Columnistas
28/06/2020

EMOCIONES ENCONTRADAS: Desde el otro lado del mar

EMOCIONES ENCONTRADAS: Desde el otro lado del mar

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

El mercado municipal despertaba cuando todavía no aclaraba. Los vehículos con mercadería comenzaban a llegar para proveer a los puestos de carnes, pescados y verduras. A esa hora en que la ciudad permanecía callada y aun el edificio no había abierto sus puertas al público, las voces retumban en las paredes, parecía hueco, aunque después tornaba un bullicio de clientes comprando sus alimentos. Ordenes, risas, algún silbido y todas las cosas que genera la alegría del trabajo. El mercado tenía puestos en su interior, a un lado y otro de los pasillos. En uno de ellos trabajaba René.

Estaba sentado en un cajón de manzanas, vacío, al que había puesto en forma vertical, frente a una jaula de lechugas, cuyas plantas estaba pelando de hojas secas o marchitas. Ya había acondicionado los cajones en la tarima inclinada contra la pared, allí lucían coloridos, como un arco iris vegetal, esperando a que llegaran los clientes. Ese momento le provocaba un gran placer; cada tanto se retiraba unos pasos para observar esa postal multicolor, que llenaba con su aroma todo el puesto. La vida le enseñó eso, disfrutar cada instante que podía volverse irrepetible. Era una mañana de fines de noviembre y el día amagaba estar despejado. Alrededor de las ocho llegaron sus dos compañeros y unos minutos después don Cirilo, su patrón.

A media mañana vio venir al cartero, con su traje color gris oscuro y la enorme cartera de cuero colgada en un hombro, la que le hacía inclinar el cuerpo hacia el otro lado, para mantener el equilibrio; traía en sus manos un puñado de cartas separadas previamente, las que eran para gente del mercado. A René siempre le llamó la atención el uniforme de los carteros, le hacía acordar al de los oficiales alemanes en la guerra, esa que trataba de olvidar, pero cada día algo se la recordaba. Le pareció extraño cuando escuchó desde el mostrador la voz de ese muchacho mencionando su nombre, el que leyó en un sobre. Vio la estampilla con los tres colores inconfundibles de la bandera francesa. Seguramente le habría escrito Jacques, su compañero y amigo inseparable de su suelo natal. Con él y Alain crecieron en un pequeño pueblo de la campiña francesa, hasta que el ejército los llamó. René no tenía mucho que perder; su padre murió en la primera guerra. De él solo tenía una foto amarillenta, no lo conoció porque era apenas un bebé cuando marchó al frente. Su madre murió poco tiempo después, y quedó al cuidado de unos tíos, a los que conoció cuando lo vinieron a retirar del orfanato. Partieron los tres amigos, a la línea de combate, a defender la patria, a formar parte de esa maquinaria espantosa que arrolla todo a su paso.

Ya habían pasado casi quince años del final de la guerra y un poco menos desde que decidió tomar aquel barco hacia Argentina. Había terminado la contienda y con ella lo que le ocupaba mente y cuerpo. Volvió a la aldea solo a despedirse de sus tíos, tomó sus pocas pertenencias y partió. Jacques se quiso quedar y prometió algún día seguirlo, aunque ese día todavía no llegaba. Alain regó con su sangre el campo de batalla. René aun recordaba el instante de su caída y lo volvía a vivir. El destino los llevó a estar los tres en la misma compañía, sin pedirlo. Marchaban esa mañana internándose en el bosque cuando fueron sorprendidos por una patrulla alemana. Ya había soportado un par de enfrentamientos y de a poco iba perdiendo ese terror que lo paralizaba. En el primero de ellos un compañero lo aplastó contra el suelo y así salvó su vida.

Aquel día sintió a su lado el inconfundible sonido seco de un disparo impactando en un cuerpo. Alain había sido alcanzado. René instintivamente se arrojó al suelo y vio caer a su amigo, como una hoja seca desprendida de la rama por el viento. Ni un grito, ni un gemido de dolor, así se fue de la vida su amigo. El tableteo de la metralla y el estruendo de la artillería le parecían lejanos, dentro de una nube silenciosa. La voz del capitán que lo zamarreaba lo sacó de ese letargo. A seguir adelante para salvar la vida; esa vida que se le había escapado a Alain. La última imagen que guardó fue la de su amigo tendido en la maleza, con la cabeza hacia un costado, como dormido. No tuvo tiempo de nada. Corrió, de árbol en árbol, arrojándose al suelo, levantándose, llorando, golpeando la tierra, con el polvo pegado en las lágrimas que inundaban su rostro. Dolor, rabia, miedo, todo mezclado entre el humo de la pólvora sedienta de muerte. Ni él ni Jacques tuvieron un minuto de paz para llorar a su amigo y despedirlo.

Guardó la carta en el bolsillo de su delantal, la leería cuando hubiera un remanso en la tarea o al llegar a su domicilio. Alquilaba una pieza en el fondo de una casa en el barrio Ñireco y regresaba allí al final del día; el horario no le daba para ir y regresar. Al mediodía, se fue a la vereda trasera del mercado, aprovechando que había mermado el trabajo. Puso el sobre al sol, para ver a trasluz y no cortar el papel que llevaba adentro. Se sentía la tibieza de la primavera. Seguramente Jacques le contaría algunas cosas de Bélgica, allí se radicó. La última carta la había recibido hacía casi seis meses, para su cumpleaños. En ella, su amigo le decía de lo bien que se hallaba, con una compañera que pronto daría a luz a su primer hijo y que le guardaría el honor de ser su padrino, aunque fuera a la distancia. “Cuando lo bautice estarás obligado a venir por aquí”, le había escrito.

No era la letra de Jacques la del sobre, seguramente sería la de su compañera. Pero no, la carta también estaba escrita por otra letra. Se alarmó. Estaba fechada hacía un mes en Amberes. “René, soy Brigitte, la esposa de Jacques. Él ha fallecido hace unos días. El vehículo en que viajaba junto a otros obreros desbarrancó y perdió la vida. Sé del especial cariño que tenía por ti y de su deseo de verte, el cual lamentablemente ha quedado trunco”.

El texto seguía, pero ya no pudo leer más. La carta quedó inmóvil en sus manos, con sus ojos detenidos en las palabras. Una a una las repasó, quizás rogando que no dijeran lo que leyó. Miró alrededor; a unos metros de él unas palomas picoteaban algo del suelo, más allá unos muchachos reían mientras descargaban cajas de un camión. Todo le parecía lejano, como una película sin sonido. Por momentos recordó la sensación de cuando vio caer a Alain, en el frente. Vaya paradoja, a Jacques tampoco podría despedirlo, solo llorarlo a la distancia, con ese pedazo de papel entre sus manos. ¿Cómo sería aquello de poder despedir a alguien como se debe? No había podido hacerlo con nadie, los seres queridos le eran arrancados con prisa, casi en silencio.

“Gringo, vení que hay gente”, escuchó que lo llamaba su compañero de trabajo. Guardó el sobre en el bolsillo y respiró profundo. No estaba aquel bosque ni el ruido de la metralla, ahora eran paredes y un murmullo de gente tras los mostradores. No estaba la voz del capitán, era un trabajador como él quien lo llamaba.

Volvió a ese mundo aromado por frutas y verduras, tan lejano de aquel de la pólvora. Aunque el callado dolor fuera el mismo.

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