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PRESENTARÁ UN LIBRO

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30/12/2024

Un sobreviviente de Cromañón en Bariloche comparte su crudo relato

Se cumplieron 20 años de la tragedia en República Cromañón.
Durán autografiando un ejemplar de su libro. (Fotos: Facundo Britos)
Durán autografiando un ejemplar de su libro. (Fotos: Facundo Britos)

Lo que se había planificado como el tercer concierto de la banda Callejeros, el 30 de diciembre de 2004, en la ciudad de Buenos Aires, finalizó con un incendio en el cual perdieron la vida 194 personas y 1.400 resultaron con heridas.

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En realidad las cifras solo son algo anecdótico porque el dolor y los recuerdos siguen latentes tanto en los sobrevivientes como en los familiares de quienes fallecieron esa noche. Luego se sumaron otras muertes, producto del monóxido que habían inhalado en el local.

Sin planificarlo y de manera “causal”, Federico Durán estuvo en la redacción de El Cordillerano. Es una de las personas que sobrevivió y vino a Bariloche a presentar su libro denominado “República Cromañón, 20 años”.

La previa

Se trataba de tres noches consecutivas y en cada una de ellas, se presentaba uno de los discos de Callejeros. Fede tenía 25 años y ya había ido con una amiga la fecha anterior, el 29 de diciembre. “Desde mis 15 años que iba a conciertos, entonces en ese momento ya estaba más maduro, no tomaba porque la pasaba muy mal, entonces iba preparado para divertirme y hacer pogo”.

Cromañón quedaba en el barrio de Once. “Yo era parte de una asociación civil y trabajaba ahí a la vuelta, en el hospital Borda. Además estudiaba a tres cuadras de allí en la facultad de Psicología pero vivía en Quilmes y siempre me movía en moto” recordó.

 

Esa noche

Compró dos entradas, una para él y otra para regalarle a su hermana cuatro años menor que él. Dijo que hoy puede describir lo que vivió esa noche, “la fecha anterior empecé a ver indicios de cosas raras, por ejemplo al entrar, nos habían revisado las zapatillas para ver si teníamos pirotecnia escondida”. En ese segundo concierto Omar Chabán había dado un discurso muy violento y se sentía toda esa energía de inquietud y descarga de que se acaba el año, una sobre excitación general.

Aclaró: “Era común que la gente llevara bengalas y banderas, no era algo ajeno, incluso, las había visto también en Cemento y significaba parte del ritual, la gente iba a las armerías a comprarlas para llevar a un concierto”.

Dijo que en realidad no había un cuidado de las adolescencias durante los conciertos y ve que hoy, mucho no ha cambiado y eso le sigue doliendo.

Volviendo a la noche del incendio, comentó que siempre le gustó estar adelante, en el lugar donde se hacía pogo porque lo consideraba su baile. “Cuando iba con mi hermana menor, nos sentábamos a escuchar bandas soporte y al arrancar con todo, ella se iba porque coordinábamos dentro del pub, un punto de encuentro”.  

Era una noche porteña de verano y había una multitud abarrotada dentro del lugar. “Yo seguía de la mano de mi hermana y no habían pasado más de dos minutos, cuando veo detrás de mí y a un costado, a un muchacho que tenía a un nene en sus hombros”.

Agregó: “En sus manitos tenía bengalas finitas, como de fiestas, pero tiraba bolitas de fuego para arriba, eso pegaba en la media sombra que hacía de techo, fue todo un instante cero porque ahí se cortó la luz, miré hacia arriba y en el medio había llamas y pedacitos que caían sobre nosotros”.

Miró a su hermana y ella le dijo que se prendía fuego todo, la levantó de la mano y empezó a correr hacia la puerta. “Acostumbrado al pogo, a hacer fuerza y empujar es lo que hice con ella, metiendo fuerza y pecho pudimos salir a la vereda”.

Nadie entendía qué estaba pasando: “Lo primero que vimos fue a varios pibes que esperaban que se apagara el fuego para volver a entrar al recital, ahí me di cuenta que no era así, que era algo grave”.

Dejó  a su hermana cerca de la esquina en un lugar seguro y decidió regresar porque sentía que tenía que hacer algo. Quería correr personas y vehículos para liberar ese canal humano y que la gente pudiera salir.

Le dijo a Nati -su hermana- que iba a ayudar a salir a la gente, que no se moviera de ahí. “Ella me dijo bueno, pero no te mueras por favor”, contó Fede muy conmovido. Prometieron encontrarse cuando pasara todo y él dio su palabra de no volver a entrar al local.

Ahí empezó a ver la cara del horror. “Vi a una chica parada al lado de una moto, traté de contenerla para tratar de ser útil dentro de todo el desastre, el novio estaba adentro y todavía no lo veía, le dije que ya iba a salir y la abracé fuerte”, recordó.

Comenzaron a llegar patrulleros y bomberos. Los que estaban ayudando sacaban a la gente y la tiraban en la vereda, Fede con otros tres pibes, las iban cargando y llevando a otro lugar para seguir liberando ese sector. “Lo más difícil fue no darme cuenta si la persona que levantaba estaba viva o muerta”. Muchas tenían los labios violeta de tanto hollín.

“Me pedían que me quedara cuidando a alguien pero no podía hacerlo porque eso significaba no ayudar a otros”, reflexionó.

Dijo que en Buenos Aires no había experiencia para saber qué hacer ante algo así ni tampoco los medios para trasladarlas o atenderlas en los hospitales. “Recuerdo a una médica que me crucé en la puerta de Cromañón, tenía a un bebé muerto en sus brazos y lloraba desconsolada”.

En la parte de arriba había una guardería donde quedaban los hijos mientras sus padres y madres disfrutaban del concierto. Lamentablemente, se supo después que fueron 53 los menores fallecidos en el incendio.

Pasaba el tiempo y no llegaban suficientes ambulancias para llevarse a la gente que seguía tirada en la calle y no había ninguna clase de protocolo de emergencias. “Algunos vecinos llegaban con agua para darnos y eso lo sentí como un enorme gesto de amor”.

Pasaron casi dos horas y media y ya no tenía más fuerza física. Volvía corriendo para continuar pero en un momento, se le complicó: “De golpe caía de rodillas porque las piernas ya no me respondían, eso me angustió mucho pero no sé de dónde saqué más fuerzas y pude seguir”.

Seguían llegando familiares que se habían enterado, con la desesperación de encontrar a hijos o hermanos, pero en ese caos, era imposible identificar a alguien. “Cuando vi que ya no salía más gente, fui a buscar a mi hermana para irnos a casa, salimos caminando por la misma calle y a pocos metros, en un estacionamiento habían armado una especie de morgue de campaña donde apilaban los cuerpos de los muertos”.

Recién ahí dimensionó lo que había ocurrido y sintió una enorme impotencia por no haber podido salvar a más personas. “Me encaró un movilero de Crónica para preguntarme lo que había pasado, recuerdo que mi mensaje fue hacia los familiares, que no vayan a Cromañón, sino que recorrieran los hospitales para encontrarlos”.

Ya en su hogar tomó una ducha, “pasaba el tiempo y seguía viendo como me caía hollín del cuerpo, después traté de dormir”.  Fede seguía en automático, sin intentar siquiera, analizar lo que había vivido.

Al otro día muy temprano, fue a un puesto de diarios porque quería leer información sobre lo que había pasado. “Caminé media cuadra y me senté en el piso a llorar, no podía creer la cantidad de gente que había muerto, el dolor era muy fuerte”.

Otra cosa que le dolió en extremo fue ver ese día, como la sociedad seguía como si nada, preparando el festejo de fin de año.

Después se organizó una marcha pidiendo justicia y decidió ir. “Era de Cromañón a Congreso y en esa caminata vi una cara conocida, era una chica con una bandera negra, me acerqué a tocarle el hombro y le pregunté si era la de la moto, se dio vuelta, me abrazó y lloramos mucho”. Estaba con su novio, quien había logrado salir con vida del local.

 

El libro

Fede vino a Bariloche a visitar amigos y trajo consigo su libro “República de Cromañón, 20 años". Tiene la intención de presentarlo en nuestra ciudad por lo que una vez que lo tenga definido, se informará a la comunidad.

Quienes deseen adquirirlo, pueden hacerlo a través de Instagram @republicadecromanon.libro.

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