Editorial
16/05/2019

La angustia ensombrece a la Armada en su día

El Día de la Armada sorprende a la institución en una coyuntura inédita: familiares de los tripulantes del ARA “San Juan” prestan por estos días declaración ante el Juzgado Federal santacruceño que investiga su hundimiento. En particular, se trata de quienes actuaron como veedores durante las tareas de búsqueda a bordo del navío “Seabed Constructor”, el cual finalmente dio con el submarino el 17 de noviembre último.

Algunos de los declarantes son también querellantes en la causa. Hay que recordar que después de un período en que la angustia se instaló en todos los argentinos y argentinas, el buque estadounidense halló al ARA “San Juan” en el Atlántico Sur, a 907 metros de profundidad. Aún existen velos de incertidumbre sobre las causas que originaron la tragedia y sobre las responsabilidades que pudieran caber.

En esa atmósfera, la fuerza se celebra. La conmemoración se estableció a través de un decreto del expresidente Arturo Frondizi y se puso en práctica en 1960. Se eligió esta fecha porque ese día, la incipiente marina patriota lograba la victoria de Montevideo, hecho que tuvo importancia fundamental en el curso posterior de la Revolución de Mayo. Gracias a ese triunfo naval, no solo cayó más tarde la futura capital uruguaya, además la expedición que partió desde España para recuperar a las colonias tuvo que elegir otro puerto.

Estaba al mando de la escuadra de Buenos Aires el almirante Guillermo Brown. Conocedor, el irlandés sostuvo ante las autoridades de las Provincias Unidas que sin bloquear el puerto de Montevideo, la plaza resistiría durante mucho tiempo el asedio solo terrestre. Como se sabía que en forma inminente partiría desde la península ibérica una expedición considerable que podría elegir a la Banda Oriental para desembarcar, se aceptó su plan.

La fuerza que se envió a combatir contaba con nueve buques y 147 cañones. Los realistas tenían superioridad numérica: 11 embarcaciones de 155 cañones. El jefe patriota tuvo que mover las neuronas para achicar la desventaja. En primer término, simuló una retirada hacia mar abierto para inducir la persecución del enemigo. Brown logró su cometido y cuando advirtió que la treta daba resultados, cambió el rumbo y se interpuso entre la flota adversaria y la ciudad sitiada. Desde esa posición, presentó batalla.

El combate arrancó el 15 y arribó a su desenlace dos días después. En la última de las jornadas, la fragata “Hércules”, que era el buque insignia, entró en las aguas de Montevideo al perseguir a los buques enemigos. Dos buscaron refugio al amparo de la fortaleza del Cerro y otros tres se ubicaron bajo los muros de la ciudad. La fuerza española había abandonado la lucha. Desde entonces, los barcos patriotas establecieron un cerrado bloqueo, que derivó en la rendición de la plaza a manos del ejército sitiador.

Buenos Aires recibió la buena nueva por intermedio del teniente Lázaro Roncayo, oficial de la sumaca “Itatí”. Brown la había comisionado para conducir el parte de rigor. El pueblo porteño manifestó su júbilo y como era costumbre, llevó al marino de la escuadra vencedora en andas hasta el fuerte. A partir de entonces y en particular, desde 1816, la Armada se concentró en defender la soberanía de las aguas argentinas.

Antes del triunfo de Montevideo ya existía una escuadrilla propia. La historia naval relata que fueron dos los hombres que forjaron aquella primera fuerza: Juan Bautista Azopardo y Francisco de Gurruchaga. El primero era maltés de origen, marino corsario al servicio de Francia. El segundo, por entonces diputado de la provincia de Salta. Las autoridades lo designaron ya que había sido teniente de fragata en la Real Armada y de hecho, veterano de Trafalgar.

Como el resto de las fuerzas armadas, en más de una ocasión la Armada Argentina perdió la brújula y dirigió sus armas contra el pueblo, alejándose de su misión específica. Gozan de suficiente difusión los hechos que tuvieron lugar durante la última dictadura pero no está de más recordar que el 16 de junio de 1955, decenas de aviones de la Aviación Naval sembraron la Plaza de Mayo con bombas de fragmentación y provocaron una inmensa mortandad en la gente que se manifestaba.

No deben ingresar las fuerzas armadas en “las pasiones de facción”, como decía Tomás Guido, que justamente, tuvo a su cargo armar la flota expedicionaria al Perú. Se impone que la Armada tome nota de los cambios que se registraron en el planeta en los últimos 20 años y advierta que los enemigos de la soberanía nacional no están fronteras adentro sino en aquellas grandes capitales donde aspiran a contar con nuestros recursos naturales para sus trasnacionales. Pero cuidar su escaso equipamiento y a su gente, aparece como primera e ineludible tarea.

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