Columnistas
28/12/2019

EMOCIONES ENCONTRADAS: A tu lado siempre

EMOCIONES ENCONTRADAS: A tu lado siempre

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

Aída lavó la taza en la que había terminado de tomar su café con leche de cada tarde y caminó por el corredor que llevaba de la cocina a la despensa, donde, además de los alimentos de la casa, guardaba los granos para darle de comer a las gallinas; vivían solos con Oscar y no consumían muchos huevos, la mayoría de las veces se los daba a algún vecino. Desde chica se dedicó a darle de comer a las gallinas, le gustaba ver como la seguían por el patio. Con Oscar, su compañero por más de sesenta años, vivían en un solar a orillas del lago, nunca quisieron irse al pueblo, a pesar de su avanzada edad llevaban su vida en ese lugar, rodeados de frutales y la quinta. Los hijos ya vivían en el pueblo, solo los visitaban los fines de semana.

Volvió de la despensa con el balde lleno de maíz molido, lo apoyó sobre la mesa y antes de salir al patio se asomó a la pieza a ver a Oscar. Él dormía su rigurosa siesta. Desde que había perdido la visión años atrás, la extendía un poco más.

Lo admiraba, sobre todo por el valor e ingenio que mostraba por vencer esa discapacidad. Se manejaba dentro de la casa y el patio como si realmente viera. Poco dependía de ella y eso la llenaba de orgullo.

Salió y el remolino de gallinas a su alrededor le dificultaba caminar. Iba esparciendo el maíz por el suelo, las gallinas y pollos picoteaban, siguiéndola. Ya con el balde vacío, antes de regresar a la casa, decidió ir hasta el cordel a buscar algo de ropa que había colgado temprano. El sol del verano la había secado. Aída la recogió en sus brazos, guardando los broches en el bolsillo del delantal. Estaba descolgando unas sábanas cuando, tal vez por estar mirando la cuerda o vaya a saber porqué, tropezó y cayó al suelo. Quedó tendida de espaldas, mirando el cielo por entre las ramas de un maitén que sombreaba junto a ella. Sintió un dolor en el brazo. Había caído del lado derecho, cargando el peso en él. No sentía una de sus piernas, le pareció que no la tenía. Intentó moverla y un dolor le electrizó el cuerpo, haciéndole soltar un grito. Se dejó caer de espaldas, abatida. Se dijo que no debía perder la calma, aunque evaluó la situación y la halló compleja. Evidentemente estaba quebrada en esa cadera que había comenzado a dolerle y la tenía inmovilizada, en el piso. ¿Cómo buscar ayuda?

Oscar, con su ceguera, apenas si podría venir hasta donde estaba tendida, debajo del maitén, junto al cordel; pero, ¿cómo la iba a ayudar a llegar a la casa o ir a lo de un vecino por ayuda? El más cercano era Miranda, que vivía a unos dos mil metros de ahí y Oscar jamás podría llegar solo, él se manejaba bien dentro de la casa y el patio, al que primero reconoció tomado del brazo de ella hasta hacerlo solo. “¡Oscar!” quiso gritar, pero apenas le salió un hilo de voz, mezclado con un gemido de dolor. Se dejó caer de espaldas, entregada.

Oscar despertó. Desde que había perdido la visión los sonidos eran los que le indicaban que estaba despierto. La luz era solo un recuerdo. No sintió ruidos en la cocina, seguramente Aída andaría por el patio, él conocía las rutinas de su compañera. Recorrió de memoria el camino hasta el baño, se lavó la cara y entró a la cocina. Todo estaba en silencio, ni siquiera estaba encendida la radio.

Se asomó a la puerta, sintió el sol tibio en su cara. Imaginó allá a lo lejos, un poco hacia abajo, el lago; estaría planchado, no corría la más mínima brisa. Guardaba en su memoria el recuerdo de todo ese entorno que tanto disfrutaba. Cuando se disponía a ingresar nuevamente a la casa sintió la voz de su compañera que alertada por el ruido de la puerta al abrirse se dio cuenta de que él estaría allí parado. A Oscar le llegó su nombre apenas audible y le bastó para darse cuenta de que algo no estaba bien.

- ¿Vieja? -dijo, soltando la voz hacia algún lugar del patio.
- Acá viejo -escuchó- al lado del maitén, en la punta del cordel.
- ¿Estás bien? -dijo Oscar, con angustia. Con solo oír la voz de ella supo que algo sucedía.
- Me caí. Creo que me quebré.

Oscar agarró el palo que usaba de bastón, al que tenía detrás de la puerta, con la ayuda de él llegó hasta donde estaba su compañera. Por unos minutos evaluaron la situación; no podía acercarla hasta la casa, no porque no tuviera fuerzas, sino porque ella no se podía mover. Oscar pensó en buscar unas maderas en el galpón y armar una especie de camilla pero ello le llevaría tiempo y quedaban un par de horas de luz antes de que cayera la noche.

Hasta lo de Miranda no podría ir, nunca lo había hecho solo. Pensó en una fogata, capaz que alguien la veía y se acercaba, pero era un peligro por la cercanía de la casa y no poder ver si se desmadraba el fuego. A Oscar la angustia le cerraba el pecho. Por primera vez en años maldijo la ceguera.

- Fijáte arriba del aparador de la cocina, hay una lata. Traéla, a ver si encuentro algún calmante.
- Estaba pensando en hacer fuego, por ahí alguien ve la fogata y se acerca -conjeturó Oscar.
- No, si se llega a desparramar no vamos a poder hacer nada -lo detuvo ella.

Mientras se dirigía a la casa Oscar pensó en alguna opción más; serían las siete de la tarde, aún quedaban un par de horas de luz. Imaginó la caída de la noche con Aída tendida en el suelo y se preocupó. Capaz que después de darle el calmante probara de bajar a la orilla del lago, al atardecer solían volver pescadores en sus embarcaciones, al muelle de la bahía. No conocía bien el camino pero se aventuraría.

- Esperemos un rato, viejo. Si te caés bajando al lago vamos a ser dos los lastimados -lo tranquilizó ella- queda un rato más de luz. Por ahí llega alguien.

Aída se durmió. Oscar sintió en su piel que estaba oscureciendo, alrededor se escuchaba el trinar de los pájaros y el cacareo de alguna gallina; a su lado, la respiración suave y profunda de su esposa le hizo comprender que ella se había dormido.

Nunca lamentó su ceguera, como un cordero manso se entregó a ella. Había tenido visión durante los años justos para trabajar en el pueblo y criar a los hijos. Allí, sentado en el suelo al lado de su compañera, recordó los primeros tiempos de discapacidad, cuando ella pacientemente, tomándolo de la mano, le hizo recorrer toda la casa y el patio para que luego pudiera hacerlo solo. Siempre estuvieron juntos y allí estaba, al lado de ella, tratando de encontrar alguna solución. Decidió entrar a la casa a buscar un colchón y unas mantas. Aída pasaría la noche allí donde cayó y algo debía hacer. Una vez en el interior, se dirigió a una de las piezas. Pensó que el colchón de la cama de ellos era de dos plazas, le sería imposible acarrearlo. Decidió ir por uno más chico que tenían en una cama en la pieza de atrás, esa donde dormían sus nietos cuando venían los fines de semana.

Llegó bien hasta la pieza, no había nada en el camino. Aída siempre se encargaba de que no hubiese cosas que pudieran entorpecer el desplazamiento de ese hombre que trataba de ayudarla. Oscar sintió en su mano la suave lana de la matra que cubría la cama; la dobló, dejándola a un costado. Primero llevaría el colchón, luego vendría por ella, necesitaría varias para taparse ambos y pasar la noche. Lo dejó junto a su compañera, que aparentemente seguía durmiendo. Sacudió la cabeza intentando alejar un pensamiento que cruzó su mente como una sombra negra. Tal vez estuviera inconsciente, más allá del calmante que había tomado. Luego de acercar las mantas, en un último viaje hasta la casa, trajo consigo una jarra con agua y un pedazo de pan, por si se despertaba y tenía hambre. La tocó suavemente en la cara.

- Vieja -dijo con suavidad. Ella no respondió.

Le pareció horrible lo que iba a hacer, pero debía. Acercó su oído a la cara de ella para comprobar si respiraba. Por suerte lo hacía. Arrodillado por detrás de ella la tomó de las axilas para intentar desplazarla sobre el colchón. Ella emitió un quejido suave, pero de profundo dolor.

- Un poquito mamá, un poquito. Ya pasa -intentó calmarla.

De rodillas, como estaba, se desplazó para tomarla de las piernas e hizo lo mismo. Al moverlas ella gritó, esta vez con intensidad, atravesada por el dolor de la cadera. Oscar continuó, a pesar del llanto que no pudo detener y de las lágrimas que brotaban de sus ojos huérfanos de luz. Como pudo se acomodó junto a ella, en el colchón, luego de abrigarla con las mantras. La abrazó.

Al guardaparque Lara le costó entender lo que vio la mañana siguiente al llegar a la casa de los dos abuelos. Habitualmente hacía una recorrida en su camioneta y decidió llegarse hasta allí. Junto al gallinero, debajo de un maitén, vio a los dos abuelos acostados en un colchón.

Horas después, Aída descansaba en una sala del hospital, luego de una operación. Lo primero que vieron sus ojos, al recobrar la conciencia fue a su compañero, a su lado, tomándola de la mano.

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