Editorial
07/05/2019

El mundo nunca deja de guerrear

Con vocación de “Nunca más”, el 8 y el 9 de mayo de cada año son Jornadas de Recuerdo y Reconciliación en Honor de Quienes Perdieron la Vida en la Segunda Guerra Mundial. Instaló las fechas la Asamblea General de la ONU, al considerarlas ocasión propicia, “sin perjuicio de que los Estados Miembros dediquen otras fechas a la victoria, la liberación o la conmemoración”. El objetivo es “rendir homenajes a todas las víctimas” que se llevó la inmensa conflagración, “en forma apropiada”.

Para la ONU no se trata de una efeméride más, porque la finalización de las hostilidades estableció las condiciones que permitieron su creación “para preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”. El recuerdo de tamaña hecatombe tampoco viene mal para realzar el papel fundamental que con todas sus falencias, despliega la ONU. Además, se renueva el clamor: que los gobiernos “hagan todo lo posible para resolver las controversias por medios pacíficos, de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas y sin poner en peligro la paz y la seguridad internacionales”.

Más allá de la vocación unitaria de la entidad internacional, en general suele considerarse al 9 de mayo como Día de la Victoria, al admitir Alemania su derrota a manos de la entonces Unión Soviética y los aliados occidentales. En realidad, la rendición incondicional se había firmado el día anterior a las 22.43 hora local, ante los jefes del Ejército Rojo. Otra acta se había rubricado en Reims, el 7 de mayo, en el cuartel general de Eisenhower.

Los sucesos habían comenzado a precipitarse en la madrugada del 30 de abril de 1945, cuando Hitler se había suicidado. La defensa de Berlín se agotó y la capital alemana quedó en poder de las tropas soviéticas. En el Pacífico, la muerte se paseó oronda varios meses más, hasta que Estados Unidos lanzó dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, con la muerte prácticamente en el acto de 120 mil personas, en su mayoría, no combatientes.

Formalmente, el cese de hostilidades se firmó el 2 de septiembre de 1945 en la cubierta del acorazado “Missouri”, que estaba anclado en el Golfo de Tokio. Con el acto, se puso fin a un período de pesadilla que había comenzado el 1º de septiembre de 1939, cuando tropas alemanas invadieron Polonia. En cuatro meses, se cumplirán 90 años del comienzo de aquella hecatombe de proporciones inimaginables.

En el Pacífico y oriente de Asia, los torrentes de fuego y metralla comenzaron a descargarse desde el 7 de diciembre de 1941, cuando la flota y aviación japonesa atacaron Pearl Harbor. Durante el año siguiente, las fuerzas imperiales ocuparon buena parte de China, las costas australianas, Filipinas, Indonesia y la totalidad del sudeste asiático. El Eje Berlín-Tokio procuraba repartirse el mundo sin economizar sangre.

Con la finalización de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética se erigieron como superpotencias que rivalizarían en el ejercicio de la hegemonía mundial. No mucho tiempo después se originaría el período de la Guerra Fría, se desataría la carrera atómica y unos años más tarde, los antiguos imperios coloniales -sobre todo Gran Bretaña y Francia- darían paso al proceso de descolonización de África y Asia, a raíz de las presiones que ejercieron los movimientos de liberación nacional.

El territorio del Tercer Reich sufrió amputaciones. Prusia Oriental se repartió entre Polonia y la URSS mientras que Pomerania y Silesia quedaron en jurisdicción polaca, según Gran Bretaña, Estados Unidos, la URSS y Francia acordaron en Potsdam. Alemania se dividió en cuatro zonas militares de ocupación, tres de ellas –la francesa, la británica y la estadounidense- confluyeron en la República Federal Alemana a partir de 1949. El área bajo control soviético se convirtió en la República Federal Alemana o Alemania Oriental.

Berlín también se dividió en cuatro zonas hasta el 12 de septiembre de 1990, cuando se firmó el Tratado sobre el Acuerdo Final con Respecto a Alemania, que firmaron las cuatro potencias victoriosas y los dos gobiernos alemanes. Pocos días después, el 3 de octubre del mismo año, se concretó la reunificación y el país recuperó su soberanía. Sin embargo, las consecuencias del conflicto no se agotan, a pesar del paso del tiempo.

Durante seis años, la Segunda Guerra Mundial se cobró más vidas, destruyó más tierras y propiedades que cualquier otra guerra. De los 55 millones de personas que murieron, seis eran judíos que dejaron de existir en los campos nazis de concentración y exterminio. Los primeros en conocer el horror habían sido los opositores políticos al régimen nazi, en general, comunistas y socialdemócratas. También sufrieron el patíbulo gitanos y homosexuales pero a pesar de las dimensiones dantescas de aquella tragedia, el mundo nunca dejó de guerrear. Incluso ahora crepitan las armas…

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