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LA HISTORIA DETRÁS DE UN CARRITO GASTRONÓMICO BARRIAL

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26/06/2021

Un emprendimiento que le gana a la pandemia

Un emprendimiento que le gana a la pandemia
Un emprendimiento que le gana a la pandemia

En 25 de Mayo y Otto Goedecke, hay un carrito que vende comida al paso.

Para muchos, ya forma parte del paisaje.

En realidad, antes solo abría los sábados y domingos, jornadas de funcionamiento de la feria Emaús.

Pero, más allá de todo, pandemia, vaivenes económicos y demás, su dueño, Cristian Ceballos, decidió arriesgarse: en febrero dio un golpe de timón y pasó a funcionar a diario.

Y no solo eso.

Renunció al trabajo que tenía de lunes a viernes. “Laburaba en una casa de repuestos para autos, en la venta al público”, cuenta.

Cristian tiene treinta y seis años.

En algún momento, durante la primera década del siglo XXI, tuvo un emprendimiento en la calle Onelli.

Un local de ropa.

Pero llegó el 2011 y, con él, las cenizas volcánicas.

Fue entonces cuando, con ventas prácticamente nulas, debió dejar aquel negocio y pasar a ser empleado en el despacho de artículos para vehículos.

Pero, para agregar un ingreso al hogar (está casado con Cinthia, y tiene dos hijos: Ariel, que con doce años va a séptimo grado; y Antonella, de siete, que está en segundo), hace ya tiempo, al observar la feria que se colocaba cada fin de semana sobre 25 de Mayo (entre Onelli y John O'Connor), arteria en la cual está su vivienda, pensó en cómo aprovechar ese movimiento continuo de gente que veía los sábados y domingos.

Así, le compró a un vecino uno de esos tambores de metal cortados al medio longitudinalmente, con las partes unidas por bisagras, que se usa como parrilla y se denomina chulengo.

“Abría el portón de mi casa. Sacaba una mesa, un toldo y el chulengo”, recuerda Cristian.

Cuando los feriantes, por decisión municipal, pasaron a Otto Goedecke, él los siguió.

“Si la feria hubiera quedado ahí, jamás se me hubiera ocurrido armar esto”, dice en relación al carrito que construyó con la ayuda de un primo herrero, para poder trasladar hasta la esquina sus “artefactos”.

“En aquella época, hablo de unos cinco años atrás, me gasté treinta y cinco mil pesos en hacerlo”, cuenta.

Si bien en algún momento lo llevó hasta la zona del cerro Catedral, cuando hubo carreras de motocross, a partir de febrero, con la decisión de patear el tablero y renunciar al empleo que tenía de lunes a viernes, pasó a estar todos los días apostado en la esquina. “Ahora, de acá, no lo muevo más”, sostiene.

“Quise probar suerte, a pesar de la pandemia. Si no arriesgás…”, suelta, sin completar la frase. Pero ni falta hace, porque los autos que paran en forma constante hablan de que la cosa va bien.

“Me gusta mi trabajo, lo hago con pasión. Será porque estoy tranquilo, nadie me molesta ni me manda… Es tener algo propio”, puntualiza.

De pronto se acerca su hijo, que de una corrida (la casa está a unos cincuenta metros) le trae algo.

Esa proximidad le da cierta calidez hogareña a la actividad: por más que el negocio no funcione en la casa, es como si lo hiciera: el carrito es una extensión móvil de la vivienda.

A un lado, en la calle, está Catalina, una perra con alma de vagabunda, pero fiel. “Vivía en la calle, y un día se quedó conmigo”, expresa Cristian.

“La hice entrar, y ahora por las noches permanece en el interior, pero durante el día anda afuera. Cuando termino acá, la mando a que vaya a ladrar a casa, para que me abran el portón”, señala.

Los días en que funciona la feria, Cristian y Catalina van a desayunar a un puesto de una señora. Él toma café junto a una torta frita con jamón y queso. A ella, la cafeína no le va, pero lo otro sí. Siempre y cuando se respete el relleno. “Si le das una sin jamón y queso, no la come”, revela Cristian.

El muchacho, en tanto, ofrece hamburguesas y churrasquitos. A doscientos pesos las primeras; ciento cincuenta, las segundas. “Todo con lechuga, tomate y cebolla dorada”, aclara.

“¡Amigo! ¿Qué le ponemos? Mayonesa, kétchup, mostaza…”, enumera las opciones al cliente de turno.

Uno de ellos, habitué del carrito, cuando se le pregunta si las hamburguesas que prepara Cristian son ricas, suelta un “¡Uhhhhh!” que lo dice todo.

“Gracias, 'papá'", lanza Cristian, al recibir el pago de un muchacho.

“¿Todo bien, vecina?”, pregunta a una mujer que se acerca.

Ella responde: “Sí, ¿y tú?”.

El modo de expresarse y el tono hablan de una persona que viene de otro país…

Lo dicho, la fama de este carrito ha roto las fronteras…

A propósito, el rinconcito gastronómico no tiene nombre. Quizá haya que empezarlo a llamar “Lo de Cristian”. 

No suena mal.

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