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YA QUE HOY SÓLO SE PUEDE CON LA IMAGINACIÓN

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08/05/2020

Viaje con Ada María Elflein, por el Cruce Andino

Viaje con Ada María Elflein, por el Cruce Andino
Viaje con Ada María Elflein, por el Cruce Andino

En su periplo de 1916, la periodista y escritora había ingresado a Chile desde San Martín de los Andes y retornó a la Argentina por una vía que nos será familiar. Senda que combinaba pequeños vapores con carros y coches de motores poderosos.

Para reingresar a la Argentina en su periplo de 1916, Ada María Elflein utilizó el antiguo Camino de las Lagunas, nombre que habían utilizado los misioneros jesuitas. En general, el trayecto coincide con la excursión que en la actualidad se denomina Cruce Andino y también, con la principal vía comercial que unió Bariloche con Puerto Montt entre fines del siglo XIX y primeras décadas del XX. Los pareces de la periodista viajera quedaron plasmados en crónicas que publicó en el diario capitalino “La Prensa”, recopiladas en el libro “Impresiones de viajes. Mendoza. Tucumán, Salta y Jujuy. Patagonia. San Luis y Córdoba”. Con la presente entrega, El Cordillerano finaliza el repaso que hiciera sobre los escritos de Elflein que se relacionan con Bariloche y sus alrededores.

“Sobre la ancha extensión del lago Llanquihue ondulaban neblinas grises y espesas. A intervalos el sol filtraba a través de la húmeda masa gris perla, un débil rayo que se reflejaba en el agua acerada con un brillo lunar”, escribió la de Buenos Aires, al iniciar el viaje que terminaría en el Nahuel Huapi. “El vapor Santa Rosa, de la empresa Andina del Sur, iba costeando la ribera meridional del lago y recalando en los numerosos puertos para tomar carga, pasajeros y correspondencia. La navegación nos resultaba monótona, pues en estas costas, aunque pintorescas, no distinguíamos tonos ni relieves diversos a los ya conocidos”.

Era otoño, como ahora. “La brumazón velaba la cordillera y ocultaba también el panorama completo del lago hacia el Norte: sólo divisábamos la bahía de rectos promontorios en cuyo seno se reclinaba Puerto Varas. Íbamos en demanda del puerto de Ensenada, en el ángulo Sudeste del Llanquihue, primera etapa de nuestro viaje de regreso a la Argentina. En el curso de este viaje debíamos cruzar, además del lago nombrado, los lagos Todos los Santos, Frías y Nahuel Huapi, y como nos aseguraron con insistencia que veríamos maravillas estupendas, estábamos un poco impacientes y tratábamos de penetrar el ambiente gris que nos rodeaba”.

Ada María Elflein.

El Calbuco

Las ansias de la viajera se vieron satisfechas. “Por fin, un aire sutil barrió las neblinas y empezó a brillar el sol. En el ámbito claro y despejado mostróse la cumbre redondeada del Calbuco, y sus faldas surcadas por ríos amarillos de lava sólida y fría, huellas presentes de funestas actividades; y hacia otro rumbo, la blanca campana del Osorno, asentada sobre una base colon añil. Tomamos tierra en Ensenada y pisamos la áspera y negra capa de aquellos ríos de lava; impresión extraña, por cierto, para los que estamos habituados a hollar el humus de las campiñas pampeanas o los turbales del bosque patagónico”.

La cercanía de los volcanes no agradó del todo a la escritora y periodista. “A poco de empezar a recorrer la distancia de 15 kilómetros que media entre Ensenada y el puerto de Petrohué, sobre el lago Todos los Santos, nos hallamos en plena región volcánica. La presencia de las montañas de fuego no se olvida en ningún momento desde que se inicia este camino y causa, al que no está habituado a ella, una curiosa y sorda inquietud, que constituye casi un encanto más. El suelo es lava friable, desmenuzada hasta parecer polvo de carbón. Grandes bloques grises o negros, llenos de poros y celdillas, como monstruosos avisperos, forman una especie de parapeto a la vera del camino. Isletas de coihues altos y finos, llenos de extrañas excrecencias, son los restos de grandiosos bosques aniquilados por los torrentes ígneos del Osorno o del Calbuco”. Si lo sabremos nosotros, testigos de la más reciente erupción del último, en 2015.

Obsérvese la forma de viajar, 104 años atrás: “los caballos, robustos y descansados, con grandes esfuerzos arrastraban el coche liviano por la huella profunda y suelta. Fuerte era el calor que sentíamos y los tábanos zumbaban en derredor nuestro por millares, compañeros de viaje voraces y molestos. Otros compañeros de viaje hay, felizmente más gratos. Allí, a la derecha del camino salta entre arrecifes, bañando la base de una muralla colosal y aparentemente continua de montaña embosquecida, el caudaloso y turbulento río Petrohué, ora celeste como el cielo, ora verdoso como mar, ora blanco como leche, que lleva sus aguas al magnífico ‘fjord’ de Reloncaví”, describió Elflein.

La joven viajera se dejó maravillar por otra elevación familiar. “Rara vez sucede que lo admirado en la lejanía conserve su encanto visto de cerca; pero el (volcán) Osorno resiste a la prueba. Es tal la pasmosa perfección de sus líneas, tan etérea toda su apariencia, que parece imposible que solo sea un amontonamiento colosal de lavas y escorias muertas con las que nos rodea, y cuya áspera tristeza la nieve suaviza”.

También fascinó al grupo de viajeras la sinfonía del conjunto. “El camino que emerge del bosque tuerce un recodo, y, repentinamente, sin que nada nos hiciera sospechar un cambio nos hallamos frente al cerro más extraño y fantástico que imagináramos: el Puntiagudo. De forma cónica en su base, vuélvese poligonal hacia arriba, como una pirámide que se hubiese retorcido, para rematar en una especie de moharra afilada, blanca y celeste, que corta la atmósfera clara y brillante. Tiene no sé qué de absoluto, de terminante, plantado allí en el paisaje frente a la blanca y seductora gracia del Osorno. Y para completar el círculo mágico en que estamos encerrados, asoman varios macizos que les sirven de escalones, las cúspides deslumbradoras del Techado y del Tronador”.

Después de tanto esplendor, “llegamos al lago Todos los Santos, al que los chilenos suelen llamar laguna Esmeralda. Como todos los espectáculos en regiones montañosas, donde la mirada vaga prisionera, apreció entre nosotros de improviso. Y no recuerdo haber recibido impresión semejante en ninguna ocasión, en ningún viaje. Estábamos, como diría (John) Ruskin, frente una de las ‘catedrales de la naturaleza’”, concedió Elflein, con toda razón.

El lago Todos los Santos.

Región de ensueños

Todavía en el lago chileno “nos embarcamos en el vaporcito Tronador, y muy pronto nos creímos trasladadas a una región de ensueños donde se hubieran acumulado los efectos más singulares y fantásticos de color y de luz. Un conglomerado de nubes formaba hacia el poniente, sobre el albo Osorno, como el techo de una caverna negra con estalactitas de oro. En ella se hundía el sol, transformado en un disco rojo y sombrío, del cual partían hacia todos los rumbos haces que eran regueros de sangre”.

Algunas de las imágenes o metáforas de las que se valió Ada María Elflein realmente llaman la atención. “A bordo, nada se oía fuera del ritmo de la máquina. Voces y comentarios enmudecieron ante aquella fantasmagoría inverosímil, que trasladaba al lienzo hubiera parecido engendro de un cerebro enloquecido, y que ahora en el recuerdo, vive como una visión o un sueño perturbador e irreal”. ¿Qué efecto habrán provocado en sus lectores porteños?

“Nuestra navegación debía terminar en el puerto de Peulla; pero fue interrumpida en la península Puntiagudo, por la invitación del señor Ricardo Roth –uno de los directores de la empresa Andina del Sur- para desembarcar y pasar la noche en su casa de familia. Aceptamos la hospitalidad ofrecida, con la alegría y la gratitud de personas que durante cerca de un mes han hecho vida de hoteles”, admitió la periodista.

Otro testimonio importante: “la hacienda de los señores Roth se extiende al pie del Puntiagudo y está montada a la moderna. En esas soledades, el hombre civilizado, fuera de su trabajo, solo tiene su hogar; y por eso, las casas de familia allí suelen ser templos donde se rinde culto a la belleza, a la ciencia, al arte, a cuanto enaltece y dignifica a la humanidad. Tal era aquel hogar en el que pasamos una velada inolvidable”.

El viaje continuó al día siguiente. “El puerto de Peulla está situado frente al Techado, en el extremo Nordeste del lago Todos los Santos, donde éste muere entre juncales. Es un lugar encajonado, el bosque y la montaña empiezan a pocos pasos detrás del hotel, que con el muelle y las bodegas pertenecen a la empresa Andina del Sur. Una pintoresca cascada se descuelga por una grieta de la montaña, y el arroyo que alimenta salta hacia el lago entre helechos y las hojas monstruosas del pangui, cuyos tallos llamados nalca, de un sabor ácido, son estimados como refrescantes por los campesinos. De Peulla, el camino sigue a lo largo del río del mismo nombre hasta el lugar llamado Casa Pangue, donde se toman mulas para pasar al cumbre, cuya altura es de 1.050 metros. Partimos de Peulla en coche”.

Dice el texto que había llovido tanto, que más que hacer tracción, el auto navegaba. “Repentinamente asoma el Tronador a la derecha del camino: tres picos formidables de hielo, que parecen cincelados en el cielo azul oscuro; uno de ellos me recuerda la destruida piedra movediza del Tandil”, anotó Elflein, con poco sentido de la justicia. “Desde Casa Pangue, un excelente camino ‘planchado’ se interna en el Paso Pérez Rosales, antigua senda de descubridores, misioneros, mercaderes y contrabandistas, que sube en espirales hacia la cumbre, donde volveremos a cruzar la frontera.

Una ardorosa impaciencia se apodera de nosotras a medida que nos aproximamos al hito. Cuando lo divisamos entre los árboles, tuvimos la impresión neta de haber regresado a la patria; impresión que una de las tres compañeras tradujo igualmente con la exclamación espontánea y consoladora: -¡ay, ya estamos en casa!” Las viajeras estaban a 2.000 kilómetros de su Buenos Aires, pero sus espíritus antecedieron a sus cuerpos.

Adrián Moyano