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ANIVERSARIO DE LA CIUDAD

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03/05/2025

Mariano Oscar Aranda y el “Bariloche que nunca jamás”

Evocaciones de tiempos que ya no volverán.
Una vida intensa y un tesoro conformado por recuerdos (fotos: Facundo Pardo).
Una vida intensa y un tesoro conformado por recuerdos (fotos: Facundo Pardo).

“Tuve la suerte de haber nacido en este suelo”, expresa Mariano Oscar Aranda ni bien se sienta a conversar, para enseguida sumar: “He sido afecto a la literatura, la música, el canto… Anduve muchos caminos, gracias a Dios”.

Y, de entrada, conviene hacer una aclaración. 

Ese es su nombre, es cierto, pero están quienes lo llaman Ignacio, lo cual tiene una explicación curiosa.

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En determinado momento, a partir de la insistencia de compañeros de trabajo, vecinos y amigos que habitualmente escuchaban cómo desataba historias del Bariloche de antaño, escribió una suerte de anecdotario, con relatos que involucraban a la ciudad de décadas atrás.

“Tuve la suerte de haber nacido en este suelo”.

Alguna vez se le dio por presentarlo en un concurso y le dijeron que para hacerlo necesitaba un seudónimo. Puso Ignacio, en referencia a lo que indica el santoral acerca del día en que nació (1° de febrero, San Ignacio) y el nombre pasó a ser una especie de alter ego en sus textos, sobre todo vinculados a la historia del barrio El Mallín.

Luego, se dieron a conocer a través de la voz de Héctor “Naio” Gastambide, en el programa radial Vivencias.

La música, siempre una compañía.

Quizá en algún momento esos relatos tomen el formato de libro. En realidad, algunas partes ya fueron incluidas en una publicación proyectada por la Universidad Nacional del Comahue acerca del barrio, el cual, a todo esto, Aranda detalla que se trata de “un anexo del Belgrano, que al expandirse tomó la denominación de Belgrano Sudeste, pero, por las características del lugar, todos le dicen El Mallín”.

“Nací en la calle Clemente Onelli, antes de llegar a 25 de Mayo”.

Si James Matthew Barrie creó a Peter Pan y su País de Nunca Jamás, al hablar de la ciudad de su niñez y adolescencia, Aranda alude al “Bariloche que nunca jamás”.

Tiene setenta y nueve años. “Nací en la calle Clemente Onelli, antes de llegar a 25 de Mayo. Había un bar llamado La Gallega, y a continuación estaba una casita de madera, donde al fondo alquilaba mi padre”, narra.

Segundo, su papá, había nacido en Corralito, y Teresa, la mamá, a orillas del río Traful, “en un lugar llamado Puesto Manzano”, según detalla Aranda, quien al evocarlos los define como “gente campesina”.

La familia de la madre había arribado a Bariloche después de desavenencias con Parques Nacionales. El padre, en tanto, llegó para hacer la conscripción.  

Aranda recuerda con cariño a otro antepasado: “Juan Bautista, mi abuelo materno, vivió hasta los ciento cuatro años. Era un álbum de recuerdos, no se olvidaba de nada. Había nacido en Junín de los Andes, y conoció a Laura Vicuña y a Ceferino Namuncurá (ambos beatificados; la primera en 1988, el segundo en 2007)”.

Su seudónimo literario provino del santoral.

A la hora de charlar acerca de la infancia, recuerda que todavía era pibe cuando se le dio por ir a ver a don Abel Castro, a cargo del Semanario Bariloche. “Así conseguí mi primer empleo, a los nueve años, vendiendo ejemplares”, apunta.

“La curiosidad misma me fue llevando".

Con el paso del tiempo, estudió construcción y, por otra parte, casi sin querer, se abrieron las puertas del mundo de la música.

En tal sentido, recuerda la década del sesenta como una etapa donde el arte consiguió un lugar destacado en el país.

“Anduve prácticamente por media Argentina”.

De esa forma, ante esa especie de auge cultural, él se metió de lleno en el sendero musical de la mano del folklore. “Un amigo riojano me enseñó las primeras notas a la guitarra; yo tenía unos catorce años”, repasa.

“La curiosidad misma me fue llevando, y de esa forma anduve prácticamente por media Argentina”, indica, detallando que en 1969, como parte del grupo Los auténticos sureños, consiguió el premio Ñandú de Plata en el Festival Folklórico de Punta Arenas, Chile. “No lo podíamos creer”, sonríe.

“Un amigo riojano me enseñó las primeras notas a la guitarra”.

Cuando habla, más allá de anécdotas puntuales, Aranda vuelve una y otra vez a la generalidad de, a la distancia, pensar al Bariloche de los cincuenta y sesenta –y quizá algo más– como “muy familiero, con costumbres de pueblo”.

“Había mucho respeto y confianza entre los vecinos”, señala, para luego afirmar que, con el tiempo, “se perdieron valores”.

“Había mucho respeto y confianza entre los vecinos”.

Buceando en la memoria, uno de sus recuerdos más lejanos lo ubica en el Centro Cívico, en abril de 1950, cuando Eva Duarte y Juan Perón visitaron Bariloche.

“Mis viejos me tenían en brazos… Cuando Perón llegó al balcón, fue una explosión de gritos. Era tremendo el bullicio. Estaba repleto, había gente por todos lados”, rememora.

“Cuando Perón llegó al balcón, fue una explosión de gritos”.

Otra evocación de juventud lo traslada en el tiempo junto a un amigo que le contó que estaban filmando una película. Juntos, entonces, acudieron al mismo escenario, el Centro Cívico. “Estábamos en una esquina de la plaza y una persona con un megáfono nos daba indicaciones para que nos corriéramos cuando llegara el momento, porque por la Mitre hacia los arcos venía una cafetera –como llamábamos a los autos de carrera– a toda velocidad, para agarrar un peralte y volar… ¡Tenía que caer en el sitio en el que nosotros nos encontrábamos!”, rememora.

Según dice, se trataba del rodaje de Setenta veces siete, filme de Leopoldo Torres Nilsson, con Isabel Sarli y Francisco Rabal, sobre textos de Dalmiro Sáenz.

Aranda fue testigo de la realización de una película en Bariloche.

A la vez, cuenta que, en aquellos tiempos, el entretenimiento de los niños era acercarse a esa misma parte de la ciudad, bajando al puerto San Carlos, para ver llegar a la embarcación Modesta Victoria. “Antes de parar, soltaba varios pitazos; para nosotros, eso era algo increíble”, añora.

Aranda atesora un mundo en blanco y negro.

Quizá como antídoto contra la desmemoria, en pos de mantener viva la llama de los recuerdos felices, en un cuarto de su casa, en la planta superior, Aranda mantiene una especie de museo desordenado de los tiempos idos. Hay fotos de una Bariloche en blanco y negro, cartuchos de ocho pistas –lo que se denominaba “magazine”, un antecesor del cassette–, discos de pasta, vinilos, una máquina de escribir, aparatos fotográficos, videocámaras, muchos mates, autitos de colección, maquetas de embarcaciones, publicaciones y un largo etcétera.

El "magazine", anterior al cassette.

A diferencia del sentimiento que aflora cuando habla de aquella ciudad que extraña, representada en muchas de las cosas que atesora, se muestra crítico acerca del Bariloche actual: “Lo veo mal, está muy cambiado. Ya nada es lo mismo. Se contaminó, en todo sentido. No hay un proyecto edilicio; por donde vayas, hay edificios nuevos, no se respetan las normas… Y está el tema de la inseguridad”, expresa. 

Antigüedades.

Aranda realizó diversas labores, pero hay una en la que particularmente permaneció durante un tiempo prolongado. “Trabajé en el Centro Atómico. Entré en 1977, para la conservación de las calderas –cuando eran a gasoil–, y estuve treinta y seis años. Me jubilé del Instituto Balseiro, donde terminé a cargo del mantenimiento de las aulas, el pabellón de los estudiantes, el salón de actos…”, relata quien desde hace cincuenta y dos años comparte su vida con María Cristina (tienen cuatro hijos y tres nietos).

Entre otros trabajos, pasó por una estación de servicio.

Mariano Oscar Aranda brinda todos estos detalles en el corazón del barrio El Mallín, mientras sueña despierto con el “Bariloche que nunca jamás”.

Mariano Oscar Aranda y el “Bariloche que nunca jamás”
Mariano Oscar Aranda y el “Bariloche que nunca jamás”
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