Columnistas
14/09/2019

EMOCIONES ENCONTRADAS: Última vuelta

EMOCIONES ENCONTRADAS: Última vuelta

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

Estacioné el auto después de dar varias vueltas para conseguir lugar; uno trata de hacerlo frente a la dirección adonde va, pero eso era antes, en los nuevos tiempos hay que dejar el vehículo lejos y caminar. “Mirá vos –me digo a mi mismo– adónde vine a estacionar”, al observar la cuadra donde conseguí un lugarcito. Paré frente a una escuela y ahí lo vi venir, me costó reconocerlo. Era el Chiqui, aquel flaquito del flequillo cayéndole sobre la frente, al que cada tanto soplaba levantándolo, haciéndolo flamear un poco. Le sobraban varios kilos y el flequillo era solo un recuerdo. Llevaba a un niño de la mano, por la edad calculé que sería un nieto, al que había buscado en la escuela. Iba tan en su mundo, conversando con aquella criatura, que me dio no sé qué interrumpirlo.

Me vino una catarata de imágenes de tiempos ya idos, del barrio, la tierra de calles y veredas, tiempo dorado como el sol del cielo de aquel pueblo escondido adentro de la ciudad actual. Con la gomera tenía una puntería sin igual ese abuelito que paseaba su chochera por la vereda con su nieto.

Una tarde la madre lo vino a buscar a la casa de Palito, adonde estábamos jugando a la bolita y se lo llevó de la oreja, amenazándonos a todos. Resulta que doña Marta le contó que lo había visto tirándole a los aisladores de porcelana que sostenían los cables, en los postes de luz. Para eso el Chiqui no tenía rivales. Era letal. También me acordé de aquella vez que estábamos jugando a las carreras de autos, a los que preparábamos con paciencia y sabiduría. Chiqui tenía un Valiant, de color violeta, al que le había puesto un pedazo de plomo achatado, sujeto al piso del auto con un tornillo. Las ruedas de atrás eran unas patonas hechas con tapas de frascos de penicilina, que le conseguía la madre en el hospital donde era enfermera.

Los demás nos arreglábamos poniéndoles de a dos ruedas, a la par, pero no era lo mismo. Yo tenía un Torino, de color blanco, relleno con masilla; Ricardo un Peugeot 403, el Chimango un Trueno Naranja, como el de Pairetti. El circuito era mixto. Arrancaba en la esquina, por la vereda de tierra; había una especie de subida, al lado de unos álamos y a media cuadra bajaba a la calle por la entrada al portón de la casa de Diego. Estaban asfaltando, la obra iba por la otra cuadra, pero hasta que no la terminaran no la habilitarían al tránsito. Era una maravilla ver los autos deslizarse por el hormigón a estrenar. Éramos unos diez más o menos los que estábamos compitiendo, yo quedé rápidamente rezagado porque al llegar a la subidita, junto a los álamos, sobresalía una de las raíces que provocó el vuelco de mi Torino, obligándome a ir a la cola de la carrera.

– ¡Hizo manga! –gritó el Chimango al ver como tiraba Chiqui, que marchaba adelante con el Valiant.

Hacer “manga” era estirar el brazo más adelante de donde estaba el auto, hacia atrás se podía todo lo que uno quisiera, inclusive tomar carrera.

– ¡Qué va! –alegó el puntero– tiré como vos.

De poco sirvió. Nosotros, los de más atrás, no vimos bien, pero los que estaban cerca determinaron que sí. Era un tribunal popular, inmediato e inapelable. El Chiqui perdió un tiro. Quedó casi atrás, conmigo.

–En la bajadita paso a unos cuantos –me dijo, con las manos en la cintura, fastidiado.

La táctica era pasarse un poco de largo de la bajadita para luego hacer el tiro, cortando, y quedar bien posicionado sobre el asfalto, casi en la vereda de enfrente. La carrera era a dos vueltas.

Mientras trascurría la prueba, fiel a su estilo, Raulito cantaba, lo hacía todo el tiempo. Estaba cantando “Ella ya me olvidó”, de Leonardo Favio, la hermana mayor había comprado el simple y lo gastaban escuchándolo. Cantaba mal Raulito, pero se posicionaba, además hacia ademanes con sus brazos. Todo un artista. A veces lo suelo ver detrás del mostrador, en la municipalidad, donde es director de un área, serio, concentrado en sus papeles, y no puedo dejar de escucharlo cantar.

– ¡Cambiá el disco Raulito! –le gritó Enzo– tocate otra –agregó, lo que fue festejado por todos.

En la esquina, para subir del asfalto a la vereda, había que sortear el cordón. Pusimos una tabla. La táctica consistía en hacer un tiro lo más cerca posible a ella, para luego subirla suavemente. Si el tiro era muy fuerte podía pasar que, al terminar de subir la tabla, el auto volara y cayera dado vuelta, lo que provocaría ir al fondo de la fila. Eso le pasó a Rubén.

Cuando ya iba a terminar la carrera, luego de completar la segunda vuelta, ya sobre el asfalto, Chiqui y su Valiant estaban a la mitad del pelotón. El Chimango con su Trueno Naranja estaba a un tiro de sellar una victoria más, si no lo hacía, estaba segundo Lopecito, con un Fiat 1500 rojo. Chiqui, mientras tiraban los de adelante, le sacó las ruedas a su auto y, apoyando el alambre que oficiaba de eje sobre el asfalto, lo alisó, sacándole la comba que tenía. Con maestría volvió a poner las ruedas y cuando le llegó el turno hizo lo que solo él era capaz de hacer. Caminó unos pasos al costado, como midiendo por donde iba a pasar su auto. Era una jugada arriesgada, un tiro de unos diez metros por lo menos. Debía pasar entre el auto del Chimango y el de Lopecito. Si chocaba a uno de ellos automáticamente quedaba descalificado. Lo mirábamos, no necesitábamos preguntarle, sabíamos cuál era su intención. Se agachó un poco, cerró un ojo, como para hacer puntería, como los viejos en la cancha de bochas. Se puso de pie, tomó su auto y dio un par de pasos hacia atrás, como para tomar carrera. Tiró el brazo derecho hacia atrás, con el Valiant apoyado sobre la mano derecha, corrió hasta el punto desde donde debía tirar y lo soltó, a ras del piso. Pasó como un rayo, entre el Trueno Naranja y el 1500, llegando a la meta. Una maravilla el tiro.

Nos dejó a todos duros. La mayoría lo saludamos con admiración, salvo el Chimango y Lopecito que se quedaron con una bronca de novela.

Al verlo pasar al Chiqui, llevando en sus manos la mochila de su nieto o quien fuera ese niño, lo vi tan lejos de aquel rubiecito del flequillo sobre la frente. Por las calles de la ciudad andarán algunos de aquellos pibes, tratando de entender este mundo de juegos virtuales y pantallas interactivas, distante de aquella tierra de las veredas y los autitos rellenos con plomo o masilla; de las rodillas de los pantalones rotas, por estar arrodillados en el suelo.

En estos tiempos cuesta ver así a los chicos, se enferman de tendinitis, por el uso de los dedos sobre las pantallas. Pero lo más importante era compartir, discutir, pelearse, ponerse de acuerdo, abrazarse, ser cómplices y planificar cosas en grupo. La fantasía de creer que aquellos no eran autitos de plástico sino verdaderas máquinas de carrera, la vereda un circuito y que el tiempo solo era lo que se terminaba cuando las madres nos llamaban a comer.

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