calentar el agua y poder bañarse.

Una actividad propuesta por el cuerpo docente durante aquel viaje de fin de curso tuvo que ver con una búsqueda del tesoro donde las "joyas" a encontrar eran golosinas, y en la memoria de José Luis también están guardadas las excursiones en camiones del Ejército, con varias paradas en medio para beber agua de los deshielos.

Mensaje para una búsqueda del tesoro.

Otro recuerdo apunta a una anécdota sobre el final de aquel viaje que se extendió por veinte días. Cuando estaban a punto de dejar el campamento para tomar el tren de regreso a Buenos Aires, una chica, embelesada por un muchacho que se acercaba a la orilla en un bote, mirándolo, cayó en el lago. Hicieron lo imposible para intentar secarla rápido y poder emprender el camino de retorno.

La vida siguió, y cada uno de aquellos jóvenes tomó su propio sendero, convirtiéndose en adulto, con sus respectivas obligaciones. En el nuevo siglo, alguien que había sido profesor —y luego vicerrector— los comenzó a convocar para que se reunieran. Así, resurgió el vínculo entre ellos y, de ese modo, varios empezaron a realizar excursiones conjuntas a destinos como Salta, Puerto Madryn y Tucumán. Y en 2021, seis décadas después del viaje de egresados, desembarcaron una vez más en Bariloche (algunos ya habían vuelto, pero no en grupo).

En el Centro Cívico, sesenta años después.

Vestían camisetas con el logo del colegio en el pecho y la inscripción Egresados 1960 en la espalda. “¡El revuelo que armamos con esas remeras!”, ríe José Luis, añadiendo: “Fue algo de no creer… Varios estudiantes que hacían su viaje de fin de curso, con los que nos encontrábamos por la calle o en los paseos que hicimos, nos pedían sacarse fotos con nosotros”.

“Otro momento muy especial fue cuando concurrimos con esas remeras a la Iglesia Catedral, para realizar un homenaje a nuestros compañeros fallecidos —algo que hacemos en todos los viajes—, y quienes anotaban los pedidos nos invitaron a encargarnos de las lecturas y los salmos, lo que valoramos mucho y nos emocionó, porque era la primera vez que nos pasaba”, rememora, y cuenta: “Al finalizar la misa y salir por el corredor central, había feligreses que nos saludaban palmeándonos las espaldas o chocando nuestras manos, expresando sus felicitaciones”.

Mirando la figura ecuestre de Julio Argentino Roca.

Más allá de eso, confiesa que, durante aquel regreso conjunto a la ciudad, algo los entristeció, ya que, al acudir al sitio donde se encontraba el campamento en el que habían estado sesenta años atrás, lo vieron abandonado. “Se nos partió el corazón”, suspira José Luis, para enseguida aclarar: “Todo lo demás fue alegría, recuerdos gratos, momentos hilarantes y un compartir sincero y fraterno como el que nos toca vivir en cada viaje y en cada reunión que hacemos cada dos meses. Ya todos pasamos los ochenta años y, gracias a Dios, el grupo sigue intacto”.

En el aeropuerto de Bariloche.

El hombre, por otra parte, apunta: “El 12 de este mes nuestra querida escuela cumplió setenta años, y nosotros, de algún modo, también, porque la inauguramos y fuimos la primera promoción. En el acto que organizaron las autoridades, nos encontramos con una cantidad increíble de alumnos —cuatrocientos del turno mañana y otros tantos del de la tarde—, quienes, cuando mencionaron nuestra presencia por los parlantes, nos recibieron con una ovación y aplausos que duraron un tiempo prolongado, lo que nos obligó a ponernos de pie para, tomándonos las manos en alto, agradecerles, mientras que la emoción hacía que se nos empañara la vista”.

José Luis comenta que, precisamente, ese día se dirigió a los chicos y les habló de las vivencias de los viajes a Bariloche, tanto del primigenio de 1961 como del “bis” de 2021. Incluso, según indica, al finalizar el acto, muchos de los estudiantes se acercaron para que les siguieran contando anécdotas.

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