Publicidad
 

HISTORIA DE VIDA

|
29/08/2019

Blanca Felley, de ceramista a camionera en una vida apasionante

Blanca Felley, de ceramista a camionera en una vida apasionante
Blanca Felley, de ceramista a camionera en una vida apasionante

Las historias de vida intentan resaltar los valores y anécdotas de aquellos hombres y mujeres que han dado mucho de sí para la ciudad. Cada uno desde su humilde lugar aportó esfuerzo y dedicación y es bueno que se conozca.

Blanca Esther Torres de Felley nació en Bariloche y según sus propias palabras, no se puede quejar de ninguna de las etapas que le ha tocado transitar. “Me crié en el Lera, el mejor barrio de Bariloche porque teníamos la iglesia y eso fue lo mejor que nos pudo pasar”.

El sacerdote en esa época era de apellido Lombardi, “había unas monjitas que nos enseñaban manualidades, pero lo más importante fue que aprendí a ser solidaria y a compartir. Si se enteraban que algún vecino estaba enfermo lo tenían que ir a visitar, les daban cine los fines de semana… otros tiempos”.

Tuvo un solo hermano, “a mi papá lo fueron a buscar a Chile para que viniera como carpintero, a trabajar en la construcción del Banco Nación y al poco tiempo le dijo a mi madre que se venga”.

Reconoce que hasta los diez años la única patria que conocía era la del vecino país, “en mi casa solo se escuchaban radios chilenas, hasta las revistas venían de allá y los festejos del 18 de septiembre un mes antes ya se empezaban a preparar”.

Su padre todo el tiempo les decía que mañana o pasado se volvería a su patria, “entonces me mandó a la escuela cuando yo tenía nueve años, no sabía nada de nada y ahí recién aprendí que mi patria era Argentina”.

En esa época también oyó por primera vez la palabra Radicales, “llegó al barrio un señor con un camioncito y nos ofreció a todos los chicos que estábamos jugando en la vereda, si queríamos ir a pasear, era Don Alaniz” recordó.

Era el padre de Tito, que aún tiene la zapatería sobre calle Moreno, “nos compraba unos caramelos y salíamos para los barrios, pero el paseo era para hacer proselitismo porque nos enseñaba algunas canciones que hablaban de Balbín, las que teníamos que cantar todos juntos y muy fuerte en la caja del camión” dijo riéndose.

No siempre era el mismo mensaje “cuando llegábamos a Pasaje Gutiérrez se bajaba y nos decía, a partir de ahora empiecen a cantar Frondizi Sí, no sabíamos qué significaba, pero lo repetíamos por el paseo y los caramelos”.

Al llegar a su adolescencia su padre seguía con el mismo lema de volverse por lo que no quería que ella continuara estudiando, “Yo siempre fui en contra de todo, me enteré que donde es el Capraro había un colegio secundario nocturno, tenía que cruzar todo el pueblo y como mi papá estaba en contra, me cerraba el portón para que no entrara cuando volvía”.

Entonces saltaba el cerco del vecino y así llegaba a su casa, “como me traía un amigo en moto él creía que yo andaba vagueando, no me creía que estudiaba”.

Como se le hacía muy difícil continuar decidió trabajar, “mucho peor, porque para mi papá la mujer tenía que estar en su casa. Tenía la cerámica Bariloche en la esquina de casa, cuando me enteré que necesitaban gente igual me fui a anotar”. Ya habían tomado a prueba a otra chica, entonces contó los días para ver si la confirmaban o si la llamaban a ella y así fue.

Allí trabajó durante siete años, “ahí me pasaron cosas maravillosas, El señor Raza y su esposa me enseñaron mucho” recordó.

A Blanca hasta los 18 nunca le habían festejado un cumpleaños “esa tarde llegó la señora con una torta hermosa, con mis compañeras no sabíamos para quién podría ser y cuando llegó la hora del té con masitas caseras, me dijeron que era para mí, no paraba de llorar”.

Todos los meses las llamaban una por una para entregarles un sobre con su sueldo, “cuando conté mi plata vi que era el doble de lo que me correspondía, fui a devolvérselo, me dijo que no, que me quedara tranquila porque me lo habían aumentado”.

Blanca mantiene su amor por el aroma de las manzanas. (Foto Facundo Pardo)

Otra vida

Dejó atrás esa etapa porque le llegó el amor. “Se llamaba Raúl Ricardo Felley, estuvimos juntos casi 50 años, pero falleció hace cinco” dijo con gran nostalgia. Al describir el comienzo de la relación dijo “era campechano, se enamoró enseguida y después de tres años de salir me pidió casamiento”.

Se mudaron a la casa de su suegra, “era a 25 kilómetros de Bariloche frente al lago Gutiérrez, cuando entré por primera vez me invadió un aroma impresionante a manzanas: en las escaleras, las habitaciones, el living”. Su marido le comentó que se cosechaban en abril y las guardaban en el sótano hasta diciembre, envueltas en papel se conservaban muy bien.

“Nos fuimos a vivir a ese campo, me dieron a elegir un lugar para hacernos la casita, elegí una ladera del cerro y entonces tuvieron que trabajar mucho para emparejarlo, toda la madera la sacaron del aserradero familiar”.

Asegura que “ya conoció el paraíso”, la luna sobre las agujas del Catedral, el agua "tenía todo el bosque y el sol para mi sola”.

“Había mucha riqueza en el campo, la gente tendría que vivir bien porque la tierra te da todo, frutas, verduras, hacer conservas, ordeñar las vacas, las carnes ahumadas, pero había que trabajar todo el día”. Tenía además 80 conejos lanudos a los que su suegra esquilaba y con esa lana, les tejía sueters. “Los cueritos eran alfombras de toda la casa, nunca nos faltaba nada, pero éramos previsores, en abril ya guardábamos la leña cortadita. Se cortaban los ganchos de los árboles caídos, eso se ha perdido ya” aseguró. Con su esposo tuvo dos hijas, Marcela y Cecilia.

Como todo lo bueno a veces finaliza, llegó una temporada de baja “terminó la concesión del aserradero, entonces como mi marido tenía unos primos que trabajaban con sus camiones, los chicos Imaz, se les unió”. Ella no se quedó atrás.

“Lo acompañé casi quince años en los viajes por la ruta, me hice camionera de larga distancia y de carga pesada, mis suegros nos ayudaban con las nenas”. Recordó “Lito siempre se dormía en el camino, cuando veíamos un camión al costado de la ruta, desde lejos, sabíamos que era él” dijo riéndose.

“Yo quería manejar y me tuvo que enseñar. Primero teníamos un Dodge pero me daba miedo estacionarme en la banquina, después le compramos un acopladito hasta que llegamos a comprar un Scania, el primero que llegó a Bariloche, ese sí que no me lo pasaba”. Después los Imaz compraron otro y ese se lo prestaban a escondidas de su esposo.

Recuerda muchas anécdotas ruteras, como las bajadas de Collon Cura en invierno, las noches escuchando radio y cantando mientras su esposo dormía o al volante de un 1517 por el camino de los Siete Lagos.

Ahora es voluntaria en el Centro de Abuelos Amanecer, “comencé a trabajar en lo social en el comedor de Gloria, atendíamos a cien familias que venían a hacer cola con sus ollitas” dijo. También se sumó al equipo de Emaús, cuando aún funcionaba en Ruta 40 y Quaglia.

Pasa sus mañanas colaborando para que al mediodía, cuando lleguan los adultos mayores, esté todo listo, comparten un almuerzo entre risas y anécdotas y participa de algunos talleres.

“Ya hice mi testamento, el día que no esté quiero que me cremen y lleven mis cenizas donde esparcimos las de mi marido, en ese campo en el cual fuimos tan felices” finalizó diciendo.

Susana Alegría