Editorial
01/07/2019

El zorro europeo libre en el gallinero sudaca libre

Hasta el momento, el pomposo “acuerdo estratégico” que celebraron el MERCOSUR y la Unión Europea, se reduce a unas seis páginas en las que se anuncian metas, por no decir buenas intenciones. Los verdaderos alcances del entendimiento de “libre comercio” entre los dos bloques, deben desmenuzarse línea por línea para terminar de apreciar qué tan beneficioso o perjudicial será para la Argentina.

Sin embargo, puede adelantarse que acuerdos similares celebrados por países o bloques de economías débiles frente a otros de poderío, nunca llevaron a buen puerto a los primeros. Por otro lado, economistas recordaron que las discusiones arrancaron en 1995, se estancaron durante varios años y se retomaron en 2016 a un ritmo muy lento. De ahí que llamara la atención la premura con que se anunció su culminación.

Quizá forzara la formalización el panorama global, que se caracteriza por un crecimiento económico más bien lento. También debió incidir que tanto la Unión Europea como el MERCOSUR, no están en la primera línea de la dinámica económica global. Quedó claro en los últimos años que si Estados Unidos o China estornudan, el planeta se engripa. En esa disputa por la hegemonía, nuestros países apenas si son testigos mientras que la capacidad de respuesta de la UE, no es la que tenía unas décadas atrás.

Si bien se empeña por mantener primacía en algunos sectores industriales y en apuntalar la actividad financiera, hay quienes de manera mordaz, definen a Europa como un gran parque temático que solo atrae turistas. Como contrapartida, el desarrollo industrial y tecnológico de China era impensable tres décadas atrás. Su velocidad generó la reacción estadounidense que puso al mundo frente a una guerra comercial.

Qué decir del MERCOSUR, una suerte de cascajo vacío, cuyos socios más importantes claman por la llegada de inversiones que nunca llegan, salvo para especular. Precisamente, el libre comercio no significa otra cosa desde los 90 a esta parte, que el libre movimiento de capitales internacionales de finalidad especulativa, como dolorosamente comprobaron gobierno y pueblo argentinos -una vez más- en 2018.

El asunto de las inversiones es central y permite vislumbrar quiénes serán los beneficiarios del acuerdo. A grandes rasgos, es el gran capital trasnacional el que procura asegurarse los márgenes de rentabilidad que pretende. La creación de empleo y el cuidado del medio ambiente, nunca son los principios orientadores de los tratados de libre comercio (TLC). No hace falta ir muy lejos dentro de las fronteras sudamericanas, para constatar sus consecuencias efectivas.

El sofisma de las inversiones extranjeras apura a los gobiernos neoliberales y de derecha a disputar su llegada. ¿De qué manera Brasilia y Buenos Aires pretenderán seducir a las grandes corporaciones europeas? Bueno, el gobierno de Cambiemos explicitó sus planes hace rato: reformas laboral, previsional y tributaria para reducir los costos de producción que deberían afrontar las grandes corporaciones.

Entre otras consecuencias, el entendimiento con la Unión Europea implicará profundizar el perfil primario y exportador de la economía argentina, en particular, el agro-negocio que se respalda en el complejo de la soja genéticamente modificada. No por nada, una de las voces más entusiastas entre las que salió a respaldar el acuerdo, fue la de Gustavo Grobocopatel, zar sojero, otrora empresario “nacional y popular”. Que la Argentina profundice la producción de agrocombustibles está en la mira.

Después de la “década populista” en Sudamérica, que frenó o postergó todo tránsito hacia el libre comercio, los pasos hacia el acuerdo entre la UE y el bloque regional se aceleraron. La exploración de vías de inserción internacional que se ensayaron hasta 2015 aproximadamente, se dejaron de lado y se volvió a reincidir en la búsqueda de integraciones subordinadas. Durante la reciente Cumbre del G20, fue central el papel que desempeñó el presidente argentino para acercar a sus pares brasileño y europeos.

El consenso se basa en una institucionalidad que se ampare en el dogma liberalizador del capitalismo actual, siempre con el afán de atraer las tan mentadas inversiones. Se insiste con eslóganes cuyas consecuencias reales en la vida de los pueblos son desastrosas: decir la “Argentina abierta al mundo” tiene que ver con “la libertad del zorro libre en el gallinero libre”, como acostumbraba a proclamar Raúl Alfonsín.

Los pueblos, las grandes mayorías, nada bueno pueden esperar del libre comercio, la libre competencia o el librecambio. Se trata de mecanismos que impulsan las grandes potencias, las mismas que alcanzaron ese estatus después de décadas o incluso siglos de proteccionismo. Cabe recordar que la iniciativa que se suscribió en Japón, todavía tiene que superar la aprobación de los congresos y parlamentos de los países involucrados. El debate que debería darse en la Argentina se anticipa apasionante. Quieran las y los legisladores nacionales estudiar como nunca para estar a la altura.

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