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14/12/2025

Un análisis patagónico acerca de Santiago Kovadloff en el día en que el escritor cumple 83 años

Apreciaciones sobre un hombre que piensa el mundo.
Kovadloff, la reflexión constante (fotos: Facundo Pardo).
Kovadloff, la reflexión constante (fotos: Facundo Pardo).

Santiago Kovadloff, en los últimos años, a partir de algunos pasos por el sur, vinculados con disertaciones enmarcadas en encuentros organizados por Consenso Patagonia, ha transformado en huella su pensamiento. Es decir, en la región, su palabra se tornó testimonio y visión.  Y cuando aquí se escribe la palabra “visión”, la intención es aludir a cierto aire profético, pero no el de un “mago” que va por ahí exponiendo sentencias que difícilmente se cumplan (o, en cualquier caso, para tiempos tan futuros que los presentes dudosamente sepan si se efectivizarán o no). Lo del semblante de profeta viene a cuenta de su don de análisis para, en base a la actualidad y las posibles decisiones que se tomen, vislumbrar posibles mañanas.

Lee también: Santiago Kovadloff y una conversación sobre vida, literatura y muerte

Las certezas que lo pueblan son inequívocas: si alguien comete un delito, es un delincuente; si se actúa del modo correcto, se trata de una persona de bien. Pero son las incertidumbres las que lo llevan a bucear en sus pensamientos. Toma el camino de la Filosofía como reflexión continua. Su “yo” sufre el mundo. O sea, aquello que lo rodea no le es ajeno. Pero no olvida su individualidad, su “ser” persona. Y tiene una cualidad que no abunda: saber pensar ese mundo al que sufre. 

Si uno jugara a mentalizar una escultura que lo representara, podría llegar a concebir una mezcla de la obra El pensador, de Auguste Rodin, con el Moisés creado por Miguel Ángel. Así, la concepción de ese hombre meditando que ideó el escultor francés remite a la idea de un Kovadloff frente a su escritorio, en una continua reflexión. En tanto, de la figura que concibió el italiano renacentista, puede tomarse, por un lado, la carga de terribilitá en la mirada, tal la expresión que suele utilizarse para definir la gravitación dramática en la creación de mármol, que en el argentino se puede referenciar en la profundidad de sus ojos detrás de los lentes al atisbar probables peligros venideros. También, del Moisés, claro, es factible ir a las Tablas de la Ley, no para identificarlas como la expresión divina, sino por el hecho fáctico de la escritura. En definitiva, Kovadloff como el hombre que reflexiona y pone en tinta sus cavilaciones.

La escritura, el regufio permanente.

Los últimos libros que publicó tienen sabor a despedida, pero una despedida consciente, que tampoco busca la prontitud, sino que simplemente desea que, cuando el momento de decir adiós llegue, aún lo encuentre sediento de creación.

En 2023 salió su colección de ensayos Temas de siempre, donde, en el texto Nacer dos veces, morir solo una, implora por una muerte “que nos apague cuando aún estemos encendidos”. En el mismo año, se conoció su poemario Los últimos cielos, y en el poema que da nombre a la obra expone: “Atardece. Es hora de lo inmóvil./ Son mis últimos días. Poco importa/ si son días, meses, años./ Son mis últimos cielos, mis últimos pasos./ Mi última piel y en ella/ el eco de todo lo que hubo”.

En 2025, en tanto, se conoció La suma de los días, extractos de sus diarios donde, por ejemplo, en una anotación que hizo cuando cumplió ochenta y un años, en 2023, se lee: “En medio de la turbulencia de todo, el lenguaje es el madero al que me aferro y me aferré toda la vida”.

Y este año también apareció Veinticuatro variaciones para una sola voz, donde en un verso se define como “un hombre asomado al infinito”.

Kovadloff y una sonrisa sincera.

Kovadloff es un hombre reunido, el eco de sus reflexiones, ensayista y poeta, y quizá, quién sabe, un heterónimo de su amado Fernando Pessoa que cruza el tiempo y el espacio para escribir cosas como esta:

Yo ya soy sin embargo una larga despedida

y pronto y solo, un último lugar

o el olvido que devore

esta página que tiembla mientras nace.

El filósofo hoy, 14 de diciembre, cumple ochenta y tres años. Más allá de su sapiencia, claramente inmensa (casi como si le hubiese echado una ojeada al Aleph borgeano, ese punto donde se ve todo el universo), quien suscribe conoce y agradece su generosidad.

Desde el sur, una copa se levanta con los mejores deseos. Como él escribió, por:

La pura vida, nomás.

La vida pura.

Y siempre, claro, recordando “todo lo que nos sostiene”.

Una conversación con Santiago Kovadloff, en septiembre, en Bariloche.

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