Columnistas
13/09/2020

EMOCIONES ENCONTRADAS: Al maestro con amor  

EMOCIONES ENCONTRADAS: Al maestro con amor   

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

Tengo imágenes grabadas en mis retinas, de vecinas y vecinos a los que veía en el almacén de mis padres, caja de resonancia de todo el acontecer barrial; épocas de la libreta donde se anotaba a cuenta, de pedidos llevados a las casas y de amigos haciéndole los mandados a la madre. Una de las postales era ver a aquel maestro, rubio, casi tirando a colorado, alto, algo encorvado, de inmaculado guardapolvo blanco, llamado Domingo Magistrali, “Mingo” para casi todos los que lo conocieron. También lo conocí fuera de ese uniforme, campechano, ocurrente, simpático, con una anécdota siempre a mano y una sonrisa abierta y franca. Buen tipo.

Vaya a saber en qué llegó desde su Entre Ríos natal, con algo más de veinte años y el título de maestro bajo el brazo. Sería en colectivo o auto, por los polvorientos caminos patagónicos, o tal vez en tren. Se habrá quedado mirando ese lago azul, tan distinto al cauce marrón del río Uruguay, que besa a su Concordia natal. Llegó soltero y con apuro, porque aquí lo esperaba Elisa Caspani, con quien se conocía desde el pago litoraleño y vinieron a darse cuenta tan al sur, de que la vida les tenía por delante un camino para desandar juntos. Formaron su nido en la casa de la calle Gallardo, aquella de tierra, con los postes de alumbrado en el medio. Allí nacieron sus dos pichones: Graciela y Héctor. De esa casa salió cada mañana, con el guardapolvo inmaculado, al que seguramente Elisa habría planchado, llevando la plancha por cada recodo de la tela, para que luzca en los pasillos y aulas de la Escuela 16; en invierno con el ponchito color marrón sobre los hombros, después de la pava de mates y la afeitada silbando algún tanguito. Sus alumnos lo veían inmenso, paseándose entre los bancos, con solemnidad, aunque por dentro él también llevara un niño, que jugaba y reía, pero sin dejar de tener en el centro de su oficio el amor transmitido en la enseñanza. Se paseó por esos pasillos y el patio dejando su huella para siempre, para que generaciones de barilochenses lo recuerden con una sonrisa y un gesto tierno. También educó a aquellos soldados analfabetos, que llegaban a cumplir con el servicio militar, a la Escuela de Montaña del Ejército.

Otra de sus pasiones fue el deporte. Llegó siendo un buen jugador de básquet y en Bariloche siguió haciéndolo en el club Nahuel Huapi, en el que luego fue dirigente. Junto a otros hacedores lograron levantar el gimnasio, el que hoy lleva su nombre. Inquieto, con esa personalidad que le permitía desenvolverse entre los niños, tallar mano a mano con los muchachotes del barrio y transitar por los ambientes protocolares de la dirigencia, pero siempre siendo él, con su estilo. En algún lugar de su inmensa estampa tendría guardado ese secreto, el de aunar educación y deporte para las mentes sanas. Gran pescador y mejor cocinero de chupines de trucha, de los que disfrutaron sus amigos.

“Mingo”, dejó su vida en el lago, en un accidente que conmovió a sus vecinos, a toda la comunidad. En ese espejo azul, el que miró por primera vez recién llegado, al que seguramente en silencio le juró que venía para ser un protagonista de la vida de ese pequeño pueblo que iba creciendo. Ayudó a edificar generaciones de barilochenses, que garabatearon sobre un renglón y aprendieron a leer al calor de ese entrerriano bonachón, repentista, de sonrisa fácil, abierta como un cuaderno sobre un pupitre. Encontró un lugar en ese sitio reservado para pocos, donde se habla de él de frente, sin nada que ocultar, habiendo dejado un nombre limpio para que recorra la vida su herencia.

Vaya a saber porqué, septiembre juntó dos cosas que van de la mano: una de la naturaleza, la primavera, la otra de la vida, el maestro y la maestra, a los que homenajeamos cada 11. Qué coincidencia, el maestro con su accionar y su saber, se parece a la primavera, haciendo brotar y florecer conocimientos y saberes en innumerables retoños, cada año, incansable, persistente. Bajo esos guardapolvos, en ese mundo de tiza y pizarrón, de las plataformas virtuales de estos tiempos, poseen un arma letal, poderosa, que es la única capaz de cambiar el mundo en paz.

En estas pocas líneas he querido homenajear al vecino lindo, al ilustre, al respetado maestro “Mingo” Magistrali, ese muchacho entrerriano que un día llegó a Bariloche y dejó su impronta en los pasillos y aulas de las escuelas y también en nuestra comunidad.

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