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16/11/2019

EMOCIONES ENCONTRADAS Cosas de “pajueranos”

EMOCIONES ENCONTRADAS  Cosas de “pajueranos”

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

Quien más quien menos tiene alguna anécdota de su primera incursión por la gran ciudad, esa mole de cemento con venas de asfalto llamada Buenos Aires. Uno no sabe si hacerse el citadino o sincerarse y dejar de fingir. Cualquiera de las dos opciones tiene sus riesgos. “Lléveme a Uruguay y Lima”, dijo un amigo, haciéndose el conocedor, tratando de evitar el tradicional paseo que le dan a los foráneos los taxistas, a lo que el tachero le respondió: “todavía no se juntaron”, lo cual dejó al descubierto al visitante.

Mi primer viaje a “la Capi” fue allá por los años ‘70, cuando el Rojo de Avellaneda arrasaba en las copas Libertadores. Viajamos con mi padre para ver un partido en la Caldera del Diablo. Luego de unas treinta horas en triple camello de La Estrella (“Una luz azul en el camino”), nos alojamos en un hotel de Constitución. La 9 de Julio no era la ancha avenida de la actualidad, pero igual, cruzarla constituía todo un desafío; lo más ancho que cruzábamos acá eran las avenidas San Martín o Gallardo y, en esas épocas, los autos se veían venir de lejos, uno tenía tiempo a cruzar al tranco. En las avenidas de Buenos Aires hay que andar al paso vivo.

La cuestión es que, en aquel viaje, no sé dónde fue que quedé frente a una escalera mecánica; para mí aquello era toda una novedad, esa inmensa oruga que se iba cuesta abajo y allá se metía adentro de un peine gigante.

Para mí era un misterio. Estuve unos minutos hasta que me decidí a abordarla, dando para ello un saltito y subiéndome cuando ya el escalón estaba armado. La cuestión fue bajarme. Cuando iba a medio camino, me di cuenta de la dificultad que se me presentaría. Había que obrar con rapidez y decisión: unos tres escalones antes de llegar abajo, donde estos se desarmaban, di un salto lo suficientemente amplio como para alejarme. Fui a dar contra una señora que pasaba caminando.

El imaginario popular ha creado bastantes contadas sobre los avatares de los “chatos” patagónicos en “la Capi”. Como aquel gaucho que le preguntó a un policía como podía hacer para ir al Congreso, “Siga Callao derecho”, le respondió el uniformado. A eso de la medianoche lo encontraron al paisa, cerca de La Boca, iba mudo como poste. Aquel otro que se hallaba en la parada de colectivos, mirando los carteles, tratando de ver si allí se detenía el 58, una señora se le acercó y le preguntó:

–Señor, ¿dónde pasa el 31?
–En mi casa, con mi familia –le respondió el amigo, sin inmutarse.

Lo mismo sucede cuando gente de aquella ciudad se llega a estos pagos. “Tremendos caniches”, dijo uno y estaba mirando unos corderos. “Los pollos andan crudos en el patio”, dijo otro.

En un boliche de ramos generales, a orillas de la Ruta Provincial 6, la que une Ingeniero Jacobacci con El Maitén, un paisano había llegado con ganas de hacer unas compras y de paso apurar un trago. Estaba acodado en una punta del mostrador cuando vio entrar a un hombre que se había bajado de un auto:

– ¿Esta ruta va para El Maitén? –le preguntó al dueño del comercio.

El bolichero, al darse cuenta de que no eran de la zona, luego de darle las indicaciones le preguntó:

– ¿Andan de paso?
– ¡Sí! –respondió el viajero– somos de Buenos Aires.

El paisano lo escuchó y se acercó, despacio.

– ¿Usté’ es de Buenos Aires? –preguntó intrigado.
–Si caballero, ando de paso –respondió amablemente el hombre.
– ¿No conoce a un tal Ortiz, de acá de la zona, que anda trabajando por allá?

Para terminar este breve recorrido por cuestiones de “pajueranos”. Siempre hay espacio para alguna cargada. Un aventurero andaba con su camioneta 4x4, recorriendo caminos de la zona, feliz por poder poner en práctica todos los elementos del vehículo, los cuales en la ciudad no se necesitan (malacate, doble tracción, etc.). Se hallaba inspeccionando un arroyo, al que había que vadear, intentando calcular la profundidad del mismo. En eso pasó un gaucho de a caballo y al hombre de la camioneta se le ocurrió consultarlo, buscando algún dato.
– ¿Estará muy hondo, maestro? –le dijo, mirando el cauce del arroyo.
–No creo. Hace un rato pasó un patito y le llegaba al pecho –respondió el gaucho.

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