TEDxBariloche

| 25/11/2023

¿Puede una charla cambiar el mundo?

¿Puede una charla cambiar el mundo?
Foto: Eugenia Neme.
Foto: Eugenia Neme.

Es un tópico clásico: “Escuchar o ver ‘X’ puede cambiar el futuro”. Cámbiese la “X” por tal “canción”, “álbum”, “película”, “obra de teatro”… o una charla TED.

Están quienes son fanáticos de ese tipo de exposiciones que nacieron con la intención de –sí, adivinaron– cambiar el mundo. 

Es decir, se pretende inspirar a las personas para modificar actitudes, modos de enfrentar la vida, y, en consecuencia, transformar el mundo.

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Uno peca de escéptico y, con el paso de los años, al ver al mundo derrumbarse en una debacle de decadencia especialmente moral –utilizando la palabra “moral” en su mejor sentido, no como una referencia timorata– , suele afirmar: “De joven soñaba con cambiar el mundo, hoy me conformo con que el mundo no me cambie demasiado a mí”.

Y la frase, si se toma como una forma de resistencia ante el hundimiento del Titanic en el que parece haberse embarcado la humanidad, no está mal. O sea, se trata de expresar la intención de aferrarse al salvavidas de los principios que nos han guiado a través de la vida.

Ahora bien, ¿cómo nacieron esos principios? Quizá prestando atención, en cierto momento, a una forma de pararse frente a la existencia de una persona a la que respetamos, sea un familiar, un amigo, un conocido o alguien a quien simplemente vimos, desde la admiración, como un espejo lejano al que pretendíamos arrimar nuestro reflejo.

Y también hay que reconocer que existen principios que no son eternos. Que si uno percibe que la idea que lo guió no era la mejor, no está mal cambiar de rumbo. Lo contrario sería la necedad.

El asunto es que cualquiera de los clicks que llevan a tomar un camino determinado, continuar por el que se iba o cambiar a otro, en muchas ocasiones, puede provenir de ver, leer o escuchar a una “X”.

Si se lo dice enfáticamente suena ridículo: “¡Leí un libro que me cambió la vida!”, por ejemplo.

Y resulta que yo leí varios libros que me cambiaron la vida. Para bien, claro. ¿Saben por qué? Porque me han brindado compañía. Llevándome a universos lejanos o describiéndome la realidad de la manera más cercana a mi alma. Con una prosa narrativa que me cautivó o un verso poético certero que me deslumbró.

Escribo estas líneas porque alguna vez leí crónicas y entrevistas que me hicieron querer ser periodista, y porque leí libros que me llevaron a ser escritor. 

Y siempre me dejé guiar por los poetas.

Los poetas de la vida. 

(¿Es necesario escribir para ser poeta? Esa es otra discusión…)

La cuestión, para que se entienda, es que soy lo que soy porque leí los libros que leí, porque escuché las canciones que escuché, porque vi las películas que vi, porque oí a las personas que oí.

Y yo no creo hacer nada para cambiar el mundo. Pero, al menos, acompaño su rodar con un modo propio de caminar la vida –pero llevando encima todo aquello que me influenció.

Mi hijo debe su nombre a que, de joven, descubrí a un escritor que me cautivó con su escritura y, en algo así como un mes, noche tras noche, desvelado, me “comí” su obra completa (muy extensa, porque el hombre en cuestión escribió mucho).

Me prometí, en aquel momento, que si algún día tenía un hijo llevaría como nombre el apellido de ese autor.

Y que mi hijo lleve ese nombre y no otro, de alguna forma, determina un poco su andar en el mundo.

En definitiva, hay que aceptar que una persona pueda tener una especie de nirvana efímero al oír la experiencia de alguien que se para sobre un escenario, durante unos minutos, a contar una historia que lo tiene como protagonista. Porque de ese compartir algo propio quizá nazca un efecto impensado que, quién sabe, hasta cambie –aunque sea apenas– el mundo… o la manera en la que transitar por él.

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