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FALLECIÓ EL PASADO 13 DE JULIO

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19/07/2020

Historia de vida de María, la almacenera de corazón gigante

Historia de vida de María, la almacenera de corazón gigante
Historia de vida de María, la almacenera de corazón gigante

A pesar de que Bariloche dejó de ser un pueblo hace mucho tiempo, hay personas que quedarán para siempre en la memoria de su gente. Hace muy pocos días, el 13 de julio más precisamente, se fue María del Carmen González de Criado, “La del almacén del kilómetro 20”, una luchadora de la vida que adoptaba a sus clientes, amante de la nieve y de las cosas simples.

Cuando ella enviudó, su hijo Oscar, el mayor de tres hermanos, se convirtió en confidente y amigo y con él recordamos a su madre “primero vivíamos en una casita que está frente al vivero de Salamida, cuando cumplí tres años nos mudamos a otra zona del Ñireco a un lugar que compró mi papá” comenzó recordando.

“Mi papá trabajaba en Casa Giménez, Pipo le decían y era el encargado del reparto, después se compró un camioncito y empezó a hacer viajes al Valle trayendo vino en cascos.”

María primero tejía a mano y cuando pudo se compró la primera Knittax, obtuvo un segundo puesto en el Concurso del Pulóver, “íbamos caminando por Costanera hacia el centro con los bolsones de tejidos, a mí me gustaba acompañarla por arriba del muro con ella de la mano”.

“Cuando vendía bien me llevaba a la librería Mitre, el olor de los libros era espectacular, los que más me gustaban eran caros, esos que al abrirlos se levantaban las figuras troqueladas”.

Tiempo después su padre se enfermó y cambió la propiedad del Ñireco por la del kilómetro 20 en la cual ya funcionaba el almacén que era de Ferrería, “cuando tuve diez años le pregunté el motivo, entendí que ya sentía que se iba a morir y sabía que mi madre, solo con el tejido no podría criarnos”.

María nunca abrió las cajas de la mudanza de la casa del Ñireco, la vajilla y los recuerdos quedaron guardados y fue recién hace diez años, que decidió hacerlo. Su marido ya no se sentía bien, pero de todas maneras era quien hacía las compras de mercadería en el pueblo. “Tuvo un cáncer de pulmón que padeció durante seis años, pero nunca se quiso operar” dijo Oscar.

Fue entonces que María decidió enviar a los tres al colegio Woodville porque era el único en el que podían estar como pupilos de lunes a viernes “así mi mamá podía atender el negocio y cuidar a mi papá que ya estaba mucho en cama además tenía un empleado que le ayudaba”. Él tenía doce años cuando su padre partió, su hermano Milton diez y César, el más chiquito, siete.

Una vida de trabajo y sacrificio

María era una mujer de carácter muy fuerte “si te tenía que decir algo lo hacía sin vueltas, pero tenía un corazón gigante como una casa, además de almacenera era psicóloga y madre de los clientes”. Problemas laborales o sentimentales, eran aconsejados y resueltos por ella.

Oscar la describió como madre “nosotros llegábamos el sábado a casa y desaparecíamos, nos íbamos al bosque a trepar árboles, una vez nos hicimos una balsa con troncos para cruzar el lago” recordó.

Cuando los tres querían ir a algún lugar Tom Wesley iba a ver a sus padres y les pedía permiso “su familia tenía un criadero de gallinas, entrábamos y hacíamos desastre, a la noche sacábamos los huevos de doble yema y los hacíamos en una sartén, media docena cada uno con mucha margarina”.

“La vieja nunca nos preguntaba nada, nos criamos libres como los pájaros, caminábamos la península de punta a punta o subíamos al cerro López”, recordó.

Antes de casarse María era muy social, cada sábado iba al cine Bariloche con amigos y cuando salían, a la una de la mañana arrancaban para el refugio del Jakob. “Cruzaban por el tambo del Otto, bajaban al Gutiérrez rumbo a Colonia Suiza, travesías muy largas”.

Alguna vez cuando pudo, mandó a sus tres hijos a Catedral, “usábamos esquíes de madera, los otros ya se vendían en Bariloche, pero eran muy caros, el único que siguió fue Milton que era muy bueno para eso” recordó. El almacén siempre contó con mucha clientela, pero la enfermedad de Pipo requería de tratamientos muy costosos, entonces, no había dinero que alcanzara, luego estuvo un año internado en Buenos Aires y no tenían obra social. Cuando Pipo partió ella tuvo que aprender a manejar para venir al pueblo a buscar la mercadería, aunque fue algo que nunca le gustó. Una vida de esfuerzo y dedicación.

Oscar hace cinco años que se fue a vivir a Chile, es un poeta que alimenta las cuecas con sus letras “para venirme le pedí permiso a mi vieja, la estaban por operar porque ya sabíamos que tenía cáncer”. Más que permiso en realidad lo que buscaba su hijo, era la aprobación y bendición de su madre.

Desde 2017 que María ya no atendía el almacén, dejando la posta a Milton, quien continúa recibiendo a los clientes, pero su imagen quedará para siempre en el recuerdo de todos los que la conocieron.

Dedicatoria

Cuando falleció María, Oscar, desde su hogar en Chile, le dedicó un poema.

Mi vieja se fue de gira,
tal cuál ella lo quería,
linda, tranquila, y de día...
(La noche le daba intriga)
La noche que a mí me inspira,
la dejaba para mí.
Y se fue de gira así,
tranquila, dulce, porfiada,
y la eterna enamorada,
de mi viejo que está allí.
Segregada por morena,
y por pobre, de chiquita,
mi buena memoria evita,
otras cosas que dan pena.
Un día cortó cadena,
porque el sufrir la hizo fuerte,
y sola, para su suerte,
crió tres hijos, fue duro,
y aseguró su futuro,
y fue libre hasta la muerte.
Unas horas han pasado,
de lo que comento y digo,
han llamado mil amigos...
(Tan solo no me he quedado)
Hermanos del otro lado,
le darán pronto sepelio.
Protocolos, vituperio,
por la frontera cerrada...
No hay velorio, no hay más nada,
directo al cementerio.
Un buen viaje para ella,
que Dios la tenga en su gloria.
Un pedazo de la historia,
desde hoy será su estrella.
El universo destella,
cuando se va un alma buena.
Ella, que cuando se fuera,
“por mí que no me hagan nada”
su despedida “soñada”...
sola, en plena cuarentena.
No hagan luto por mi vieja,
a ella no le gustaba.
Ella vida festejaba,
y tejía su madeja.
Ningún vacío me deja,
estoy lleno de su amor.
Para ella el viaje mejor,
porque le gustaba andar,
y en su eterno derivar,
la cuide bien el Señor.
Una profunda tristeza...
mi puerto no conoció,
y la parca la venció,
pese a su gran fortaleza.
Más partió con la certeza,
de mi gran felicidad.
Mi bohemia sin edad,
era su preocupación,
pero con cada canción,
fue cambiando su verdad.
Hasta la vista María,
mucho te voy a extrañar,
y mucho voy a brindar,
queda tinto todavía.
Gracias doy por la porfía,
que aprendí cada momento.
Gracias por ser alimento,
de cuánto sueño tuviera,
y junto a mí lo vivieras...
¡Siempre estarás en mi cuento!
¡Salud!

Susana Alegría

Historia de vida de María, la almacenera de corazón gigante
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