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OBRAS EN EL ESTADIO

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04/04/2022

“Cuando llegamos, todo estaba hecho un desastre”

“Cuando llegamos, todo estaba hecho un desastre”
“Cuando llegamos, todo estaba hecho un desastre”

“Quedó lindo”, dice Mauricio Colinamon, al observar el resultado del trabajo que, hasta el momento, realizó junto a sus compañeros obreros, en el Estadio Municipal José Jalil.

Tiene treinta y ocho años, y es el capataz.

Aunque, desde hace un tiempo, un gato le compite el puesto.

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El felino llegó para saborear algunos roedores que aparecieron cuando las tareas comenzaron, y lo bautizaron “Capataz”.

Pero Mauricio no está celoso con la denominación que cayó sobre el animal; el, simplemente, continúa con su trabajo.

“Cuando llegamos, hace unos ocho meses, todo estaba hecho un desastre”, cuenta. 

“Desde hace muchos años, esto estaba así nomás”, añade.

Recalca, por ejemplo, el estado en que se hallaban algunos de los baños. “Orinaban en un cosito así nomás…”, aprecia. Así, dice que otros sanitarios, en una zona distinta del estadio, estaban más completos. “Pero la gente los rompía cada dos por tres; no sé por qué las personas no cuidan las cosas, tiran toallitas higiénicas y pañales donde no deben…”, suspira.

En ese punto, destaca lo útil que sería que quienes en este momento, a través de planes gubernamentales, desarrollan tareas de limpieza y diversa ayuda a los obreros, más otros que llevan a cabo arreglos, pasaran a ser contratados y quedaran fijos en el sitio, para conservar en condiciones el lugar. 

“Sí o sí hay que dejar gente para que mantenga el sitio… Haría falta una cuadrilla estable, porque si, al irnos, vienen y rompen algo, habría que repararlo enseguida”, profundiza.

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Indica que arreglaron varias de las tribunas, “pero faltan aquellas”, marca, señalando hacia las que se ubican del lado de la 9 de Julio. “Están destruidas”, afirma.

En ese sentido, explica que falta trabajar sobre eso, pero también en la vereda externa, en aquella arteria.

“Sería bueno terminar la parte de afuera antes de que llegue el invierno, que te destruye todo el cemento”, expone Mauricio, que comenzó a trabajar en la construcción a los catorce años, como ayudante de su tío.

A los veinte, ya era una especie de encargado.

Ahora, orgulloso de quienes se desempeñan a su cargo (“se matan trabajando”, dice), acompaña al cronista en un paseo por las nuevas instalaciones: los vestuarios –el local y el visitante–, los baños -incluyendo uno para personas con discapacidad–, la oficina destinada a los árbitros, un túnel nuevo…

Luego, se despide y, una vez más, vuelve a su labor.

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