Y si de eclipses hablamos…

La amena pluma del escritor Jorge Walterio Ábalos en su maravilloso libro “Shunco” narra una hermosa historia relacionada con los eclipses.

Entre sus experiencias como maestro rural cuenta la siguiente: “-¿Vieron anoche el eclipse, chicos?
Nadie lo había visto.

- Seguramente que ustedes se habrían acostado temprano, sino hubieran observado como la luna…
- ¿Vos preguntas de lo que se ha muerto la luna, señor?
- Eso es… ¿Vieron?
Todos lo habían visto.
- Eso se llama eclipse.
Escribió la palabra en el pizarrón y los hizo repetir hasta que la pronunciaron bien. A simón le costó mucho trabajo, pero al final acertó. Varios chicos la escribieron en el pizarrón.
- Mi papá sabe contar que en el tiempo de antes, una vez se murió el sol. Dice que todo se puso negro y que la gente tuvo mucho miedo porque creía que se acababa el mundo.
- ¡Ah, sí! Ese es un eclipse de sol. El de anoche fue de luna. Estos fenómenos se producen cuando el sol, la luna y la tierra se cruzan de cierta manera que se tapan. No les explicaré en detalle porque no lo entenderían, pero les haré el experimento. El sol es esta vela, la tierra esta pelota y este espejo es la luna.

El maestro cerró las puertas y ventanas, encendió la vela e hizo el experimento.
Los chicos miraban sin decir palabras.

Cuando hubo terminado, el maestro, satisfecho de su experimento, les preguntó:

- ¿Entendieron bien?
- Aquí sabemos de otra manera, señor –dijo Shunco.
- ¿Ah, sí? ¿Cómo es la cosa Shunco?
- La luna tiene un casco con el sol. Yo no lo sé bien, pero la vieja Jashi sabe. La luna se muere y la gente tiene que hacerla vivir de nuevo.
- ¿Así que doña Jashi sabe?
- Sí, señor, doña –Shunco sonrió.
- Y dime ¿cómo la hacen vivir de nuevo, cómo la resucitan?
- ¿No has oído anoche cuando la gente golpeaba el mortero?
- ¡Pero sabes que tienes razón…! Anoche oí cajonear y creí que era en algún baile.
- En todas las casas golpean el mortero para que la luna viva de nuevo.
- Para que re-su-si-te.
- Sí, señor, para eso. Si la gente no muele, la luna se muere nomás.
- ¿Y qué ponen a moler?
- Nada, el mortero vacío.
- Algunos muelen sal, pero casi todos muelen sin nada –intervino Siti.
- ¿Y por qué el moler hace resucitar a la luna?
- No sé.
- ¿Quién puede saber por aquí?
- La vieja… doña Jashi.
- Esta tarde iremos a verla.

Cuando el maestro llegó, lo hizo sentar en una sillita baja y se puso en cuclillas a su lado; apoyadas las manos en la pierna del señor, fumaba golosamente el chala con anís del atado que le llevó el maestro.

Hablaba por todo lo que no veía ni oía. Su voz, un poco gastada, no era desagradable y le daba al quichua un sabor especial, pues su pronunciación se había deformado por el castellano, idioma que desconocía.

Así en cuclillas le habló al maestro, le contó una historia… Ullari ua… tata Inti y Mama Killa…

El maestro escuchaba en silencio, sin moverse casi, la mirada perdida en la lejanía que comenzaba a diluirse con la llegada de la noche. Doña Jashi habló y habló y habló durante largo rato.

Cuando la viejita terminó su relato, al maestro le brillaban los ojos como si hubiera encontrado una cosa maravillosa.

Mientras volvían, le dijo luego de un rato de silencio:
- No creas Shunco lo que les expliqué hoy del eclipse, lo que es cierto es el caso que nos ha contado la viejita: “el padre sol y la madre luna…”

Jorge Castañeda
Escritor – Valcheta

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