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26/04/2020

EMOCIONES ENCONTRADAS: El peón Arancibia

EMOCIONES ENCONTRADAS: El peón Arancibia

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

Don Rafael estaba sentado en su escritorio repasando unos papeles, miró el reloj que colgaba de la pared enfrente de él y vio que eran casi las diez de la mañana. Se asombró de lo rápido que había pasado la hora. Esa mañana, como todos los, se había levantado a las seis; atendía algunos papeles y luego se ponía al frente de las tareas de su estancia. Se acordó que debía llevar nos carneros al cuadro grande. El comedor, donde tenía su escritorio, estaba al fondo del corredor que unía los ambientes por dentro y también por una galería exterior. A ella se asomó y llamó a su peón de confianza.

Aquiles – dijo, mientras caminaba en dirección a la cocina.

Diga patrón – contestó el peón.

Anda a decirle a Arancibia que venga – le ordenó.

Sintió los pasos del peón alejándose. Entró a la cocina donde doña Irma, su esposa, lo esperaba con una taza de café. Ya de regreso, Aquiles le dijo que Arancibia no había llegado.

¿Cómo que no llegó? – se extrañó don Rafael – nunca falta y menos sin avisar – concluyó mirando al peón – ¿Ayer vino?

Si – contestó Aquiles – a mediodía Ángela le entregó una carta que le había llegado. De ahí no se vio.

Decile a Ángela que venga – le ordenó el patrón.

Don Rafael tomó su café en silencio. Una sombra le cruzó el pensamiento. Florencio Arancibia era un hombre de confianza, muy dispuesto para todo.

Había llegado el año anterior pidiendo trabajo. Conoció a algunos peones de la estancia y ellos le dijeron que hacía falta personal para la esquila. A puro esfuerzo y honestidad se ganó la confianza de don Rafael.

Llegó Ángela, que era la esposa del capataz.

Angelita, estoy preocupado porque Arancibia no vino a trabajar.

Ayer al mediodía le entregué una carta que trajo Efraín, de la estafeta.

Raro una carta, ¿no? – se intrigó don Rafael, paseando la mirada por todos los que lo rodeaban.

Vio que él es bastante reservado – comentó Ángela – la agarró y se fue para la matera, callado. Al rato lo vi salir al campo.

Era cierto, Florencio era muy reservado, silencioso, de aspecto rudo y andar cansino. De pronto aparecía en la ronda de gauchos y de repente ya no estaba. Tenía amistad con uno solo, con Horacio, con quien compartían una pieza en la cuadra de peones.

¿No te comentó nada? – le preguntó el patrón a Horacio.

No patrón. Lo vi ayer al mediodía cuando se iba. Me llamó la atención porque llevaba la alforja con sus cosas – aportó Horacio.

Lo dicho terminó de alertar a don Rafael, que no salía de su asombro. Ni siquiera reparó en la descortesía de no haberse despedido o haber manifestado si estaba molesto por algo. Ya habría tiempo para demandas, ahora era la intriga y el aprecio lo que lo movía.

Trae la chata – le ordenó a Aquiles – vamos a ir a la estafeta, a ver si saben algo. Horacio, vení conmigo.

La estancia La Herradura, propiedad de don Rafael Álvarez, estaba a cinco leguas de Corral de Piedra, el paraje donde había una comisaria, la estafeta postal y el almacén de Garrido, donde solían pasar algunas horas la gente de la zona. Allí seguramente habría alguna información.

La carta la dejó un hombre que venía de Corral Chico – le dijo el encargado de la oficina.

Corral Chico era otro paraje, a unas diez leguas de allí. Don Rafael instintivamente miró el reloj. Era el mediodía. Seguir camino y retornar a la estancia le llevaría toda la jornada, pero decidió no regresar. Estaba preocupado y su intuición le decía que debía ocuparse. En realidad era un hombre de gran estima entre su gente, cuidaba a su personal y requería a cambio compromiso con la tarea. Ese paraje no era tan grande como para que nadie supiera algo o diera una pista sobre el paradero de Florencio.

¿No sabrás algo y lo tenés guardado vos? – le preguntó Rafael a Horacio, mientras conducía por la huella poco transitada que llevaba al paraje.
No patrón. El Florencio es de pocas palabras – dijo el peón, mirando el campo por la ventanilla – más cuando alguien quiere saber algo de su vida.

Se pone a silbar y nada más. Alguna vez comentó que había vivido varios años acá, en Corral, que llegó del lao de La Adela, pa ´allá, pa ´arriba – concluyó.

Una señora salió a recibirlos en la casa donde se acercaron a preguntar.

¿Florencio Arancibia dice que se llama? – dijo pensativa la mujer.

Ayer pasó un hombre de a caballo, pa´bajo – dijo el esposo, que escuchó desde el patio trasero – agarró pa´alla abajo. Siga esa huella y va a llegar a la casa de la Ermelinda.

La Ermelinda falleció – se santiguó la mujer – que en paz descanse.

Ahí deben estar la abuela y el hijo que tenia la finada – concluyó el hombre.

De a poco Rafael sintió que le iba cerrando la historia; al menos eso creía. Tal vez aquella carta le comunicaba la muerte de algún familiar y se había venido.

¡Aquel es el zainito de Florencio! – dijo Horacio, cuando la camioneta bajaba por el pedrero para llegar a la casa que estaba a un costado del mallín, junto a un modesto corral donde, efectivamente, había un caballo.

Un niño, de unos diez años, jugaba con un perro y una anciana, que se desplazaba con dificultad, venia de un gallinero cercano. Desde la boca oscura de la tapera se vio salir la figura de Florencio, que asomaba. La anciana, presumiendo algo serio, llamó al niño a ingresar con ella a la casa.

Quedáte acá – ordenó don Rafael a Horacio, al descender de la camioneta.

Florencio se acercó muy lento, no podía levantar la cabeza para mirar a su patrón. Solo miraba el piso.

¿Qué te anduvo pasando? – preguntó Rafael, con suavidad, invitando a su peón a hablar.

Florencio paseo su mirada por el campo, tomó aire. “Hacen años viví acá, con la Ermelinda. Vivíamos con su papá y su mamá. Cuando falleció él, me hice cargo del campito, pero no me hallaba. Siempre tuve problemas con el trago. Me había perdido. La Ermelinda me dijo que me juera. Le levanté la mano un par de veces, me las gané que me echara. Habíamos tenido al nene y ella no quería que me viera así, no era un buen ejemplo. Vino un tío de ella a hacerse cargo del campo y yo me juí. Hace unos años dejé de tomar y volví, pero ella estaba con otro, ¿vio?” Rafael lo escuchó con calma, dejando que Florencio pueda decir todo lo que tenía guardado. Lo tomó del hombro y lo invitó a sentarse en un banco, contra la pared de la casa. “Cuando me conchabé con usté me llegaron noticias de que el hombre la había abandonado y la Ermelinda estaba enferma. Y yo no quise verla” Alcanzó a decir eso, antes de que su voz se quebrara y brotara el llanto, como un manantial rompe una piedra. Ese llanto que tenía guardado desde que comenzó el relato. A Rafael le pareció un pichón herido, un niño asustado. Sabía que algo grave le había sucedido, rara vez se equivocaba con la gente a su cargo. Florencio era noble, por eso le llamó la atención el modo en que se alejó de la estancia. Se lo hizo saber.

Yo no lo conozco tanto a usté, patrón. Como lo iba a incomodar con mis cuestiones.

No es incomodar muchacho. Todos tenemos problemas, unos más serios que otros; pero si uno lo cuenta se hace más llevadera la cosa.

Me desesperé – continuó Florencio – el chiquito quedó solo. Imaginesé que la abuela no puede con todo – dijo, mientras sacaba un papel del bolsillo. Se lo alcanzó.

“Papá, no me acuerdo mucho de usted pero me dijeron que anda por la zona. Le hago llegar esta carta por don Andrade. La cosa no está bien por la casa. La abuela no puede andar mucho. Yo dejé de ir a la escuela porque ayudo con lo que hay que hacer. Un vecino nos trae algo de carne, yerba y harina, pero no creo que haiga para mucho más, Fijesé si se puede llegar por acá”

A don Rafael le temblaba el papel en las manos, mientras leía. Miró al cielo dando un suspiro profundo. “Ta´madre, carajo”, dijo, poniéndose de pié.
Vamos Florencio. Lo hecho, hecho está. Agarrá todo que nos vamos para La Herradura – ordenó.
No puedo patrón – balbuceo Arancibia – ¿y ellos?

Cuando digo nos vamos es que nos vamos todos. Ya veremos cómo instalamos a la abuela y al muchachito en la estancia. Creo que se quien puede venir a cuidar el campo.

Horacio, que escuchaba y seguía todo desde la camioneta, decidió que era el momento de descender y abrazar a su amigo.

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