Publicidad
 

MALVINAS EN PRIMERA PERSONA

|
02/04/2021

A treinta y nueve años de la guerra, el recuerdo de un excombatiente

A treinta y nueve años de la guerra, el recuerdo de un excombatiente
A treinta y nueve años de la guerra, el recuerdo de un excombatiente

Ruben Pablos estaba por terminar la colimba.

Hacía aproximadamente un año que había iniciado el servicio militar, en La Plata.

Faltaba muy poco para que le dieran el alta. Sólo unos días.

Aquel viernes, cuando el calendario marcaba 2 de abril de 1982, estaba de franco, en Quilmes, donde vivía.

Por televisión, informaron que las Malvinas habían sido recuperadas.

“Sentí orgullo… A uno, de chico, en el colegio, le habían enseñado que esas islas eran argentinas”, recuerda.

“Un rato después de ver la noticia, llamaron para que me presentara en el regimiento”, indica.

“Quedamos acuartelados hasta el 13 de abril”, rememora.

Aquel día, partieron a Buenos Aires, de ahí, por avión, a Río Gallegos, y, también por vía aérea, a las islas.

Ruben, en el avión que lo llevó a Malvinas.

 

“Llegamos el 14 temprano, de madrugada, todavía era de noche; neviscaba, había mucho viento…”, comenta.

“Fue muy emotivo pisar aquel suelo”, señala, y afirma: “Me sentía orgulloso por ir a defender a la Patria; es un sentimiento que aún mantengo”.

“Teníamos la suerte de tener camperas nuevas, y borcegos, pero la inclemencia del tiempo se sentía”, aprecia.

La situación se ponía aún más complicada al anochecer, porque las carpas que utilizaban no servían para resguardarse adecuadamente de un clima tan hostil.

“Yo vine con principio de ‘pie de trinchera’”, apunta Ruben, en relación al padecimiento que proviene de la combinación de frío y humedad, que ablanda la piel y causa una herida e infección en los tejidos.

“Era parte del Regimiento 7, de La Plata; me encontraba en la sección Comunicaciones de la compañía Comando”, narra, e informa que su ubicación se hallaba a unos diez kilómetros de Puerto Argentino, en Colina de la Radio, o Wireless Ridge, justamente donde se libró la última batalla, entre el 13 y el 14 de junio.

“La noche parecía día, por la cantidad de bengalas y balas trazadoras que tiraban los ingleses, para iluminar el cielo y seguir atacándonos”, evoca.

Imagen de Malvinas tomada durante el conflicto bélico.

 

“La guerra terminó aquel 14 de junio, pero yo estuve un mes más, prisionero”, detalla.

Ruben expone que quienes permanecieron esa cuota extra de tiempo, cautivos, eran alrededor de seiscientos cuarenta argentinos.

Explica que Inglaterra pretendía, más allá de la rendición en la guerra, que Argentina cesara en sus pretensiones de soberanía sobre las islas.

“Intervino Cruz Roja Internacional, junto a otros organismos, y finalmente nos tuvieron que devolver”, dice.

“Durante quince jornadas, estuvimos en un frigorífico abandonado, en el estrecho de San Carlos; y, una misma cantidad de días, arriba de un buque, el Saint Edmund, que fue el que nos llevó a Puerto Madryn”, puntualiza.

Reconoce que, el tiempo en que estuvo confinado, “los ingleses fueron respetuosos”.

“En realidad, ellos, antes que los propios argentinos, nos reconocieron como soldados valerosos y con coraje que defendíamos nuestro territorio. No podían entender que, a los diecinueve años, con las herramientas que teníamos y en el estado en que nos encontrábamos, hubiéramos combatido como lo hicimos”, sostiene, y remarca que, precisamente, existen varios libros ingleses que destacan el accionar de los soldados de la Argentina.

Cuando estaban recluidos en el buque Saint Edmund, los rumores que se corrían referían a que los trasladarían a Inglaterra, o a la isla Ascensión, de dependencia británica, a medio camino entre América y África, clave en el conflicto bélico del Atlántico Sur, ya que era la última base con que contaban los europeos antes de llegar a Malvinas. 

Finalmente, los llevaron a Puerto Madryn.

“Fue emotivo y, a la vez, triste”, describe Ruben.

“El combate había terminado hacía un mes, y los otros compañeros ya se encontraban en el continente. Para la gente del pueblo, salvo la que tenía familiares que participaron, la guerra estaba olvidada. El proceso de desmalvinización comenzó muy pronto…”, reflexiona.

Un momento de camaradería, en medio del horror de la guerra.

 

“Los militares escondieron a muchos soldados… nos impidieron hablar, nos dijeron que no fuéramos a los medios, que no contáramos nada”, observa.

De Madryn, viajó por avión a La Tablada.

Luego, se dirigió a su casa.

En ese sitio, todo fue distinto.

“El barrió se revolucionó: amigos, vecinos, y hasta gente que no conocía… todos celebraban que había regresado”, narra.

Y eso es algo que Ruben se había propuesto como algo indefectible: “Cuando fui, me mentalicé en que iba a volver”.

“El miedo siempre está en situaciones críticas, incluso es una defensa que tiene el ser humano”, razona.

“Nos bombardeaban todas las noches. Veíamos los tiros que nos pasaban al lado y herían o mataban a los compañeros… Observábamos las atrocidades de la guerra, pero había que adecuarse y seguir; no te podías quedar parado”, resume.

Lo que continuó después de la contienda también fue duro.

“Nos costó mucho sobrellevar la posguerra. Fue crítico. Quizá resultó más complicado sobrevivir a eso que a la guerra en sí”, asevera Ruben.

“Es tremenda la situación psíquica que se arrastra, el estrés postraumático; a treinta y nueve años, sigue habiendo suicidios y problemas graves de salud”, sostiene.

Y, para que se comprenda la magnitud de lo que cuenta, detalla que “murieron muchos más en la posguerra que en la batalla”.

“La guerra es un horror y un error. Suceda lo que suceda, con los años, perdemos todos”, abrevia.

Al regresar de Malvinas, Ruben intentó retomar los estudios.

Antes de ingresar al servicio militar, había rendido el examen de ingreso a Ingeniería.

“Pero la verdad es que nunca pude volver a estudiar. Mi cabeza hizo un click profundo, perdí el poder de concentración…”, revela.

También dice que le fue imposible conseguir trabajo. 

“Me pasó como a muchos compañeros: cuando presentabas el documento, y figuraba que habías ido a Malvinas, no te tomaban, porque pensaban que estabas loco o ibas a crear algún tipo de problema”, rememora.

“Siempre tuve que ser cuentapropista, desempeñarme de manera independiente”, añade.

Cuando se le consulta si alguna vez se reunió con algún excombatiente inglés, responde que no, y revela que en un momento hubo una propuesta de que británicos y argentinos que habían participado del conflicto se reunieran en Malvinas, pero él declinó la invitación por una razón muy sencilla: jamás permitiría que, al llegar a las islas, le sellasen el pasaporte como si se tratara de una extranjero, porque, más allá de todo, ese territorio es argentino.

Por eso advierte que se debe hablar de Malvinas por encima de lo que sucedió en 1982; siente que es una causa de relevancia que, por distintos motivos (incluyendo los históricos y económicos), tiene que mantenerse activa.

De esa manera, este hombre que llegó a Bariloche en 1990, escapando de una gran ciudad que lo agobiaba, ve como un gran logro que, desde el año pasado, la temática forme parte del diseño curricular educativo de todos los niveles en la provincia de Río Negro. 

“Malvinas es soberanía, quizá la única bandera que une al pueblo sin distinciones”, asevera.

Y, antes de despedirse, Ruben, quien fue escogido por sus compañeros excombatientes como director provincial de Veteranos de Malvinas, apunta que, ante todo, jamás se debe volver a recurrir a las armas: “Las imágenes de lo que viví allá van a regresar a mi cabeza toda la vida, por más que pasen los años… es algo que estará hasta el último día de mi existencia… Tenemos que evitar la guerra”, concluye.

Christian Masello

¿Que opinión tenés sobre esta nota?