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LA VIDA NO ES UNA FOTO, PERO CASI

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09/07/2023

Museo de los Viajeros: el sueño de los inmortales

Museo de los Viajeros: el sueño de los inmortales
Museo de los Viajeros: el sueño de los inmortales

Ingresar en el Museo de los Viajeros, en Modesta Victoria 3566, es llegar a un lugar cargado de historias ajenas que conforman una propia.

Se trata de un espacio donde se brinda cobijo a muchos elementos, pero, claramente, sobresalen las máquinas fotográficas y las imágenes captadas por ellas.

Así, la multiplicidad de murmullos que surge de esas fotos toma vida y nos traslada a otras épocas, cuando viajar era toda una aventura.

Es decir, todo viaje encierra una convocatoria a salirse del eje habitual, pero, en otros tiempos, cuando los medios que existían estaban lejos de los que la actualidad nos presenta, implicaba un riesgo mayor… se apostaba por lo desconocido.

Algo de eso es lo que pretende mostrar el Museo de los Viajeros, una especie de secreto a conocer, o, mejor aún, un sitio repleto de fotografías que susurran confidencias e invitan a que la imaginación vuele y seamos nosotros los que les demos un trasfondo a esos lienzos fotográficos que llaman a, por supuesto, inventar nuestra propia travesía.

Lo curioso es que el lugar no nació con la idea de exponer objetos.

En realidad, el edificio estaba destinado a funcionar como un local comercial.

Para que el asunto se entienda, hay que contar un poco la vida de Francisco Ponzinibbio.

Oriundo de La Plata, solía visitar Bariloche en vacaciones.

Esta ciudad siempre lo cautivó.

Por eso, cuando se recibió de ingeniero agrónomo, decidió venir a probar suerte.

Primero trabajó con verduras congeladas y algo de fruta. Pero eso no terminaba de arrancar, así que comenzó a realizar ensaladas en atmósfera controlada. Ahí sí, todo mejoró… hasta el 2001.

En ese año bisagra para la Argentina, cuando Francisco luchaba por mantener la cantidad de espacio que había sabido ganarse en los supermercados patagónicos, en tiempos donde –ante la falta de salida por la flacura general de los bolsillos– gran parte de la mercadería terminaba tirándose al alcanzar la caducidad, surgió la idea de hacer conservas, que tenían mayor tiempo de duración.

Dicen que la vida es cíclica. Ya saben: a un período bueno le sigue uno negativo y, así, si se tiene perseverancia, se pasa a otro positivo.

La bola, en la ruleta de la existencia, entonces, cada tanto, volvería a caer en el único número al que no se le pusieron fichas.

Vaya a saber por qué, quizá debido al rebote de cuestiones macroeconómicas o simplemente a un cambio en la dirección del viento existencial, en 2014 se inició una nueva mala racha.

Hasta ese momento, Francisco siempre había vendido sus productos a locales ajenos. Ante la disminución de las ventas, se le ocurrió probar con uno propio.

A la vez, quería que el sitio tuviera características distintivas.

De esa manera, se puso a ver fotografías antiguas que le mostró Federico Silin, creador del Archivo Visual Patagónico.

Le gustó el aspecto del viejo hotel San Carlos, de principios del siglo XX, y decidió realizar una especie de réplica.

Atando cabos, luego, se percató de que su tatarabuelo, Melitón Zabala, había parado en aquel hospedaje en 1915, cuando una de sus hijas cumplió quince años y la familia realizó un viaje por la zona. Desde La Plata a Neuquén, de ahí a Puerto Blest para después cruzar a Puerto Varas y rumbear hacia el estrecho de Magallanes.

Francisco buscó la manera de poder construir un espacio similar al que lo había hipnotizado desde las imágenes que Silin le reveló.

Con sus propias manos y la ayuda de quienes trabajaban con él en su emprendimiento comercial (y de su esposa, nacida en Santiago del Estero, a quien conoció en Bariloche y con la que tiene dos hijas), cumplió su sueño.

“Menos poner el piso, nosotros hicimos todo”, cuenta Francisco.

Al mismo tiempo, comenzó a reunir antigüedades, cosas que sirvieran para llamar la atención de quien arribara al comercio.

Pero, en esto de las vueltas de la vida (¿recuerdan lo dicho poco antes?, ¿aquello de la calidad cíclica de la existencia?), las líneas de comercialización de su empresa, tal como habían funcionado siempre, se reactivaron, así que, en lugar de continuar con la idea de tener un local tradicional, apareció el proyecto de que ese espacio se transformara en un museo.

Hubo gente que cedió elementos, y aún hoy están quienes se acercan con algo que creen que allí calzará perfecto.

El concepto de Francisco tiene que ver con recrear las sensaciones que tenía quien emprendía un viaje épocas atrás, cuando todo se forjaba en cada nuevo paso, donde una travesía se planificaba con muchas incógnitas, porque la difusión de los destinos, claramente, no era la actual.

Es más, gran parte de la información sobre sitios lejanos se relacionaba con lo que otros viajeros registraban.

Y esos registros solían tener dos formatos: por un lado, notas, generalmente en diarios personales, aunque se encontraban también quienes lo hacían de manera profesional, llegando al libro o a periódicos con sus crónicas de viajes; por otra parte, estaban las fotografías.

De ahí que el Museo de los Viajeros esté repleto, principalmente, de cámaras fotográficas e imágenes.

Esos elementos se encuentran ordenados en una línea de tiempo en la que se marcan detalles relevantes acompañando el avance de los aparatos fotográficos utilizados en cada momento, así como el resultado que dejaban, es decir, las fotos que captaban. 

De esa forma, se indica lo que sucedía en Bariloche y la zona, como también a nivel mundial, y los adelantos que se producían en la historia de la fotografía.

Para visitar el lugar, hay que conectarse con Francisco. Puede ser por correo electrónico ([email protected]), o bien por Instagram (@museodelosviajeros).

En general, suelen contactarse de escuelas, y así se organizan paseos de chicos, pero, también, hay particulares interesados en la temática que simplemente escriben y coordinan para pasar por allí.

Además, está la posibilidad de utilizar el salón del primer piso para algún encuentro cultural. Por ejemplo, se han brindado talleres y se hicieron presentaciones de libros.

Francisco brinda todos estos datos en medio de ese sitio que, en sí mismo, es un viaje en el tiempo, porque, más allá de las cámaras y las fotos de otras épocas, aparece un escritorio del siglo XVI, donde uno imagina que alguien habrá planeado sus viajes. También se exhibe una vieja máquina de escribir y un teléfono de línea antiguo, con el disco para marcar…

En cada rincón emerge una sorpresa...

De pronto, al mirar hacia una pared, se aprecia un cuadro de Américo Panozzi, el recordado “pintor de las nieves”, tal la denominación que se le dio cuando, ya residiendo en Bariloche (había nacido en Buenos Aires), optó por reflejar el contorno que lo rodeaba.

Todo, en el Museo de los Viajeros, invoca a que la imaginación vuele hacia días lejanos.

Igualmente, Francisco, tras los “viajes” breves que realiza junto a los visitantes que llegan a conocer el lugar, regresa rápidamente a la realidad.

Junto a ese espacio que concede una excursión al pasado, se encuentra la fábrica que lo trae al presente y a la labor diaria.

Con el nombre de Don Melitón (el tatarabuelo que paró en el viejo hotel San Carlos) está la línea de mermeladas, incluyendo blends donde los dulces se combinan con bebidas y aparecen misceláneas como “frutos del bosque con sidra”.

También se encuentra Valleverde, denominación que integra productos gourmet tales como conservas, aderezos, mezclas de especias y dips (por ejemplo, de “hongos ahumados y mostaza”).

Así, Francisco, con solo caminar unos metros, va del trabajo a un sitio donde el calendario es relativo, entre imágenes en blanco y negro y cámaras fotográficas de soñadores que, en sus recuerdos, se han transformado en inmortales.

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