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UNA MUJER PIONERA DEL PERIODISMO EN LA PATAGONIA

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05/11/2023

¿Qué vio Ada María Elflein en Laguna Blanca y en Mencué?

¿Qué vio Ada María Elflein en Laguna Blanca y en Mencué?
¿Qué vio Ada María Elflein en Laguna Blanca y en Mencué?

Para regresar desde Bariloche hacia Buenos Aires con Neuquén como punto intermedio, la viajera conoció el interior profundo de la actual provincia de Río Negro. Sus descripciones tienen valor histórico.

Después de pasar unos días en el siempre exuberante verano de Bariloche, Ada María Elflein inició su retorno a Buenos Aires en automóvil, con Neuquén como punto intermedio. En 1916 el camino no transcurría por donde ahora se estira la Ruta Nacional 237, desde Bariloche seguía por la actual RN 23 y en Comallo torcía hacia el norte, de manera que la viajera consagró varias de sus miradas a Laguna Blanca y pernoctó en Mencué, antes de enfilar decididamente hacia el Valle.

Llaman la atención sus observaciones para el primero de los parajes: “Llegamos al poblado de Laguna Blanca, donde en grupos interesantes vimos perfiles caucásicos y bronceados rostros indígenas”, resaltó. “Hay en esas regiones mucho elemento que no se considera argentino a pesar de serlo de nacimiento, por ejemplo 'chilenos' que jamás han estado en Chile y que se declaran tales porque lo son sus padres. Hay trabajo allí para los evangelizadores de la escuela y de la nacionalidad y es preciso no perder estérilmente el tiempo”, reclamó la cronista.

Ada María escribía por entonces para diarios capitalinos y mucho tiempo después, sus palabras se reunieron en el libro “Impresiones de viajes” (Los Lápices Editora-2018). Uno de sus capítulos se consagra a la Patagonia, donde la periodista y dos amigas se introdujeron en tren hasta Zapala y desde allí en auto hasta San Martín de los Andes. Después cruzaron a Chile para retornar a la Argentina a través de Puerto Blest.

Ya en la estepa, “nuestro destino aquella noche era Mencué, punto del cual nos separaban, al decir del chauffeur, ‘unas cuantas leguas’. Sabíamos ya por experiencia, que ‘unas cuantas’ podía significar lo mismo cinco que diez; en este caso, se acercaban más a diez que a cinco”. Se equipara la legua a cinco kilómetros. En la actualidad, entre ambas localidades, hay algo menos de 40 kilómetros.

Curiosamente, “nuestro conductor no encendió los faroles, declarando que su luz, al mezclarse con la de la luna, resultaba demasiado engañosa. En cambio, el auto que nos seguía había encendido los suyos y corría detrás de nosotros como una fiera jadeante de ojos de fuego”. Los dos vehículos habían arrancado juntos desde Pilcaniyeu, que por entonces era un cruce de los caminos que venían de Bariloche, de Esquel y del valle del río Chubut.

Ada María reparó en una presencia llamativa: “Alrededor de nuestro coche revoloteaba el ataja camino, esa extraña ave nocturna que vuela bajo y en amplios giros delante del que camina por los campos al anochecer, como para cerrarle el paso”, comentó. En la inmensidad, observó la de Buenos Aires “una casa larga, baja y solitaria tan blanca bajo la luz de la luna como si estuviese nevada, brilló un instante y quedó atrás”.

Su descripción se torna casi poética para describir las caprichosas formas de la geografía que circunda la ruta y luego, “seguimos por cuestas y curvas, acariciadas por la brisa inefablemente pura de la noche serrana, hasta que vimos brillar en el tenue crepúsculo lunar que llenaba el fondo del valle las luces de Mencué”. Era donde estaba prevista la etapa para esa jornada, que había arrancado precisamente en Pilca, después del mediodía.

“Descendimos, cansadas, aunque no rendidas, por esa jornada sin tropiezos, llena de impresiones nuevas e interesantes y hecha más agradable todavía por la presencia de gentiles compañeros”, concedió la viajera. Los párrafos que siguen describen un perro que, en principio, pareció poco amigable. Sin embargo, “las comodidades que hallamos en esa última noche de viaje fueron idénticas a las que habíamos encontrado en la primera, camino de Junín de los Andes: modestísimas, pero no despreciables”.

Además, cenaron muy bien. El viaje se reanudó a las 7:30 de la mañana siguiente: “El paisaje se tornaba cada vez más árido y melancólico; se sentía la proximidad de la travesía. Sin embargo, hay bastante población: casas de comercio, propiedad de turcos, italianos y españoles, ranchos o casuchas grises, plantados en el medio del erial como bloques erráticos, sin motivo aparente para no hallarse cien metros más arriba o doscientos más abajo”.

Nuestra colega describió con alguna pesadumbre el panorama: “Un corralito, un pozo y unas cuantas estacas clavadas en el suelo, abrumadores en su melancolía y desnudez, que ni una ramita ni una enredadera, ni hortaliza, ni florecilla negra con su frescura. ¡Cuán lejos estamos de los lagos!”, se extrañó. No obstante, tuvo la chance de probar “agua mineral en una fuente” que, según entendió, se llamaba “Aguada Goodman o Gutmann o Guzmán”. Algo de frescor había.

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