EL ESTABLECIMIENTO FIABA, PERO…

| 28/01/2024

Más valía no atrasarse en las cuentas con el Almacén Nahuel Huapi

Más valía no atrasarse en las cuentas con el Almacén Nahuel Huapi
Detrás de esa alameda podía sellarse la suerte económica de los pobladores rurales.
Detrás de esa alameda podía sellarse la suerte económica de los pobladores rurales.

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Fue el negocio de “ramos generales” que instaló Jarred Jones a pasos del nacimiento del Limay. Las deudas se anotaban en una libreta de almacenero y no honrarlas podía generar complicaciones para los pobladores rurales.

Claro, a principios del siglo XX la inflación era un fenómeno ajeno a los primeros emprendimientos comerciales de Bariloche y zona de influencia, estabilidad que permitía la práctica del “fiado”. Pero guay de aquel que no honrara sus deudas con el Almacén Nahuel Huapi, sito a pasos del nacimiento del río Limay: no pagar en los términos acordados podía finalizar de manera muy gravosa para los pobladores rurales.

Se trata del establecimiento de “ramos generales” que abrió sus puertas en 1897, como empresa de Jarred Jones, tejano propietario de la célebre estancia Tequel Malal. Funcionó como dinámico espacio de intercambio en el área, aunque “no siempre podía cumplir con el abastecimiento, ya que las dificultades provenientes de los medios de transporte empleados, las inclemencias climáticas y la falta de previsión en los pedidos de mercaderías hicieron que muchas veces se evidenciaran carencias en su provisión”.

Notas sobre su funcionamiento pueden encontrarse en “Estado, frontera y turismo. Historia de San Carlos de Bariloche” (Prometeo Libros 2010), aporte todavía insuperado de la historiadora Laura Méndez al conocimiento del pasado de la ciudad. “Gran parte de los insumos que llegaban a Bariloche pasaban primero por el Nahuel Huapi (el almacén) y, a la vez, muchas de las mercancías que producía San Carlos de Bariloche eran acopiadas en el almacén de Jones y desde allí transportadas a distintos puntos del país y Chile”.

El estadounidense se llevó muy bien con otro de los pesos pesado de aquel entonces: “la interacción comercial entre el barilochense Primo Capraro -dueño de un aserradero y una empresa constructora, y empleado de la compañía Chile-Argentina- y Jarred Jones fue intensa durante los últimos años de la década de 1910 y la década de 1920, complementándose las ofertas comerciales de cada uno”, según la investigación de Méndez.

En efecto, “Capraro vendía tejuelas a Jones, pero éste le proveía del alambre necesario para atarlas, ya que no era posible transportarlas sueltas. A partir de 1916, fecha en la que Capraro adquirió los bienes comerciales que la compañía Chile-Argentina poseía en Bariloche, el contacto se hizo más fluido y los intercambios se diversificaron. Capraro vendía a Jones tablas, harina, papas, cerveza, ruedas y nafta”, establece el estudio.

Ni siquiera la lejanía influyó demasiado en el ritmo del intercambio. “El que las mercaderías no llegaran a Bariloche no era problema para Capraro, pues disponía, desde 1920, de un camión para ir a buscarlas. A su vez, Capraro transfería a Jones algunos de los negocios que lo interesaban particularmente, o que no podía realizar por falta de mercadería o de tiempo”, añade la historiadora.

El norteamericano miraba hacia el oeste sin desdeñar el sur. “También fueron intensos los vínculos comerciales que Jones estableció con Pilcaniyeu, a través del negocio de Benito Crespo y a punta de rieles hasta 1934. Otra práctica habitual de Jones era comprar hacienda a pequeños y medianos productores. La provisión de hacienda, lanas y cueros venía de una doble vía”.

Así las cosas, “en algunos casos, los productores regionales ofrecían al Nahuel Huapi (el almacén) su hacienda; en otros, Jones entonces adelantaba dinero y/o mercaderías a los pobladores de los espacios rurales próximo, previo compromiso de éstos de entregarle su hacienda en un tiempo corto. Tal es el caso, por ejemplo, de miembros de la ya mencionada familia Llanquín, pobladores vecinos de E. Neil y Jones”.

Según encontró la investigadora, “los Llanquín solían salir de garantes de pobladores precarios de la zona rural para que Jones les fiara bajo el compromiso de entregarle hacienda o lana tras la esquila. También era práctica común el ‘fiado’, cuya cuenta se llevaba en una libreta de almacén, y que en algunos casos terminó con el embargo de animales por la imposibilidad de cancelación de deudas por parte de los morosos vecinos. Pablo Mange era el encargado de cobrar las cuentas adeudadas en el Nahuel Huapi y Bariloche”. Más valía no atrasarse…

En la otra punta de la pirámide social, entre los clientes estancieros de Jones figuraban “la estancia Far West de Aaron A. Anchorena y Carlos Ortiz Basualdo, en 1922; Guillermo Campbell, ingeniero civil y apoderado de Paul Buol en Ingeniero Jacobacci; J. Clarke, de la estancia La Primavera; y la baronesa Von Beibnitz junto con su marido el conde Ernesto Von Bucher, administradores de la estancia San Ramón”, entre otras tareas que desempeñaban. ¿Los habrá visitado Mange?

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