Editorial
01/06/2019

Es insólito que se pierdan y desperdicien alimentos

Casi un tercio de los alimentos que se producen cada año en el mundo para el consumo humano se pierden o desperdician. Se trata de aproximadamente 1.300 millones de toneladas, según advierte un estudio que se llama “Pérdidas y desperdicio de alimentos en el mundo”. La investigación contó con la elaboración del Instituto de Alimentos y Biotecnología de Suecia (SIK) a instancias de la FAO.

Entre otras conclusiones, el estudio establece que tanto los países industrializados como aquellos que están en desarrollo, dilapidan más o menos la misma cantidad: 670 y 630 millones de toneladas de alimentos respectivamente. Por otro lado, de manera anual los consumidores de los países ricos desperdician prácticamente la misma cantidad de alimentos que la totalidad de la producción neta de África Subsahariana: 222 millones de toneladas contra 230.

La investigación también establece que las frutas y hortalizas, junto con las raíces y los tubérculos, presentan las tasas más altas de desaprovechamiento. Paradojas de la civilización “agroindustrial”, la cantidad de alimentos que se pierde o desperdicia cada año equivale a más de la mitad de la cosecha mundial de cereales.

El informe que hizo suyo la FAO distingue entre pérdidas y desperdicio de alimentos. El primer ítem es más elevado en los países “en desarrollo” a raíz de la precariedad de las infraestructuras, el bajo nivel tecnológico y la falta de inversiones en los sistemas de producción. Las pérdidas pueden registrarse tanto en la fase de producción, como en la recolección, el período post-cosecha o en el procesamiento de los alimentos.

En cambio, el desperdicio es un problema mayor en los países industrializados. En la mayoría de los casos, tienen incidencia tanto los comercios minoristas como los consumidores, que arrojan alimentos perfectamente comestibles a la basura. El desperdicio por cápita entre los consumidores va de 95 a 115 kilos anuales en Europa y los países de Norteamérica, mientras que en el centro-sur de África, en Asia meridional y el Sudeste asiático, “solo” se tiran entre 6 y 11 kilos por persona.

Hay que decir que la producción total de alimentos por cabeza para el consumo humano se sitúa en alrededor de 900 kilos por año en los países ricos, poco menos del doble en relación a los 460 kilos que se producen en las regiones más pobres. En los países que siempre están “en vías de desarrollo”, el 40 por ciento de las pérdidas tiene lugar en las fases post-cosecha y procesado, mientras que en los países industrializados más del 40 por ciento de las pérdidas se registra a nivel de las ventas por menor y cuando el producto ya está en manos del consumidor.

Las pérdidas durante la recolección y el almacenaje se traducen en disminuciones en los ingresos para los pequeños campesinos. También, en precios más elevados para los consumidores pobres, según señala el informe.

Reducir las pérdidas podría significar “un impacto inmediato y significativo” en los medios de subsistencia y la seguridad alimentaria.

Por otro lado, tanto la pérdida como el desperdicio suponen el desaprovechamiento de importantes recursos, entre ellos, agua, tierras, energía, mano de obra y capital. Además, se producen innecesariamente gases de efecto invernadero, de manera que el funcionamiento que describimos del sistema alimentario contribuye al calentamiento global y al cambio climático.

Hay sugerencias prácticas en el informe para reducir sustancialmente tamaño dislate. Recordemos que mientras están vigentes los guarismos que traemos a colación, la cantidad de hambrientos en el planeta está poco por debajo de los mil millones de personas, contrapartida que deja al desnudo la absoluta irracionalidad de la economía globalizada. Para los países “en desarrollo”, la FAO aconseja fortalecer la cadena del suministro alimentario, con medidas de apoyo a los pequeños campesinos para que enlacen directamente con los compradores. Se debería invertir más en infraestructura, transporte, procesado y empaquetado.

Por otro lado, en los países de ingresos medios y altos, las pérdidas y desperdicios proceden en su mayor parte del comportamiento del consumidor, pero también de la falta de comunicación entre los diferentes actores de la cadena de abastecimiento. Además, la apariencia adquiere demasiada importancia: en la venta minorista, se desperdician grandes cantidades de alimentos a raíz de las normas de calidad que dan excesiva importancia a la apariencia.

En este sentido, según la FAO hay encuestas que indican que los consumidores estamos dispuestos a comprar productos que no cumplan las exigencias de apariencia, siempre que sean inocuos y tengan buen sabor. De esta forma, los consumidores tienen la facultad de influenciar en los estándares de calidad. Otro curso de acción consiste en la venta de los productos agrícolas a los consumidores de forma más directa, sin tener que cumplir las normas de calidad de elegancia de los supermercados. Cambios que no pueden esperar.

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