Editorial
11/04/2019

Cuidar la salud mental de adolescentes y jóvenes

En la adolescencia y en los primeros años de la adultez se suelen producir significativos movimientos trascendentales para la vida: cambios de colegio o de hogar, entrada en la universidad o en el mundo laboral. Para muchos puede tratarse de una época apasionante, pero también esos cambios acostumbran a generar estrés e incluso, aprensión. En algunos casos, si tales situaciones no se reconocen y controlan, pueden derivar en enfermedades mentales.

El 10 de octubre de cada año, a instancias de la Organización Mundial de la Salud (OMS) se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental. La entidad llamó la atención, cuando a punto de expirar la segunda década del siglo XXI, hay nuevas amenazas sobre el bienestar, entre ellas, el uso cada vez mayor de las tecnologías en línea. Éstas sin duda aportan muchos beneficios en la cotidianeidad, pero también generan tensiones adicionales, ya que cada vez es mayor la conexión a las redes virtuales en cualquier momento, ya sea de día o de noche.

Además, son muchos los y las adolescentes que viven en zonas que están afectadas por emergencias humanitarias, tales como conflictos, desastres naturales y epidemias. Las y los jóvenes que atraviesan estas situaciones son particularmente vulnerables a padecer angustia y a las enfermedades mentales. En este sentido, la OMS aportó que la mitad de los casos de enfermedades mentales comienzan antes de los 14 años, pero la mayoría ni se detecta ni se trata.

La problemática tiende a ganar gravedad cuando se analiza que con respecto a la carga de morbilidad entre los adolescentes, la depresión ocupa el tercer lugar. Ésta es un trastorno mental frecuente, que se caracteriza por la presencia de tristeza, pérdida de interés o placer, sentimientos de culpa o falta de autoestima, trastornos del sueño o del apetito, sensación de cansancio y falta de concentración.

Por su parte, el suicidio es la segunda causa de muerte entre los 15 y los 29 años. A escala global, quitarse la vida figura entre las 20 causas de defunción más importantes a todas las edades. Cada año se suicida casi un millón de personas. Además, todo el mundo sabe que el uso nocivo del alcohol y de las drogas ilícitas entre los adolescentes es un gran problema en muchos países y puede generar comportamientos peligrosos, como las prácticas sexuales de riesgo o la conducción temeraria.

Frente a este panorama, el reconocimiento de la importancia que tiene la creación de resiliencia mental va en aumento, según aportó la OMS. La tarea debe acometerse desde las edades más tempranas, si es que se quiere hacer frente a los retos que plantea el rumbo actual que adoptó la civilización. Plantean los conocedores de la temática que cada vez son más numerosas y categóricas las pruebas: la promoción y la protección de la salud del adolescente es beneficiosa. No solo para la salud a corto y a largo plazo de los directamente involucrados, sino también para la economía y la sociedad.

En tiempos en los que las políticas de exclusión vuelven a apoderarse de la Argentina, hay que plantear que adultos jóvenes sanos podrán contribuir mejor a la fuerza laboral, a sus familias y a la sociedad en su conjunto. Desde ya, la prevención empieza por un mejor conocimiento. Según los especialistas, es mucho lo que se puede hacer para ayudar a crear resiliencia mental desde edades tempranas con el fin de evitar la angustia y las enfermedades mentales entre los adolescentes y los adultos jóvenes, así como para tratar las enfermedades mentales y lograr la recuperación.

La prevención comienza por conocer y entender signos y síntomas precoces que alertan sobre la inminencia de una enfermedad mental. Padres y profesores pueden contribuir a crear en los niños y adolescentes aptitudes que les ayuden a hacer frente a los retos que encontrarán cada día, tanto en casa como en la escuela. En las instituciones de la enseñanza y otros entornos comunitarios se puede prestar apoyo psicosocial pero desde ya, es necesario iniciar, mejorar o ampliar la capacitación de los profesionales sanitarios, para que puedan detectar y tratar los trastornos mentales.

La inversión pública y la participación de los sectores que tienen que ver con el desarrollo social, la salud y la educación en programas integrales son determinantes. Su tarea debe integrarse y basarse en las evidencias que sustentan la salud mental de los jóvenes. La inversión debe vincularse con programas que den a conocer a los adolescentes y a los adultos jóvenes cómo cuidar su salud mental. También, que ayuden a sus compañeros, padres y maestros a saber cómo prestar apoyo a sus amigos, hijos y alumnos.

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