Columnistas
06/07/2019

EMOCIONES ENCONTRADAS : Debajo de la piedra

EMOCIONES ENCONTRADAS : Debajo de la piedra

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras entrelazando las palabras en papel
De los que cantan con el alma enredada en su voz
Me gusta mas que tener con que cantar, tener de que cantar...

Estoy del lado de los que escriben versos y les ponen música (no fabrica de canciones)
De los que escriben sus obras ... (+ Info)

Irene sintió un golpe suave en la ventana que daba a la parte trasera del patio. Era en la estancia La Horqueta, propiedad de unos alemanes. Su padre, Rafael, era el capataz, hijo de unos pobladores que vivían en ese lugar desde antes de que se alambraran los campos y se constituyera esa propiedad. Con mucho cuidado abrió la ventana, la luz de la luna le dejó ver el rostro de Carmen, la cocinera, su prima.

- No hagas ruido – le dijo Irene, susurrando.
- Me llegan a agarrar, me matan – dijo con nerviosismo Carmen, dándole un sobre.

Irene se durmió con él debajo de la almohada, envuelta en el perfume impregnado en el papel, no pudo leer la carta que contenía, no había luz y si encendía la vela se podrían despertar sus padres, que dormían en la pieza de al lado.

“El sábado a la tarde te espero en el alambrado del cuadro de atrás”, leyó en aquel papel, con letras escritas con cierta dificultad, firmada por Nahuel. Era un joven peón, llegado hacía poco a la estancia vecina, a unas leguas de allí. Se habían conocido en la señalada, un par de meses atrás y quedaron prendados; bailaron un par de piezas y conversaron. Volvió de visita una tarde, pero Rafael lo atendió en la tranquera, sin darle la oportunidad de acercarse a su hija.

- Usted es muy chica para andar fantaseando – le dijo al entrar a la casa, luego de despedir al joven.

Leticia, su madre, poco pudo aportar. Aunque su corazón creyó recordar algún latir extraño que la áspera vida en la estancia calló. Reafirmó lo dicho por su esposo.

- Su padre quiere lo mejor para usted – intentó convencerla.
- Solamente me vino a visitar, mamá – intentó justificar la muchacha.
- No me quiera agarrar de sonso. Ese peón no tiene donde caerse muerto, nadie lo conoce. Déjese de embromar – le dijo, retirándose, cerrando toda posibilidad de diálogo.

Esa tarde, Carmen fue quien consoló el llanto de Irene. Había despertado al amor.

Aquel sábado estaba soleado. Carmen le pidió a Rafael si podía salir a dar un paseo con Irene, de a caballo. Él accedió. Tras media hora de marcha llegaron al cuadro de atrás, en el esquinero, a partir de allí comenzaba la estancia vecina. Ahí estaba Nahuel, sentado en una piedra.

- Andá – le dijo su cómplice – yo me quedo en la loma. Si viene alguien te aviso.

Sentados en la piedra aquellos dos jóvenes conversaban. El sol entibiaba, mientras la brisa jugaba en el pañuelo rojo que llevaba al cuello Nahuel, también en el pelo castaño de Irene.

- Mi papá no quiere que te vea – dijo ella mirando el suelo, jugando con un pastito entre sus manos.
- Sí, me dijo la otra tarde que fui – lamentó él.
- Debe estar celoso – intentó justificarlo ella.
- No creo – dijo él, mirándola – yo no tengo nada más que unas pilchas y soy peón de una estancia – lamentó – es demasiado poco – concluyó, asumiendo su lugar, con una rebeldía que le quebró la voz.

Carmen miraba en dirección al casco de la estancia, atenta a que no viniera nadie. Al volverse hacia ellos, los vio abrazados. Allá, a lo lejos, el temor a ser descubiertos; allí, sobre la piedra, el amor desafiante, que entrelazó las manos de aquellos dos jóvenes.

- Acá, abajo de esta piedra, yo te voy a dejar una carta – le dijo ella, antes de despedirse – contéstamela, que Carmen o yo la vamos a venir a buscar.

Un par de veces fue Irene hasta el alambrado del cuadro del fondo a buscar una carta debajo de la piedra y dejar una respuesta, cargada de amor y ansiedad por volver a ver a aquel muchacho. Tenía la precaución de ir cuando sabía que su padre andaba por el campo, en dirección contraria.

Carmen, era nieta de Savina, hermana de la madre de Rafael. Había quedado sola, su esposo trabajó en la estancia y vivía en uno de los puestos. Su nieta le contó lo que le andaba pasando a Irene, de la tristeza que acarreaba la muchacha. La anciana quedó un rato en silencio, luego miró a la joven a los ojos.

- Dígale a Rafael que venga – dijo con voz firme – que quiero hablar con él – concluyó.
- Abuela, no le vayas a contar nada – le advirtió Carmen, preocupada.
- Vaya y dígale – dijo con tono severo Savina – Y pierda cuidao hijita.

Cuando llegó Rafael a visitar a su tía, la encontró junto a la cocina, en su silla. Esa mujer era como su madre, lo había criado cuando quedó huérfano.

- ¿Qué le anda pasando con su hija, m´ijito? – lo interrogó la anciana.
- Sonseras de chico nomás – intentó minimizar la situación el capataz.
- Me parece que usté se olvida de donde viene – continuó Savina, dejando un silencio, solo quebrado por el grito de los teros, que llegaba desde el campo – usted está más cerca de ese pobre pion que de sus patrones – concluyó.

Aquel hombre, su sobrino, miraba el piso. Las palabras de esa mujer le habían hecho dejar de lado la rudeza que rodeaba su carácter y la importancia de su cargo.

- Nosotros somos gente de esta tierra. Sus patrones, si un día se levantan alunaos, le dicen “muchas gracias” y hasta luego. No se olvide que usté e paisano. Usté no´e gringo, ni patrón.

Savina cargó la cocina y continuó: - Usté no conoció a su finada mamá, era muy chiquito. Cuando su papá se tuvo que ir de la zona pa´buscar trabajo, me lo dejó, apenas con lo puesto y un bolsito con unos tejidos que había hecho su madre. Ella tenía quince años cuando se escaparon, de noche, con el que fue su padre. Su abuelo hasta lo amenazó con cuchillo para que no se llegara a las casas.
Rafael escuchaba en silencio.

- Pero esto es distinto tía – le dijo, dejando escapar un suspiro, tratando de entenderse a sí mismo.
- ¿Distinto a que m´ijo? – interrogó Savina – aquí, en estos lugares, si uno se descuida, termina siendo como los animales. Su mamá tuvo el coraje de irse con el hombre del que se enamoró, no midió ninguna consecuencia ¡Y bien que quería a su marido y a usté! – dijo la anciana, sacando de la manga de su saco un pañuelo para secar sus lagrimas - ¿Quiere que su hija haga lo mismo? – concluyó.

Las palabras de Savina retumbaban dentro de Rafael. Le recordaban desgarradoramente su origen, ese que (se dio cuenta) había olvidado. Lo reconoció en su piel, en el aroma de aquella humilde casa, en las arrugas del rostro de su tía y en esa tierra árida que se veía alrededor.

Nahuel llegó esa mañana al alambrado del fondo de la estancia, silbaba entre dientes una melodía que cada tanto interrumpía alguna pitada al cigarro que llevaba en su mano. Estaba feliz, enamorado. De solo saber que ensillaba su caballo para ir a buscar la carta, le cantaba el alma. Levantó esa piedra que era un cofre, donde guardaban el tesoro de aquel amor secreto, nacido en la áspera Patagonia, fortalecido en la adversidad. Estaba en cuclillas; la ansiedad por leer no le había dado tiempo a levantarse. “Dice mi papá que te espera el domingo para conversar”. Se dejó caer hacia atrás, de espaldas al suelo, con los brazos abiertos. Soltó un grito, para aliviar a ese corazón desbocado que quería escapar del corral de su pecho.

El amor jugó sus cartas en La Horqueta e Irene y Nahuel ganaron.

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