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FERNANDO GARCÍA, “CAFETERO POR DERECHO PROPIO”

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06/06/2020

De los días dorados a las jornadas opacas de escasa circulación, siempre en el Centro Cívico

De los días dorados a las jornadas opacas de escasa circulación, siempre en el Centro Cívico
De los días dorados a las jornadas opacas de escasa circulación, siempre en el Centro Cívico

“Callejero”, la canción de Alberto Cortez, en su primera estrofa dice: “Era callejero por derecho propio; / su filosofía de la libertad / fue ganar la suya, sin atar otros / y sobre los otros no pasar jamás”. La letra hace referencia a un perro que, según quien cuente la historia, habría sido un can vagabundo de Chaco, o bien otro que actuaba como guardia nocturno en la construcción del edificio madrileño al que luego fue a vivir el cantante argentino. Lo importante es que, por más que hable de un animal, el tema alude a un sentimiento de autonomía y respeto como base de una forma de vida. Y Fernando García, el vendedor de café “oficial” del Centro Cívico, recurrió a esa composición para definirse: “Yo soy cafetero por derecho propio; lo decidí… era mi destino”.

Luego de dos meses, retornó a su hábitat natural, otra vez afuera del edificio municipal, con su oferta del néctar oscuro que solía ser la compañía habitual de aquellos que surcaban ese espacio tradicional de Bariloche. Pero las cosas, coronavirus mediante, han cambiado. Ahora, los que atraviesan esa imagen retratada en millares de fotografías son pocos, y casi todos pasan raudos, con el susto de la epidemia incorporado. Pero están todavía los que paran a tomarse un cafecito: “Me compran aquellos que me conocen de siempre… Pasan por acá, me ven y me piden algo”, señaló Fernando.

Tras el parate, retomó la costumbre de levantarse cuando el sol aún no ha salido para preparar el brebaje que luego ofrecerá a los transeúntes. “Este tiempo sin trabajar fue bravo, pero hubo amigos que se arrimaron para darme una mano, eso me ayudó bastante para mantenerme en pie y no pensar tonterías…”, indicó.

Claro que, más allá del apoyo de sus allegados, las deudas se acumularon: “Como toda la gente, me atrasé con el alquiler y otras cositas, pero ya lo voy a solucionar”, manifestó, a la vez que contó que, durante los días de encierro, para pasar el tiempo, se entretenía con música y películas.

Acostumbrado a una venta diaria que solía estar entre los treinta y cincuenta vasitos, en esta vuelta al ruedo se contenta si supera los diez. “Todo está muy parado”, afirmó.

–Desde lo visual, el paisaje actual, ¿qué le produce?
–Tristeza, el Centro Cívico es un desierto. No hay trabajo, no hay gente…

Pero, por más que la venta haya menguado, el cafetero no pierde la sonrisa. “Me la rebusco… Sé que muchos compran para ayudarme. Esto tiene que arrancar… Deseo que Bariloche se acomode, que se ponga bien y la gente se cuide para no enfermar”.

Una historia marcada por el café

Se podría recurrir a un efecto literario y decir que el aroma a café tostado que sentía en su casa durante la infancia, o en el hogar de algún amigo cuando merendaba, o algo que golpeara sentimentalmente al lector de este artículo, llevó a Fernando a dedicarse a recorrer la vida como cafetero.

Pero el motivo en realidad es más mundano, aunque no por eso exento de cierta magia. A los dieciocho años se fue de su Buenos Aires natal a la Costa Atlántica, en búsqueda de un porvenir laboral. Comenzó a trabajar en la construcción y, en la obra en que se desempeñaba, todas las mañanas veía llegar a un hombre mayor, en un motocarro, que vendía café y medialunas para el desayuno de los obreros, entre los que estaba el propio joven oriundo del porteño barrio de Parque Patricios, tierra que vio nacer a un tal Oscar “Ringo” Bonavena, fornido muchacho de lengua larga que, antes de ser asesinado de un disparo en Reno, Nevada, tuvo por el piso a Muhammad Ali y toda su leyenda a cuestas.

Pero volvamos a Fernando: el muchacho y el resto de los trabajadores se arremolinaban alrededor de aquel hombre motorizado que arribaba a la edificación. Su llegada era festejada como si fuera el advenimiento de una deidad. Por eso también fue tan grande la desazón cuando aquel señor dejó de acudir con su festejado olorcito a café. Nadie supo que pasó, pero el vendedor no apareció más. Y ese fue el punto de inflexión en la vida del joven García, cuando se topó con su destino, o el destino lo encontró a él, vaya a saber… El asunto es que el muchacho se preguntó: “¿Y si me pongo a vender café?”. Una consulta que ya venía con respuesta de antemano, porque él, como en una revelación, sintió el convencimiento de que debía hacerlo.

“Así comencé. Por semana, ganaba lo que conseguía durante una quincena de labor en la construcción”, rememoró.
Tras largas estadías frente al océano, en San Bernardo y Mar de Ajó, más varias temporadas invernales en Termas de Río Hondo, el cafetero puso su vista en el sur, puntualmente en Bariloche. “Por el frío, voy a vender mucho café”, proyectó.

Armó las valijas y vino a la ciudad. “Me costó, hasta que la gente me conoció… Ahora ya no me para nadie”, rió, sin dejar de ofrecer su producto a los pocos peatones que pasaban.

“En aquel tiempo, hablo de hace unos treinta años, ya había varios cafeteros, pero era una linda barra y el trabajo alcanzaba para todos”, continuó.
Incluso evocó momentos de bonanza que hoy parecen ciencia ficción: “En la primera mitad de los noventa, algunos me pagaban el café en dólares; yo no lo podía creer…”.

Tras repasar aquellas épocas doradas en cuanto a lo monetario, retornó a un presente muy lejano de aquellos brillos: “Se vino todo abajo; esto es mucho peor que lo de las cenizas volcánicas”, suspiró el cafetero preferido de los políticos que solían deambular por los alrededores del palacio municipal, dirigentes que en estos días de reapertura en una cuarentena más laxa han vuelto a asomarse tímidamente y regresan a pedir su cafecito de siempre.

Más allá de cualquier pesadumbre pasajera, con la experiencia de sus sesenta y seis años, Fernando no es de los que se inclinan por el lado negativo de las cosas. “A mí me gusta charlar con uno y con otro, conocer gente y tratar de calmar los ánimos… más con lo que sucede ahora”, concluyó.

Christian Masello/ Fotos: Facundo Pardo