Editorial
02/06/2019

Belgrano no solo se preocupó por los símbolos

El 3 de junio de 1770, vino al mundo Manuel Belgrano quien, según el relato más difundido, legó a la posteridad la bandera que identifica a la Argentina, además de obtener las victorias militares de Tucumán y Salta. Como ya dijimos en más de una oportunidad, sería más saludable que el Día de la Bandera se celebrara hoy y no el próximo 20 del corriente, fecha que, en realidad, coincide con su fallecimiento.

El perfil suyo que más se generalizó es el que ideó la corriente liberal de la historia. Fue el semblante que construyó Bartolomé Mitre en su “Historia de Belgrano”. Obviamente, el fundador de “La Nación” se cuidó de “editar” convenientemente la trayectoria del prócer, para que encajara en la antojadiza línea Mayo-Caseros-Pavón. Es decir, centralistas-unitarios-liberales. Pero si se extiende la mirada un poco, se verá que el porteño no cuadraba en ese ideario.

Belgrano no tenía nada de inmaculado -hasta hijos “naturales” aportó a la población de las Provincias Unidas-, sí era muy abnegado y su trayectoria se llenó de gestos éticos, pero además poseía una doctrina muy clara, inspirada en determinadas ideologías. La caricatura que de él hizo la “historia oficial” nos cargó de anécdotas y comportamientos ejemplares para soslayar postulados doctrinarios.

Pensaba en política y no solo en símbolos. “El vestido de los héroes de la Patria, (es) siempre tirados y siempre en trabajos y poco menos que desnudos”, escribió Manuel. La descripción hacía mención a sus compañeros de armas, a quienes consideraba “héroes de la Patria”. Eran los anónimos, los protagonistas de la historia, los que combatían en los confines del viejo virreinato por la nación americana.

Estaba cargado de ideas y proyectos. El 15 de julio de 1810, escribió los nueve puntos básicos para la Primera Junta de Gobierno. Era necesario un plan que “rigiese por un orden político las operaciones de la grande obra de nuestra libertad”. La realidad no era muy alentadora: “inundado de tantos males y abusos, destruido su comercio, arruinada su agricultura, las ciencias y las artes abatidas, su navegación extenuada, sus minerales desquiciados, exhaustos sus erarios, los hombres de talento y mérito desconceptuados por la vil adulación, castigada la virtud y premiados los vicios”, describía Belgrano.

Había fundado, años atrás, el “Correo de Comercio”, un medio periodístico que antecedió a la “Gaceta de Buenos Aires”, ya que se comenzó a publicar en tiempos del virreinato. Justamente, su editor tuvo que dar por finalizada la vida del periódico al asumir deberes en los frentes de guerra. Aquellos nueve puntos sirvieron de base para el Plan de Operaciones de Mariano Moreno… En agosto de 1810, fue el secretario de la Junta, a sugerencia de Belgrano, el encargado de redactar el programa político y económico que bajara al papel el “delirio” de aquellas 162 personas.

A esos postulados, “el gobierno provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata debe poner en práctica para consolidar la grande obra de nuestra libertad e independencia”. Como puede advertirse, no había máscara de monarca alguno. Moreno definió la revolución como un proyecto sudamericano: “el sistema continental de nuestra gloriosa insurrección”. Para el secretario, era necesario modificar la estructura social: “tres millones de habitantes que la América del Sud abriga en sus entrañas han sido manejados y subyugados sin más fuerza que la del rigor y capricho de unos pocos hombres”. Los privilegios debían ser suprimidos si, en verdad, se quería crear “una nueva y gloriosa nación”.

Ambos hablaban del Estado como herramienta de redistribución del ingreso. “Qué obstáculos deben impedir al gobierno, luego de consolidar el Estado sobre bases fijas y estables, para no adoptar unas providencias que aun cuando parecen duras para una pequeña parte de individuos, por la extorsión que pueda causarse a cinco mil o seis mil mineros, aparecen después las ventajas públicas que resultan con la fomentación de las fábricas, artes, ingenios, y demás establecimientos en favor del Estado y de los individuos que las ocupan en sus trabajos. Si bien eso descontentará a cinco mil o seis mil individuos, las ventajas habrán de recaer sobre 80 mil o 100 mil”, apuntaba Belgrano.

La idea era “hacer feliz al pueblo” a través de un sector público que dirigiera sus políticas en favor de las mayorías, que pensara en el mercado interno y fuera proteccionista desde la perspectiva comercial. “Se pondrá la máquina del Estado en un orden de industrias lo que facilitará la subsistencia de miles de individuos”. Además, el objetivo “será producir en pocos años un continente laborioso, instruido y virtuoso, sin necesidad de buscar exteriormente nada de lo que necesita para la conservación de sus habitantes”. Bastante más que un soñador preocupado solo por símbolos…

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