18/05/2019

Volver a pensar en las ideas como fuente de poder

En los primeros tramos del siglo XX, una flota integrada por navíos británicos, alemanes e italianos intervino en Venezuela por orden de sus gobiernos, para hacer efectiva por la fuerza la cancelación de ciertas deudas que la nación sudamericana mantenía con bancos de esas nacionalidades. Por entonces, el actual “garante” de la libertad y la democracia, Estados Unidos, observó perplejo la situación y se abstuvo de actuar. Fue un argentino el que alzó su voz frente a semejante abuso de poder.

Por entonces, Luis María Drago era ministro de Relaciones Exteriores de la Nación. Cabe reconstruir la escena: en 1902 la Argentina era un país que recién terminaba de alcanzar su actual integridad territorial y había aumentado notoriamente su población gracias al aporte inmigrante. La industrialización quedaba lejos todavía y la dinámica de su economía guardaba íntima relación con la exportación de materias primas, reclamada por el imperio británico.

Sin embargo, la clase gobernante de entonces, heredera en pensamiento y acción de la generación del 80, miraba a los Estados Unidos con ojos muy distintos a los de hoy. Es decir, a pesar de su apego a las ideas del librecambio y su vocación por el desarrollo capitalista, pensaba sinceramente que la Argentina debía jugar un rol de trascendencia en el concierto de las naciones, en clara disputa con los estadounidenses por el liderazgo continental.

En ese contexto, Drago redactó una nota diplomática remitida al gobierno de Estados Unidos ante el intervencionismo europeo. En ella afirmaba que la deuda pública de los latinoamericanos no podía ser invocada para usar la fuerza contra ellos. Sostenía también que la soberanía de una nación no podía ser violada para forzar el pago de una deuda. Así nacía la formulación y aplicación del principio de no intervención.

Se trata de la conducta que siguió el país e impulsó en cuanta tribuna internacional se le abriera durante todo el siglo XX. Sólo cambió cuando con el menemismo en el poder, se elaboró la política de las “relaciones carnales”, frase tristemente célebre que acuñó el ya desaparecido ex-ministro Di Tella. Hasta ese momento y quizá también a raíz de su cercanía con el Tercer Mundo y el Movimiento de Países No Alineados, la Argentina se había convertido en un paladín de la no intervención.

En los tiempos de Drago, el país permanecía distante de los polos de poder, pero era ambicioso en cuanto a sus posibilidades de proyección externa. Por eso recurrió con criterio y creatividad al derecho, hoy convertido en “insignificante recurso de los débiles”. El ministro de Relaciones Exteriores había comprendido que la defensa de los intereses nacionales estaba ligada a la salvaguarda de principios básicos que debían –y deben- regir la convivencia entre las naciones.

En el presente, el país adopta vergonzosas actitudes en materia de política exterior, entonces no viene mal recordar las consecuencias de aquella posición valiente. No sólo se evitó el cobro compulsivo de la deuda venezolana, sino que se incrementó el prestigio y la influencia externa de la Argentina. Desde entonces, la Doctrina Drago se convirtió en una pieza medular del derecho internacional.

Pero atención, Drago está lejos de integrar el staff de los próceres “nacionales y populares”. Familiarmente tenía que ver con las experiencias más rancias de la oligarquía argentina, a tal punto que era nieto de Bartolomé Mitre y desde ya, trabajó en “La Nación”, donde fue editor en 1881. Pero después se consagró al derecho y a la política, para más tarde ingresar a los Tribunales, carrera que interrumpió para ocupar el Ministerio de Relaciones Exteriores durante la segunda presidencia de Roca, ocasión en la que tuvo lugar su más feliz intervención.

Se dice que sorprendió a propios y extraños con sus habilidades jurídicas, precisamente al formular la doctrina que después se identificó con su apellido. Internacionalmente, merecieron comentarios favorables sus conductas durante la Segunda Conferencia de Paz, que se celebró en La Haya en 1907. En la misma época, aceptó la invitación de Estados Unidos y Gran Bretaña para integrar el tribunal árbitro en la controversia sobre los derechos de pesca en el Atlántico Norte en 1909.

Según afirma una estudiosa de las relaciones internacionales contemporáneas, Susan Strange, “el poder deriva de tres fuentes: la fuerza, la riqueza y las ideas”. En su situación de país periférico y con fuerzas armadas mínimas en términos relativos, para la Argentina el papel de las ideas vigoriza su importancia. Tanto en su dimensión de conocimiento como de imaginación. Si el saber y la creatividad siguen constituyéndose en atributos de poder, aquí no faltan ni el uno ni la otra. Sólo brilla por su ausencia la voluntad política de erigirse en protagonistas. Como en aquella coyuntura de comienzos del siglo XX.

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