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29/10/2019

Condolencias por Erica del Carmen Rosas Mena, antigua pobladora y empleada del Parque Nacional

Condolencias por Erica del Carmen Rosas Mena, antigua pobladora y empleada del Parque Nacional
Condolencias por Erica del Carmen Rosas Mena, antigua pobladora y empleada del Parque Nacional

Condolencias

La Intendencia del Parque Nacional Nahuel Huapi lamenta profundamente el fallecimiento de doña Erica del Carmen Rosas Mena, antigua pobladora y empleada del Parque Nacional.

Recordada por todos como una gran mujer, valiente, buena compañera, una “delicada paisana”.

Erica Rosas Mena nació en Chile, vino a la Argentina cuando tenía 15 años por el Paso Pérez Rosales y relataba que su vida parquera comenzó en ese mismo instante.

Al llegar se asentó en el cerro Millaqueo allí la esperaban en el campo de la familia Eggers, donde conoció a Eduardo Martin, un gran gaucho, con quien vivió muchos años en esa zona.

Luego, tras un acuerdo con Parques, se trasladaron a Piedras Blancas en la isla Victoria, donde atendían a los visitantes y cuidaban ese lugar de la isla a lo largo de todo el año.

Allí estuvieron más de 10 años, y finalmente por cuestiones de salud se mudaron a Bariloche a un barrio de Parques. Doña Erica siguió trabajando en el Departamento ICE muchos años y luego ya retirada visitaba la Intendencia contando sus grandes historias en el Parque Nacional.

Ella dejó su huella en este Parque porque tal cual doña Érica decía: “Pasamos por la vida, pero en la vida hay que dejar una huellita”.

Este miércoles (30/10) de 12 a 13 se realizará una ceremonia de despedida en la capilla de Valle del Descanso, donde será sepultada. (Fuente: Prensa Parque Nacional Nahuel Huapi)

 

"La Dama del Lago"

Palabras de Antonio Zidar 

No recuerdo quién fue, con infinita generosidad, que pensó que tal vez yo podría ayudar a Erica a escribir sus memorias. Creo que fue Mónica.

Así, la dama volvió a entrar a mi vida, esta vez para quedarse. Decía que me había visto por primera vez en el almacén de mi viejo. Ella llegando del arroyo Vinagre, yo siempre con sandalias y, según su reiterada mención, con una media arriba y otra abajo.

Antes nos habíamos cruzado varias veces y cada vez que eso sucedía volvía a sorprenderme su delicada tozudez, su pulida firmeza, su carácter tan dulce como férreo. Una contradicción ambulante que las tardes de escucharla y tomar apuntes me han ayudado a comprender.

Erica llegó de muy jovencita a la Argentina, a las costas del lago que tanto amó. Y desde allí construyó una leyenda, siempre navegando; siempre ayudando a nacer, a vivir y a morir. No como la enfermera que se había formado en Buenos Aires, sino como el hada que había llegado del mar. Es que había una historia previa.

Antes de todo lo que amamos de ella hubo una niña criada entre marineros y delicadas monjas, todos observando azorados como crecía alguien genial: arrojada a los libros y a la vida con una intrepidez de heroína.

Y también sucedió un naufragio que se llevó todo: los salones y los barcos, la buena educación, la familia y el futuro. La arrojó violentamente a la costa, sin padre y con una madre que abrió para ella puertas que la niña ni sabía que existían.

¿Qué sabía Erica del Nahuel? De la vida y la muerte por estos lados, de amores imposibles y de niños perdidos. De presidentes y de virtuales primeras damas. De política y de Parques. Del Millaqueo, de Piedras Blancas, de don Eduardo y de la Isla. Todo eso y mil vidas más la esperaban en esta Argentina que aquella mujer le tiró al rostro como una bofetada cruel.

Ojalá algún día termine aquel libro. Creo que nos va a develar a todos una potencia de mujer que ni siquiera imaginamos aquellos que tanto la quisimos y admiramos. Pero hoy tengo que referirme a la última Erica; a la del ocaso.

“Dame órdenes firmes, así te obedezco. Porque si hay algo que no tengo es humildad” me decía cuando, calculadamente, se hacía la pobre anciana que se acerca al final. Sin embargo, casi todo el tiempo mantenía firme el timón de sus deseos, como cuando libraba épicas batallas con la bravura del Nahuel: ella quería morir en su casa, con sus perros, sin salir de allí, sin resignar soledad, sin ninguna humillación.

Y cumplió, como siempre. Con mucho esfuerzo. La vi dudar, titubear, casi rendirse, volver a pelear. Recurrir al pasado para enarbolar el orgullo de sentirse admirada por la gente de Parques, por los muchachos de Prefectura, por la elite de los clubes náuticos de toda la zona. Sabiendo lo que generaba. Sabiendo ella que todos la mirábamos y la escuchábamos como se observa a alguien fuera de contexto: era demasiado brillante para parecer tan simple. Demasiado humilde para ser tan poderosa.

Erica era todas las mujeres. Y también lo fue cuando su vida se apagaba. Aceptó gustosa la ayuda de las chicas de la Municipalidad, pero luego las peleaba. Amaba a la dulce Mariví, seguía enamorada de Gonzalo, extrañaba a sus chicos del ICE y de la Intendencia, charlaba con Eli y con cuantos la visitaban, embrujaba a todos. Pero quería estar sola, con sus perros.

“Estoy cansada”, decía, y era de verdad. “Amo a mis perros”, y era cierto. Uno de los últimos días traté de alzar la voz para que entienda que había que hacer lo que era necesario. Me miró, no con enojo sino con compasión:

“Ay, Tonche… pareces un déspota”. Luego hizo un silencio y agregó con amor, “pero solo eres un niño con una media arriba y otra abajo”. Y ahí entendí todo.