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REACCIONES CONTRA EL REPRESOR

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07/04/2022

La trompada de Chaves fue la primera, pero no la única para Astiz

La trompada de Chaves fue la primera, pero no la única para Astiz
La trompada de Chaves fue la primera, pero no la única para Astiz

La actividad artística que se generó el martes para salvaguardar la Piedra de la Dignidad, esa roca que la naturaleza parece haber dejado allí como recuerdo de cuando un ciudadano de Bariloche, el 1° de septiembre de 1995, al ver al criminal Alfredo Astiz, sintió el impulso de golpearlo, trajo al presente las sensaciones que se vivían en aquella época, donde cierta impunidad permitía que criminales como ese deambularan por terreno argentino.

Aparte del factor legal, que impedía que fuera juzgado, estaba el temor que todavía existía. 

Habían pasado casi doce años del fin de la dictadura, pero, más allá del recordado Juicio a las Juntas, enmarcado dentro de la primavera alfonsinista, lo que siguió, con cierto velo de protección a quienes habían actuado durante el proceso militar, y el cuco que supieron erigir algunos integrantes del Ejército con los alzamientos carapintadas, delineaba un aparente manto de protección: los criminales que habían actuado en los años de plomo parecían intocables.

Cabe recordar que el represor, en aquel momento, si bien estaba libre, no podía salir del país.

En 1990 había sido juzgado en ausencia en Francia, donde fue condenado a cadena perpetua por el secuestro, tortura y homicidio de las monjas de esa nacionalidad, Alice Domon y Léonie Duquet, (luego, también lo enjuiciaron y encontraron culpable en otros países).

Nunca lo extraditaron, pero, en caso de dejar Argentina, pendía sobre él una orden de captura internacional.

Dentro del territorio nacional, en tanto, se manejaba con la libertad que le aseguraban las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.

En ese contexto, Alfredo Chaves lo vio aguardando un transporte para ir a esquiar.

Chaves, que había llegado a Bariloche en 1979 por un exilio interno en la que finalmente se transformaría en “su” ciudad, había estado encerrado en el campo de concentración denominado El Vesubio.

Al ver al asesino, se bajó de la camioneta que conducía y le asestó varios golpes.

Aquello trascendió como la primera vez, al menos que se hubiera hecho pública, que alguien agredía a un represor.

Pero, desde entonces, Astiz sufrió un escarnio que, años antes, habría sido inimaginable.

La trompada de Chaves precedió a otras reacciones.

Por ejemplo, luego, en Vicente López, mientras conducía su vehículo, otro conductor lo reconoció, le cerró el paso y lo increpó.

En 1997, en un boliche de Gualeguay, Entre Ríos, lo escupieron y casi lo linchan.

Una semana después, ya en Buenos Aires, fue insultado en la calle y llegó a esquivar el golpe que le lanzó una víctima de la dictadura, para luego huir.

Y también es recordado un fuerte repudio que tuvo en el Yatch Club de Mar del Plata en 2003, de visitantes que presenciaban una regata.

Tras la declaración de nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, con dos condenas a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura militar, pasó a cumplir su condena en la cárcel de Ezeiza.

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