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EDGARDO SUÁREZ

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29/06/2023

Forja cuchillos con el filo de Malvinas en el alma

Forja cuchillos con el filo de Malvinas en el alma
Forja cuchillos con el filo de Malvinas en el alma

Su taller está a media cuadra de la avenida de los Pioneros.

Nada alerta que allí, detrás de un patio, en un cubículo, cuando el fuego se enciende, el acero se moldea.

Un hombre trabaja por las mañanas.

Forja cuchillos, además de llevar a cabo otras diversas tareas de herrería.

Pero no siempre se dedicó a esto.

Edgardo Suárez tiene sesenta años. 

Desde lo económico, sufrió una infancia dura.

Hace no tanto se compró una bicicleta y, en la actualidad, junto a otros bicipecadores –como se llaman entre ellos en el grupo de ciclistas denominado Pedaleando por el Este–, realiza pedaleadas por la estepa. Pero, de niño, nunca pudo tener uno de esos rodados…

Cuando en su Río Colorado natal vio por televisión una publicidad donde se convocaba a ingresar en la Armada, con la aclaración de que ya desde el primer mes se obtenía una retribución, no lo dudó.

Egresó en 1981. Al año siguiente, estaba en Malvinas…

A su regreso de las islas, tuvo que transformar el dolor en vida.

Volver de una guerra transforma a la persona en sobreviviente. Los compañeros muertos duelen, pero la existencia continúa.

En 1985 se retiró de la fuerza.

Retornó a Río Colorado, fue docente en un colegio técnico y en el 2000 llegó a Bariloche para ser jefe de mantenimiento de un frigorífico.

Los recuerdos de aquellos días, donde en su trabajo observaba cierto maltrato a los animales, hicieron que, hace una década, se transformara en vegano.

Todo esto lo cuenta mientras introduce el acero 5160, sostenido con una pinza larga, en la fragua que él mismo realizó con una salamandra.

La temperatura, en el interior, ronda los ochocientos cincuenta grados.

Deja que el rojo se apodere del material, lo saca y lo golpea con un martillo sobre el yunque. Así, de a poco, un cuchillo comienza a tomar forma, y los poros que puedan llegar a existir desaparecen.

Luego pasa a la rectificadora.

Más tarde será el tiempo del templado en aceite, a lo que seguirá un paso por el horno de la cocina, a doscientos cincuenta grados, con el fin de que baje el nivel de dureza.

Tras aquello, llegará el momento del encabado, es decir la colocación del mango.

Edgardo se encarga de todo, menos de las vainas, que las encomienda a otra persona.

Cuenta que comenzó con la herrería hace una década y media. “Empecé de un día para el otro”, revela.

Nadie le enseñó. Para él mismo es un misterio cómo se le dio por esto, aunque desliza: “Quizá sea la carga genética”. Sucede que, el año pasado, su tío Néstor le develó que su abuelo –bisabuelo de Edgardo– era herrero artístico en España. Se llamaba Manuel, y falleció cambiando la rueda de un carro (en aquellos tiempos la espalda solía servir de apoyo mientras se arreglaban los carromatos).

Al principio, no hacía cuchillos. Eso llegó unos años más tarde. Una vez más, duda al buscar un motivo acerca de aquello que haya apuntado hacia la creación de esos elementos, pero, de repente, reconoce: “Debe haber sido porque veía Desafío sobre fuego (en el inglés original del título, Forged in fire, es decir, Forjado a fuego)”. Se trata de un programa estadounidense donde herreros concursan realizando distintos tipos de armas blancas.

El excombatiente también elabora espadas, y todos sus trabajos son a pedido (quienes deseen contactarlo pueden ingresar a su Instagram, @cuchillosedgardo, o comunicarse por WhatsApp al +54 9 294 436-4160).

En su vida, los elementos afilados no solo se hicieron presentes a través de la creación. Edgardo se convirtió en un estudioso del tema. Raramente pasa un día en que no investigue sobre esos elementos, con las características que han tenido a lo largo de la historia en diversas partes del mundo.

Incluso se transformó en coleccionista. Entre los elementos que atesora, cita una bayoneta de la Segunda Guerra Mundial y una espada de la Guardia Civil de España que data de 1844, así como una jambiya (daga curva) turca con la empuñadura y la vaina de mármol.

Mientras trabaja, se arremanga el sweater, lo que permite divisar el tatuaje que posee en el antebrazo izquierdo, donde se reflejan las Islas Malvinas y el número 33 (su promoción en el Curso Armas).

Los veteranos del conflicto en el Atlántico Sur suelen realizar reuniones donde conversan sobre diversos temas, y, claro, los días de combate siempre aparecen. “Pero ya no como antes… Ahora hablamos desde el recuerdo, no desde el dolor de haber estado en una guerra. Debe ser por el paso de los años…”, revela Edgardo, al calor de la fragua.

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