Columnistas
06/02/2020

EMOCIONES ENCONTRADAS: Hoy pelea “Pajarito”

EMOCIONES ENCONTRADAS: Hoy pelea “Pajarito”

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

Renzo había salido temprano de su casa. Era viernes y su madre le había pedido que bajara al centro para despacharle una carta en el correo. Caminó por la calle que siempre transitaba para ir al colegio; mirando cada patio, cada jardín, saludando a los vecinos que encontraba por el camino. Pero esa mañana era distinta. A la noche peleaba en el gimnasio de Bomberos su ídolo, “Pajarito” Hernández, y él no podría asistir; sus bolsillos estaban quebrados y los de la casa también. La pensión de la madre y su trabajo de mucama apenas alcanzaban para mantener a Renzo y sus tres hermanos. Él hacía algunas changas, picaba leña para don Mario, a veces le ayudaba a barrer el local a Renata, la del almacén, y todo lo que pudiese. Siempre se las arreglaba para tener algún ahorro, pero esos días andaba quebrado.

Pese a haber planificado la compra de la entrada para la pelea, la semana anterior su madre debió comprar unos remedios y allí se esfumaron su dinero y su ilusión. “Pajarito” era su ídolo, lo seguía desde sus comienzos, cuando hacía peleas de semifondo. Le apasionaba el estilo aguerrido y lo guapo que era en el ring. Un viernes, pagó la entrada y lo fue a ver. Alentó como todos, desde la tribuna. Le pareció maravilloso el espectáculo, el rugido de las gargantas alentando a los boxeadores barilochenses que derrochaban su talento y guapeza sobre la lona. Pero esa noche era distinta, “Pajarito” sería fondista en una pelea contra un negro norteamericano que venía acompañado de bastante fama; así lo comentaban en los días previos los especialistas por la radio.

Camino al centro se encontró con Agustín, su amigo y compañero de colegio, que estaba regando la vereda. Normalmente ambos estarían en la escuela, pero ese día se había cortado el agua en el edificio y no había clases.

–Vamos hasta el correo –propuso Renzo.

–Pará que le aviso a mi vieja.

Un par de minutos bastaron para que los dos amigos caminaran juntos rumbo al correo.

– ¡Hoy pelea Pajarito! –dijo Renzo, alzando la voz y tirando golpes, con los puños apretados.

–Va a estar lleno –comentó Agustín, refiriéndose al gimnasio de Bomberos.

–Estaría buenísimo ir –Renzo caminaba mirando el suelo, lamentándose.

–Le pedí guita a mi viejo y me sacó corriendo. Además, no le gusta el boxeo –dijo Agustín.

–En mi casa no hay un mango –concluyó Renzo.

De regreso, luego del mandado, convinieron en ir a media tarde hasta Bomberos, a ver los preparativos. Seguramente podrían seguir la pelea por la radio, como lo habían hecho otras veces, desde la vereda. Por ahí veían pasar a algunos de los boxeadores.

Serían las seis de la tarde cuando llegaron al gimnasio. Ya había bastante movimiento. La gente hacía cola en la boletería y había un camión del que unos hombres bajaban cajones con botellas de gaseosa y otras bebidas para el quiosco del interior. En el centro del gimnasio estaba armado el ring. Habían descendido una lámpara que normalmente colgaba pegada al techo, en lo alto, y varias personas acomodaban las sillas alrededor del cuadrilátero.

Los dos amigos se acercaron hasta el portón de acceso y casi sin darse cuenta ingresaron al estadio. El tumulto de gente los hizo pasar desapercibidos. Llegaron hasta el borde del ring. Un señor, sin preguntarles qué hacían allí, les pidió ayuda para acercar unas sillas que estaban apiladas en un rincón. Se quedaron ahí, donde estaban acostadas las “jirafas” que se utilizaban para los aros de básquet; un poco más allá había un cajón de los que se utilizan para hacer gimnasia, delante de una pila de colchonetas. Renzo vio a Agustín observar con atención esos elementos, lo hizo una y otra vez, pensativo; lo conocía lo suficiente como para darse cuenta de que algo se le había ocurrido. Su rostro tenía un gesto que delataba alguna idea o picardía.

Agustín lo tomó del brazo, acercándolo, mientras miraba alrededor.

–Escondámonos ahí atrás –dijo, hablando de costado, haciendo un gesto con la cabeza indicando el rincón.

– ¿Decís vos? –dijo Renzo, por decir algo, porque ya estaba convencido.

–Nos quedamos ahí hasta que empiece. Si nos agarran, mala suerte.

– ¿Cómo hacemos? –Renzo sintió su corazón acelerado.

–Metete vos primero. Dale, que están todos entretenidos –ordenó Agustín.

Sigiloso como un gato se escurrió entre las colchonetas que había detrás del cajón, ese sería un buen lugar. Para llegar allí habría que sortear las jirafas tendidas en el suelo, además, ya estaban acomodadas las sillas. Fue el turno de Agustín, que miró en todas la direcciones, para asegurarse de que nadie los veía y se ocultó junto a su amigo. Rieron en silencio, nerviosos.

Se empezó a escuchar, cada vez con más intensidad, el murmullo de la gente que estaba afuera, esperando que abran las puertas. Alguien, subido al ring, miró en todas las direcciones y dijo: “En diez minutos abrimos”. Agustín zamarreó el brazo de su amigo, que espiaba la situación entre las colchonetas, desde allí comprobaron que verían bien, aunque algo tapados por quienes se ubicaran en las sillas. Mejor que escucharla por radio era, sin dudas. La verían en vivo.

Pudieron ver como se iba llenando la tribuna lateral y poco a poco las sillas. Hubo un momento de zozobra cuando un agente de policía se puso delante de las jirafas, a un metro de ellos; habría que tener cuidado, ante el mínimo ruido sospecharía, aunque el murmullo cada vez mayor de la concurrencia tapaba bastante. Comenzaron los combates y comprobaron que, con alguna dificultad, podían observar los movimientos en el ring, aunque a Renzo una parte del cajón que estaba delante le impedía ver un sector del cuadrilátero. Ya en la pelea de semifondo, aquello era una caldera. El público vibraba, ansioso de que comience pronto la pelea de Pajarito con el norteamericano. Cuando los fondistas subieron al ring, la gente de las sillas se puso de pie, aplaudiendo y alentando, lo que les tapó toda la visión. El policía se había corrido unos metros hacia un costado. Agustín hizo un gesto con su cabeza, estirando el mentón, señalando el costado que daba a la tribuna lateral. Renzo comprendió. Le pareció arriesgado, pero lo intentaría. Había tal tumulto de gente y tanta algarabía, que si salían de atrás del cajón y se escabullían a la tribuna, nadie lo notaría. Agustín salió primero, lo siguió su amigo. Se alcanzaron a trepar a un escalón de la tribuna desde donde podían ver todo el ring. Renzo estaba emocionado, aunque había ido un par de veces, ésta, por la circunstancia, tenía otro valor.

“Pajarito” atacaba a su oponente con decisión, certero, dueño del ring, conectando golpes que hacían estallar al público. De pronto, una izquierda medida estalló en el mentón del norteamericano, que besó la lona sin ánimo de volver a pararse. Renzo sintió a lo lejos que ese golpe también lo tiró él, casi como un reflejo movió su brazo. Se descubrió abrazado a un muchacho que estaba junto a él, gritando. Agustín, apoyado en los hombros de alguien que se hallaba delante de él en la tribuna, gritaba y alentaba. Fue un nocaut fulminante.

“¡Vamos!”, dijo Agustín, tomando del brazo a su amigo, guiándolo en dirección a la escalera que bajaba a la cancha, al ring side. Era todo un desborde. Renzo apartó del camino a un muchacho con uniforme de bombero que hacía las veces de acomodador o vaya a saber qué y corrió junto a su amigo al lateral del ring, por donde descendería “Pajarito” para dirigirse a los camarines. Renzo se daba por bien pago con lo sucedido hasta allí. Pero faltaba lo mejor, lo que lo iba a acompañar por el resto de su vida, una sensación única. Se acercaron a una especie de corredor que habían hecho algunos policías y bomberos para que pasara “Pajarito”. El chiquilín, con la estatura de sus doce años, no alcanzaba a mirar por encima de quienes tenía adelante, así que se las había ingeniado para meterse entre las piernas de unos señores. Lo vio venir, sus manos ya sin guantes, con una capa blanca con bordes celestes. Todos estiraban sus manos para saludar al vencedor. Fue allí cuando sin quererlo, soltó un grito, llamándolo: “¡Pajarito!”. Fue casi una súplica, desde allí abajo, entre las piernas de unos espectadores, olvidándose de Agustín, del hecho de haberse colado, de las explicaciones que debería dar en su casa. El boxeador, tal vez sorprendido al escuchar tan clara la voz del niño o vaya a saber si por el tono del pedido, miró hacia abajo, al costado, donde estaba Renzo. Le sonrió guiñándole un ojo y le estiró la mano hasta tocar la del pequeño que lo había llamado, para luego seguir su camino. A Renzo le pareció que todo aquello había sucedido en cámara lenta. Lo vio irse como envuelto por una luz. Ya las voces que atronaban le parecían un murmullo lejano. Estaba inmóvil, con una sonrisa dibujada en su rostro.

– ¡Me saludó! –le dijo a Agustín cuando se encontraron para salir.

– ¡Te vi! –le contestó su amigo, que había quedado un poco más atrás.

Pasada la medianoche llegó a su casa. Soportó estoicamente el reto de su madre y sin chistar se hizo cargo de la penitencia. Aquella esforzada mujer jamás supo el motivo de la demora de su hijo ni lo que aquella noche había significado para él.

Se durmió mirando la foto de “Pajarito” que tenía pegada en la puerta de su habitación. Era igual, solo que el verdadero, esa noche le había dado la mano.

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