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05/01/2021

La niña que se quedó sin zapatos

La niña que se quedó sin zapatos

Es escritora e ilustradora. Siendo pequeña le escribió una carta a su infancia, en la que ficcionaba ser adulta y le pidió: “No dejes de escribirme en mi imaginación y en mi corazón”. Cuando creció, fue abogada. Un día decidió escuchar su corazón y dejó todo. Pedir un “Mulligan”, en el golf, es la posibilidad de repetir un golpe para darle un nuevo rumbo, es la segunda oportunidad. En su caso, es volver a la infancia.

Es escritora e ilustradora. Siendo pequeña le escribió una carta a su infancia, en la que ficcionaba ser adulta y le ... (+ Info)

Era la noche del cinco de enero y, como todos los chicos del mundo, la nena solitaria que vivía en una aldea, al pie de la colina, esperaba el paso de los Reyes Magos.

Estuvo toda la tarde yendo y viniendo. Del valle cortó pasto y lo puso con esmero sobre un plato de cerámica. Del arroyo trajo el agua cristalina y la volcó en la fuente plateada. Con un trapo de lana frotó el único par de zapatos que tenía y los dejó en la entrada de su casa. Al final, se sentó y escribió una carta pidiéndoles un solo deseo.

Esa noche no pudo dormir. Antes del amanecer se levantó. Lo primero que hizo fue correr hasta la puerta; pero ¡muy grande fue su decepción al descubrir que los Reyes no le habían dejado ni un solo regalo! Tampoco encontró el plato de cerámica, ni la fuente plateada, ni el fardo de pasto, ni el agua, ni la carta. ¡Hasta sus zapatitos habían desaparecido!

El sol remoloneaba en los brazos de la noche. El gallo no cantaba todavía. La nena supuso que los Reyes no andarían lejos, así que salió a buscarlos. Con una lámpara en las manos y los pies descalzos siguió el rastro de los camellos en la tierra húmeda de rocío.

Cerca del naranjo brillaron unos destellos. La nena apuró el paso. Vio que los Reyes dejaron algo en el suelo y siguieron su camino. Se acercó hasta el árbol y encontró a una mujer y a su hija dormidas al abrigo de un manto de lana. Sobre los flecos, muy bien acomodados, ¡estaban sus zapatitos relucientes!

Continuó por la senda de los Reyes y llegó a verlos, desde lejos, dándole de beber a un mendigo que descansaba sobre una roca. Después los vio dejando un paquete en la choza del carpintero. La nena descubrió, un rato más tarde, que se trataba de los pastos del valle que ella misma había cortado, unidos con un gran moño. Más tarde descubrió que su plato de cerámica estaba en el jardín de la viejita que vendía flores en la plaza del pueblo.

Cada vez más enojada, siguió las marcas que los camellos dejaron a su paso. Distinguió a los Reyes cuando dejaban un regalo en la granja vecina.

Cuando la nena solitaria pasaba por ahí, los ocho hijos del granjero estaban abriendo el paquete. ¡Era la fuente plateada llena de frutas del naranjo! Los chicos estaban tan agradecidos que formaron una ronda alrededor de la nena y se pusieron a cantar. Ella se esforzó en explicarles que no les había regalado ninguna fuente plateada ni mucho menos las naranjas. Los chicos no le prestaron atención. Estaban tan contentos que siguieron entonando las más bellas de sus canciones.

A esas alturas, la nena solitaria había perdido de vista a los Reyes Magos. Cuando estaba a punto de retomar la búsqueda, apareció la viejita con un maravilloso ramo de flores. La nena le dijo que ella no le había dejado ningún plato de cerámica pero la anciana no le creyó. Le adornó los cabellos con pimpollos de rosas y le cubrió la cara de besos.

La nena solitaria solo pensaba en lo lejos que estarían los Reyes y en todo lo que tenía para decirles. En eso, llegó la mujer que había dormido al pie del naranjo y la abrazó. Su hija venía detrás y llevaba puestos sus zapatos relucientes que le quedaban a la perfección. La nena solitaria negó habérselos dado. La mujer, sin hacerle caso y conmovida por su humildad, le entregó la manta tejida con lana de cabra.

El carpintero también se acercó al grupo. Le agradeció a la chica el fardo de pastos que servían para rellenar el techo de su casa y le regaló una muñeca de madera que había tallado con sus manos. La nena solitaria, por primera vez, sonrió.

Llegó, en ese momento, el mendigo sediento y con un extraño silbido atrajo a los pájaros del bosque. La risa de la chica se oyó entre el gorjeo de las aves y el cantar de los niños del valle. Y, mientras giraba contenta sobre sus pies descalzos, la nena solitaria reconoció, allá, a lo lejos, tres fulgores dorados que brillaban en la colina. Fue entonces cuando recordó la carta escondida bajo sus zapatos perdidos, que decía: “Queridos Reyes: sólo deseo tener amigos”.

FIN

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