Editorial
29/04/2019

Hubo un tiempo en que los adinerados en serio hacían revoluciones

Los nombres que más se mencionan o traen a colación cada vez que se evoca la Revolución de Mayo son los de Belgrano, Moreno, Castelli, Saavedra o Monteagudo. Pero no hay que perder de vista que, como en todo movimiento colectivo, también jugaron un rol importante personajes que por los designios de las narraciones históricas, quedaron en segundo o tercer plano. Es el caso de Nicolás Rodríguez Peña, un pilar de la gesta emancipadora.

Fue funcionario gubernamental y soldado de la independencia pero está a la vista que su desempeño no cautivó tanto a investigadores o divulgadores. Al igual que buena parte de sus futuros compañeros, se consagró a la vida militar a partir de 1795, cuando ingresó como cadete al Regimiento Fijo de Caballería de Buenos Aires. Participó de la reconquista de la capital después de que cayera en manos inglesas y poco tiempo después, se convirtió en uno de los más fervientes impulsores del proceso que hizo eclosión el 25 de mayo de 1810, a la par de Hipólito Vieytes y precisamente, Moreno y Castelli.

Hombre de recursos económicos, en realidad era propiedad suya la célebre Jabonería de Vieytes, local donde se ejercía esa actividad comercial. En aquel entonces, su casa quinta quedaba en las afueras de la aldea y allí, se congregaron en más de una ocasión los futuros revolucionarios para coordinar los primeros movimientos. De la misma manera funcionó su hogar, que se levantaba en Buenos Aires: Rivadavia 867, según la nomenclatura actual.

En cada ambiente de la casa de Rodríguez Peña tuvo lugar un capítulo de la historia que antecedió a la Revolución. Allí mismo, en particular en el comedor, se le puso fin a la efímera Junta de Gobierno que habían ideado los realistas, desesperado manotón de ahogado que había pensado el virrey Cisneros. Horas después, se redactó en el mismo escenario la convocatoria para el Cabildo Abierto del 25 de mayo.

A raíz de su experiencia militar, Rodríguez Peña marchó junto a Castelli en la primera expedición al Alto Perú y le cupo el honor de participar de la batalla de Suipacha, que según los historiadores fue el primer triunfo de las armas patriotas. Aseveración que no está exenta de polémica. Aquella acción ya permitió vislumbrar el sendero que tomaría la historia argentina durante los siguientes 70 años, es decir, las diferencias a veces irreconciliables entre porteños y provincianos.

El relato más usual señala que hacia la segunda mitad de 1810, el Ejército Expedicionario al Alto Perú hacia allí marchaba, al mando de Antonio González Balcarce. El propósito de la expedición era lograr la adhesión de las cuatro intendencias que constituían el actual territorio boliviano, que por entonces formaban parte del Virreinato del Perú aunque en verdad, ya se habían producido manifestaciones de apoyo a Buenos Aires.

En Cochabamba, por ejemplo, fue particularmente sangrienta la represión que ordenaron los realistas y ante las noticias que llegaban desde el sur, un importante ejército maturrango aguardaba en Cotagaita. Realistas y revolucionarios midieron fuerzas por primera vez allí, el 27 de octubre de 1810, pero ninguna de las partes estuvo en condiciones de adjudicarse la victoria. Los contingentes patriotas se concentraron en Nazareno, Rodríguez Peña incluido.

Desde ese sitio, la vanguardia salteña a las órdenes de Güemes y las tropas que habían llegado de Buenos Aires, atacaron el campamento que los realistas habían levantado en Suipacha. Al parecer, la sorpresa fue tan grande que los godos se precipitaron en una fuga desordenada y dejaron toda la artillería en manos de los patriotas. En concreto, la de Suipacha fue la única victoria que lograron las armas patriotas en su intento por recuperar el Alto Perú.

En aquellos tiempos, la oficialidad que estaba sobre el terreno no entendió por qué Buenos Aires ordenaba no avanzar más allá de las antiguas fronteras del Virreinato del Río de la Plata y negociar con el enemigo. Esa vacilación, una de las tantas que se registraron entre 1810 y 1824, permitió a los realistas ganar tiempo, recibir refuerzos y armamentos. Después de Huaqui, Rodríguez Peña abandonó el teatro de operaciones.

En 1811 bajó hacia la antigua capital virreinal para integrar la Junta Grande pero se alejó después del movimiento del 5 y 6 de abril. Retornó a las cercanías del poder en 1812, cuando formó parte del Segundo Triunvirato. Por cuestiones de política interna, conoció el confinamiento en San Juan y después en Mendoza. Allí colaboró con San Martín, que preparaba la expedición a Chile. Después, eligió ese país para residir y allí falleció en 1853. Sus restos fueron restituidos a la Argentina, justamente en ocasión del primer centenario de la revolución que había protagonizado. Nació un 30 de abril, pero de 1775.

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