Editorial
08/05/2019

Dejar de juzgar por el color de la piel

Como nunca se concretaron a pesar del medio siglo que transcurrió, aquellos anhelos tienen vigencia plena. “Tengo un sueño: mis cuatro pequeños hijos vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter”. Otro: “un día en las rojas colinas de Georgia, hijos de antiguos esclavos e hijos de antiguos dueños de esclavos, podrán sentarse juntos, en la mesa de la hermandad”. Deseos que expresara Martin Luther King.

Transcurrían los 60, “década brillante y heroica”, como decía un viejo cantautor argentino. En África y Asia, se multiplicaban los movimientos que procuraban conquistar la independencia de sus respectivos países. En el sudeste asiático, se desarrollaba una conflagración horrible que marcaría un antes y un después en la historia militar estadounidense. Justamente, en el país agresor ultimaban un presidente. En Checoslovaquia intentaban sacudirse la

Cortina de Hierro y el Tercer Mundo insistía en ubicarse en lugar equidistante entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

También se terminaba el período de mayor auge económico, que había arrancado al término de la Segunda Guerra Mundial. Europa se había reconstruido, Japón volvía a escena, la URSS apuraba sus planes quinquenales para no quedar muy lejos de las potencias occidentales, los países subdesarrollados adoptaban estrategias de sustitución de importaciones, mientras la economía estadounidense crecía a un paso arrollador.

Monedas corrientes en aquellos tiempos eran la intolerancia a nivel internacional, la falta de respeto a la autodeterminación de los pueblos y los daños que se producían al ambiente como consecuencia del industrialismo. Como ahora… Pero en la “democracia más grande del mundo” sobrevivía la discriminación racial. La población negra de Estados Unidos vivía en condiciones de ciudadanos de segunda.

Los afroamericanos representaban la cuarta parte de la población estadounidense. En determinados estados, la discriminación no solo era un gesto social, sino un status normativo. Por ejemplo, los afroestadounidenses no podían asistir a la misma escuela que sus compatriotas de tez blanca. Tampoco se les permitía concurrir a los mismos clubes deportivos o compartir iglesias. En los transportes públicos, debían viajar de pie.

A comienzos de la década empezaron a elevar su voz las organizaciones que se conformaron para reclamar la plena vigencia de los derechos civiles de los negros, pero su característica común era la debilidad. Como contrapartida, el Ku Klux Klan gozaba de fortaleza, de respaldo en el poder político y de absoluta impunidad. En ese contexto comenzó a soñar Martin Luther King. Venía del sur, en particular de Atlanta.

Era hijo de una maestra rural y de un pastor. A los 15 años ingresó a la universidad y fue electo como el primer representante estudiantil negro. En 1948 se recibió de sociólogo y en 1953 se casó con Coretta Scott, quien prosiguió con su lucha. En 1955 recibió el título de Derecho Teológico en la Universidad de Boston y siguió los pasos de su padre, a quien sustituyó como pastor en una iglesia de Alabama.

Su acción de protesta cívica comenzó en 1956, cuando organizó un boicot contra el servicio de transporte, que obligaban a los negros a ceder el puesto a los blancos. Como la práctica fue removida legalmente, sus acciones comenzaron a conocerse en todo el territorio estadounidense. Cuando se mudó a Atlanta, organizó multitudinarias manifestaciones pacíficas, en clara emulación de Gandhi.

Varias veces resultó golpeado por la represión policíaca, junto a sus compañeros. También conoció el calabozo, pero con centenares de discursos y escritos, se creó un ambiente de presión en todo el país, que trascendió a la población negra. El hecho histórico que marcaría el antes y el después tuvo lugar el 28 de agosto de 1963, cuando se concentraron en Washington más de 250 mil personas, no solo negras, para coronar una marcha que había arrancado en Birmingham (Alabama).

Ese día fue cuando pronunció el discurso que pasó a la posteridad bajo el título “Yo tengo un sueño”. Su pensamiento central: un mundo donde el color de la piel no sea determinante, sino las ideas y sentimientos. Como resultado de su prédica, en 1964 el Congreso aprobó el Acta de los Derechos Civiles. En 1965, hizo lo propio con el Acta del Derecho al Voto en todos los estados de la Unión Americana.

El reconocimiento a su lucha cobró relieve internacional cuando recibió el Premio Nobel de la Paz. Es que King evidenció su solidaridad con todas las tragedias, entre ellas, la invasión que su país perpetraba contra Vietnam.

Cuando un tal James Ray terminó con su vida, medios de difusión y organismos gubernamentales instalaron la hipótesis del fanático racista de actuación individual. Nunca se quiso avanzar sobre los autores intelectuales del homicidio. Más de cinco décadas después, la tarea permanece inconclusa.

Dejar un comentario
Ranking de noticias
Más Leidas