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19/07/2025

Ariel, “el escritor de la calle Mitre”, tiene nuevo libro

La historia de un hombre que logró vivir de lo que ama acompañando el crecimiento de su hijo.
Ariel, junto a sus libros, una postal "literaria" del centro barilochense (fotos: Facundo Pardo).
Ariel, junto a sus libros, una postal "literaria" del centro barilochense (fotos: Facundo Pardo).

El puesto que Ariel Bistagnino tiene sobre la vereda, en Mitre y Villegas, ya es un clásico del paisaje céntrico de Bariloche. Se puede decir que integra “la postal” de esa parte de la ciudad, aquella que los barilochenses conocen como “la esquina de Aerolíneas Argentinas“, más allá de que la empresa aérea ya no se sitúe allí. Con sus creaciones, sorprende al turista, mientras que los habitantes de la localidad que ya lo conocen —y leen— suelen preguntarle si tiene alguna nueva producción. Es decir, si escribió algo nuevo. Porque lo que él ofrece es literatura, algo que, en la actualidad, sale de lo común. No es habitual ir por la calle y toparse con alguien que ofrece libros que él mismo escribe. Cuando se habla de vendedores “callejeros”, en general, suele pensarse en oferta de artesanías, en especial a modo de souvenirs. Pero no es el caso de Ariel.

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En la adolescencia, la literatura se transformó en un refugio tras un extraño trauma infantil (un depravado llamaba a su casa, en el noroeste del Gran Buenos Aires, para decirle barbaridades a su hermana, y a los policías se les ocurrió que él, que era mayor que la niña, debía hacerse pasar por ella para estirar la permanencia del pervertido en el teléfono y así rastrearlo; lo atraparon un mes después, pero durante aquel tiempo, el niño, de apenas diez años, debió soportar aquella situación).  A través de las letras, llegó cierta paz. O, quizá, mejor sería decir una intranquilidad buscada, porque las palabras eternizadas en tinta suelen acarrear un hechizo que nunca se sabe hacia dónde disparará.

Descubrió el encanto de los libros cuando llegó a sus manos El misterio del cuarto amarillo, del francés Gastón Leurox, una obra de 1907 considerada fundamental en lo referido a las narraciones de suspenso que suceden en un ambiente cerrado.

Luego, el anuncio de un concurso literario zonal lo impulsó a transformarse él mismo en hacedor de relatos.

Nunca más paró de escribir.

Charlando con turistas, aconsejándolos acerca de qué libro puede responder mejor a sus inquietudes.

La literatura acompañó el crecimiento de Ariel. Había estudiado en una escuela técnica con orientación a la química, así que se desempeñó en una fábrica de gaseosas, en control de calidad. Pero en el 2000 optó patear el tablero y partió en un viaje iniciático, con la idea de dedicarse a la escritura en serio. O sea, decidió que no había otra alternativa, tendría que vivir “literariamente”. En su interior latía el sentimiento de que debía reunir la experiencia necesaria para tener una base de la que surgieran sus historias.

Llegó en avión a México. Luego, más allá de un traslado aéreo para conocer Jamaica, recorrió diversos países por vía terrestre hasta retornar a la Argentina.

El "stand" de Ariel.

Más adelante, la llegada de un hijo devino en un condimento extra en su existencia. Y la referencia no es al obvio cambio en la vida de un hombre a partir de la paternidad. Sucede que la madre del niño vivía en Buenos Aires pero era de Bariloche, y en determinado momento resolvió retornar a la Patagonia con el nene. De golpe, Ariel se vio ante el dilema de qué hacer. Así, tras una breve estadía en Mendoza, donde comenzó a vender minilibros autofabricados, desechó la idea de recorrer el país y puso dirección fija hacia el sur. La intención, claramente, era acompañar el crecimiento de su hijo.

Una vez en Bariloche, empezó a vender sus creaciones en los colectivos, primero en aquellos que iban por Pioneros, luego por Bustillo y, finalmente, en los que apuntaban para el Alto.

Pero, diez meses después, aquello que inicialmente era una extrañeza (un tipo vendiendo libritos arriba de un colectivo) se transformó en una imagen habitual. Se veía a diario ofreciendo sus creaciones ante las mismas personas. Ya ni siquiera era redituable desde lo económico.

Los minilibros, una opción distinta para regalar algo original.

Ante ese panorama, se instaló con una mesa frente al teatro La Baita, donde, a sus títulos, sumó ejemplares usados. Estuvo allí tres meses, hasta que personal municipal le indicó que no podía seguir con la actividad.

Ariel decidió acudir al área de Cultura, donde obtuvo un permiso para vender libros en la calle, pero con una condición: la venta debía ser de obra propia.

De esa manera, en “la esquina de Aerolíneas”, cada día coloca su puesto, que es mucho más de lo que podría esperarse de un vendedor en la vereda. Porque la calidad de esa especie de stand es notable. Estantes realizados a la medida de los minilibros, una máquina de escribir Olivetti (con un sticker “redondo” de Patricio Rey), un globo terráqueo, una lámpara antigua con pantalla verde con la que muchos escritores sueñan… En definitiva, al caminar, resulta un placer encontrarse con una instalación de esa calidad, adornada como está, y, además, dedicada a ofrecer literatura. Uno desearía que abundaran sitios así, donde se nota que el vendedor quiere ofrecer un extra desde lo estético, para que la visual acompañe al paseo por la calle principal del centro barilochense. Ese espacio, en cierto modo, resulta un atractivo más para quien visita la ciudad.

Explicando de qué tratan sus creaciones.

Allí, Ariel también expone sus obras de mayor tamaño, porque si bien los minilibros conforman una atracción “distinta”, algo que por un valor módico un turista puede comprar para obsequiar, saliéndose de los regalos habituales cuando se piensa en un souvenir de Bariloche, también están los libros ”grandes”, en los que confluyen textos difíciles de clasificar, aunque siempre escritos con buena pluma.

Por ejemplo, acaba de lanzar La ética del pitbull, el noveno libro “gordo” de su trayectoria literaria (los minis son innumerables). El título salió tras mantener un diálogo telefónico con alguien que realmente se presentaba como un perro de pelea; ante ese comportamiento, el escritor figuró en su mente el contorno de un animal al acecho, poco amigable. De alguna manera, el concepto se completa con la dedicatoria: “A todos mis adversarios (que siempre acaban mejorándome)”. Pero ojo, que el enemigo no siempre es externo, lo deja en claro en el texto que abre la colección, Una historia con final feliz, donde escribe: “No hago lo que hago para los demás, lo hago por mí; soy mi peor enemigo. Entonces, sólo queda una conclusión: se debe amar al enemigo”. Si se tiene en cuenta que lo autobiográfico suele meterse en su escritura, podemos hablar de que la señal es inequívoca.

La ética del pitbull, el nuevo libro de Ariel.

En la primera página de La ética del pitbull aparece una vieja foto en blanco y negro, con Ariel en Ezeiza, a punto de lanzarse rumbo a México, en aquel viaje de autodescubrimiento, junto a un oficial aeroportuario que le cedió su gorra para eternizar el momento. La imagen puede interpretarse como un signo más de que la primera persona que reina en las páginas tiene mucho de su propia vida, aunque también la ficción colabora para crear la magia necesaria a la hora de aventurarse en la escritura. Pero es innegable que en el libro hay mucho de él... ¡Si hasta llega a poner su propio número telefónico en uno de los relatos!

En Durmiendo con un gato, otra de las narraciones que componen la obra (donde aparece la ingeniosa frase: “Yo no sé cómo hacen los gatos para dormir veinte horas por día sin que les duela la cintura”), el comienzo remite de inmediato a su labor: “Después de cortar miles de minilibros a puro cutter durante cinco años, al fin logré comprar una guillotina. No sé bien si va a servirme para cortar minilibros tanto como lo deseo; pero poco me importa, porque lo más importante acá es haber dado este paso desde una idea surgida de la necesidad de vivir de lo que escribo”.

Y Ariel, desde hace mucho, vive de lo que escribe. Con la autogestión como bandera (pero sin renegar de las editoriales; simplemente, el camino independiente ha sido el mejor para él hasta el momento), procura seguir adelante. Sueña con un futuro no tan lejano donde predominen los viajes. Incluso, quizá, asentarse al otro lado del charco salado.

Por lo pronto, disfruta de estar con su hijo, que ya anda por los dieciséis años, quien reconoce en él a alguien que se esfuerza por vivir de su pasión y, a la vez, le brinda cobijo paterno.

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