Editorial
22/04/2019

A quien compre un libro hay que darle una medalla

Sobre todo las pymes del sector editorial, atraviesan una coyuntura desesperante. A días de que arranque la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, pueden anticiparse los lamentos y demandas que más allá de sus facetas más estelares, jalonarán el máximo acontecimiento de la industria. El bajón que afecta al mundo del libro se lleva por delante puestos de trabajo no sólo en las plantas de impresión, también es el caso de correctores, diseñadores, traductores e ilustradores.

Según la Federación Argentina de la Industria Gráfica, entre 2016 y 2018 se perdieron 5.100 empleos a raíz de la retracción en el consumo y también, como consecuencia de la importación de servicios gráficos. Es que con su política de “volver al mundo”, la administración Cambiemos eliminó restricciones aduaneras que hicieron añicos las posibilidades de editar libros en la Argentina.

Semanas atrás, el director de una editorial pública rionegrina le decía a este diario que buena parte de los lanzamientos de las grandes editoriales se imprimen en China y que cuando se trata de literatura escrita originalmente en inglés, francés, ruso, alemán u otros idiomas, debemos contentarnos con traducciones hechas en algún suburbio español. Otra vez aquello de la tragaperras y los gilipollas…

2018 fue el cuarto año consecutivo en la caída, con una merma del 35 por ciento. Y nada indica que en 2019 se pueda poner fin al desmoronamiento. La Cámara del Libro (CAL) se integra con las pequeñas y medianas editoriales, más las universitarias. Según sus cuentas, mientras en el primer semestre de 2016 se publicaron alrededor de 10 millones y medio de ejemplares, en el mismo período de 2018 apenas se pudieron superar los seis millones.

Por su parte, la Cámara Argentina de Publicaciones (CAP) representa aproximadamente al 70 por ciento del mercado. Según su evaluación, la baja comenzó entre 2015 y 2016, cuando registró una caída en las ventas del 12 por ciento. Otro sucedió en 2018, con una retracción del 5 por ciento. La debacle también afectó a la importación, que se redujo un 10 por ciento. Y como la preocupación del sector público se reduce a lograr reducciones en su déficit, el Estado nacional suspendió la adquisición de libros.

La tormenta parece perfecta: después de eliminar obstáculos aduaneros y destruir la producción nacional, las desacertadas políticas cambiarias generaron que con la devaluación del peso, sólo en 2018 el precio del papel aumentara un 100 por ciento. A diferencia de la industria discográfica, donde la digitalización se llevó por delante los formatos físicos, el libro no sólo sobrevive como objeto, además tiende a embellecerse. La contraparte es que requiere de transporte, otro de los problemas que afronta al aumentar el 80 por ciento los combustibles. Los fletes y servicios de encomienda no pudieron quedarse atrás.

Ni siquiera las grandes editoriales zafan. Al financiarse con bancos, afrontar tasas de interés que superaron durante 2018 el 80 por ciento, se torna imposible. Durante el año en curso, una de las líderes prevé reducir el 20 por ciento la edición de títulos respecto a 2018 cuando de 400 nuevos ya se había pasado a 300. Las permanentes devaluaciones también hicieron estragos en las importaciones porque si las editoriales definieran los Precios de Venta al Público en coherencia con la evolución del dólar, nadie podría comprar.

Traemos a colación estas consideraciones porque como cada 23 de abril, se conmemora hoy el Día del Libro y del Derecho de Autor, a instancias de la UNESCO. A ojos argentinos, se trata de la celebración más oscura de los últimos tiempos porque según testimonios del sector, ni siquiera en 2001 se cayó tan bajo. Ante el panorama, fomentar la lectura, la industria editorial y la protección de la propiedad intelectual a través del derecho de autor, parece una utopía pero quizá sea más necesaria que nunca.

La fecha se eligió porque por una curiosa coincidencia, Cervantes, Shakespeare y Garcilaso de la Vega fallecieron el 23 de abril de 1616. Además de esas figuras consulares, un 23 de abril también nacieron o murieron otros escritores eminentes, como Maurice Druon, Vladimir Nabokov, Josep Pla o Manuel Mejía Vallejo. Es inevitable entonces resaltar carácter tan simbólico para la literatura universal.

La propuesta de la UNESCO consiste en rendir un homenaje mundial al libro y a sus autores, además de alentar a todos y todas, en particular a los más jóvenes, a descubrir el placer de la lectura y respetar la irreemplazable contribución de los creadores al progreso social y cultural. Inicialmente, surgió la propuesta en Cataluña, donde es tradición en coincidencia con la jornada, regalar una rosa a quien hoy adquiera un libro. En la Argentina, habría que sumarle una condecoración…

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