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17/01/2026

Piloto de combate aéreo contra incendios: “Técnica tenemos, experiencia también, pero lo que nos mueve es el corazón”

En el Aeródromo de El Bolsón, el piloto de Air Tractor José “Pepe” Mollano cuenta cómo es enfrentar incendios forestales desde el aire, trabajar en equipo y poner el corazón en cada disparo de agua.
El piloto José “Pepe” Mollano. Imagen de Info Cordillera.
El piloto José “Pepe” Mollano. Imagen de Info Cordillera.

Pepe es piloto de un Air Tractor, esas aeronaves amarillas que sobrevuelan los incendios a apenas cinco metros sobre las copas de los árboles, enfrentándose al calor, al humo y a las turbulencias que genera el propio incendio. Un trabajo que exige precisión, experiencia y, como él mismo subraya una y otra vez, “mucho corazón”.

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Pero su historia no empezó en un hangar, ni en un simulador, ni en una cabina de instrucción. Empezó en un carrito de bebé. “Creo que estaba en el carrito que me pasaba mi mamá cuando vi mi primer avión”, recuerda entre risas tímidas. “Ahí le apunté. Desde ese día supe que quería volar”.

De aquel primer flechazo infantil a este presente de incendios forestales pasaron muchas vidas dentro de la misma vida: la Fuerza Aérea, Aerolíneas Argentinas, la aviación agrícola y hoy el combate aéreo contra incendios. “Hice de todo un poco”, resume con humildad, aunque detrás de esas pocas palabras se esconde una trayectoria marcada por el riesgo, la técnica y el compromiso.

 

Malvinas como escuela de vuelo

Pepe aprendió a volar con instructores que habían combatido en la Guerra de Malvinas. Esa experiencia, dice, lo marcó para siempre. “Mis instructores fueron todos pilotos de combate que estuvieron en Malvinas. Te enseñan a volar con una mezcla de rigor, respeto y humanidad que no te olvidás más”.

Quizás por eso, cuando uno ve despegar estos aviones cargados con más de 3.200 litros de agua, parece imposible no pensar en la mezcla de valentía y responsabilidad que implica cada maniobra.

El peso, explica, hace del despegue una operación más delicada; la meteorología influye en cada decisión; el humo puede convertir un cielo diáfano en una pared ciega en segundos. Aun así, si hay despacho, la tripulación aérea sale. “Nosotros queremos volar siempre. La adrenalina nos juega en contra cuando no hay visibilidad. Queremos estar ahí, arriba, ayudando”.

 

Un trabajo que nunca es individual

Son muchas las personas que trabajan de manera articulada ante un incendio forestal y la función de cada uno es fundamental para lograr buenos resultados y evitar accidente. Uno de ellos carga agua, otro supervisa o coordinarán desde tierra cada tiro.

En la pista, el equipo es uno solo: pilotos, mecánicos, controladores, brigadistas, policía, Bomberos, Splif. “El equipo de tierra es fundamental. Sin ellos no despegamos, no volvemos, no tiramos. Yo estoy en el aire, pero ellos hacen que eso sea posible” compartió con Pablo Makarczuk de Info Cordillera.

La coordinación también depende del coordinador de tiro, la persona encargada de guiar a los aviones desde tierra y aprovechar cada ventana climática o cada apertura de humo. “Yo los admiro muchísimo. Sin ellos, el tiro no es efectivo”.

 

Cinco metros sobre la copa: la línea entre el peligro y la precisión

Las palabras de Pepe contienen números que impresionan: 3.200 litros de agua. 25 a 30 metros de altura de los árboles. 5 metros sobre la copa para tirar con eficacia.

Y a veces, incluso menos. “Cuando tirás a 5 metros, tenés que confiar en tu avión y en tu experiencia. Si tirás más alto, el agua no llega al piso porque el bosque es muy tupido. Para que sea efectivo, tiene que ir cerca. A veces bajamos un poquito más, pero siempre con mucho cuidado”.

A esa proximidad extrema se le suman factores impredecibles: descendentes, vientos cruzados, remolinos térmicos. “Después del disparo, el avión gana hacia arriba, pero ya sabemos cómo contrarrestarlo. La compuerta se programa para abrir poco o full, según necesitemos”.

 

No es una operación para improvisados.

Una vez que el avión descarga su carga completa, el cambio de peso repentino exige reflejos finos y entrenamiento. “Sí, sentís cómo te empuja hacia arriba, pero es manejable. La aeronave está hecha para esto. Nosotros también”. La clave, como recuerda, es el oficio: horas de vuelo, disciplina, entender el avión como una extensión propia del cuerpo.

 

La confianza como torre de control

En el Aeródromo de El Bolsón no hay torre de control, sin embargo, operan varios aviones al mismo tiempo, incluyendo —estos días—un Boeing 737 adaptado para incendios.

 

¿Cómo se coordinan?

Habló de lo que sucede en cada vuelo “Con profesionalismo. No hay otra. Hablamos todo el tiempo entre nosotros, avisamos quién entra, quién sale, qué tiro va primero. También están los brigadistas que nos guían. Nunca tuvimos un problema. Cada uno confía en el otro”.

La palabra confianza vuelve una y otra vez. Confianza en la máquina, en el compañero, en la persona que desde el suelo dice por dónde entrar. Confianza, incluso, en la comunidad que los rodea.

 

El peligro invisible: la gente en la pista

Pero no siempre la comunidad entiende el riesgo. Pepe recuerda situaciones que todavía le aceleran el pulso. “El año pasado dos chicos en moto me desafiaron en la carrera de despegue”.

Lo dice sin dramatismo, pero con los ojos de alguien que no puede creer que pasó. “Se metieron en la pista como si fuera una película. Este año la policía está controlando más y estamos mucho más tranquilos”.

 

“Fumigadores”, “avionetas” y el desconocimiento

Hay quienes, sin saber, desprecian estas aeronaves llamándolas “fumigadoras” o “avionetas”. A Pepe, al principio, le molestaba. “pero después lo entendí, la gente no sabe y además, digan lo que digan, nosotros hacemos el mismo trabajo. No nos define un nombre”.

En condiciones normales, trabajan 8 horas por día, para conservar el descanso y la concentración, pero cuando el fuego toca zonas habitadas, cuando hay casas en peligro, cuando es un incendio de interfaz, las horas dejan de contarse. “Hemos pasado las 8 horas, cuando es una emergencia, salimos igual. No existe el descanso si podemos ayudar”.

 

Lo que sienten cuando desde el aire ven perderse una casa

Hay un momento en la entrevista en el que Pepe hace una pausa más larga. No duda en responder, pero elige bien las palabras. Lo que sienten cuando desde arriba ven una columna de humo más negra, señal de que una vivienda se está quemando, es difícil de describir. “Duele en el alma. Muchísimo. Cuando podemos, tiramos para salvarla. Pero hay veces que el tiempo no da, o la visibilidad nos tapa todo. Eso es lo que más nos golpea”.

No lo dice como piloto. Lo dice como alguien que también vive en la región, que conoce los caminos, los bosques, las voces. Alguien para quien cada casa perdida es una herida compartida.

“Técnica tenemos, experiencia también, pero lo que nos mueve es el corazón” finalizó diciendo.

 

 

 

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