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EDITORIAL

10/04/2019

Políticas públicas contra la frialdad de los datos

Hace tiempo que sabemos que la dieta “histórica” de argentinos y argentinas no es la más sana pero, sin embargo, pareciera que estamos poco dispuestos a modificarla. Las consecuencias se hacen notar expresándose en pérdida de años de vida saludable o, lisa y llanamente, en muertes prematuras. Las enfermedades del corazón o los accidentes cerebrovasculares se erigen en resultados concretos de la desatención.

La conclusión se explica estadísticamente con lujo de detalles en el informe Carga Mundial de Enfermedad (GBD, por sus siglas en inglés), que realizó y periódicamente actualiza el Instituto para la Medición y la Evaluación de la Salud, que funciona en la Universidad de Washington. El trabajo contó con la colaboración de 488 científicos de 50 países. Por parte de la Argentina, participó el Instituto Malbrán.

El estudio generó una cantidad increíble de datos, entre ellos, factores de riesgo, principales enfermedades, causas de discapacidad, expectativa de vida y expectativa de vida saludable. La mirada de los investigadores se detuvo en 198 países, entre ellos, la Argentina. En consecuencia, hay que decir que los hábitos alimentarios perniciosos se convierten una vez más en el principal factor de riesgo para la salud.

Nuestra dieta se caracteriza por la escasa variedad de alimentos, la ingesta de altos contenidos de grasas y la escasez de verduras, frutas y carnes magras. El resultado: los argentinos y argentinas perdemos años de vida saludable, es decir, sin enfermedad. O directamente, se producen muertes en forma prematura. Datos que manejan los nutricionistas afirman que, en promedio, comemos 14 kilos de galletitas por año, exquisiteces que poseen un alto contenido de grasa. Como contrapartida, ingerimos menos de 10 kilos de pescado de manera anual.

He ahí, una de las claves: suponemos que nos alimentamos al deglutir alimentos que pueden resultar muy ricos pero que, en realidad, no son necesarios. Más bien, al contrario. Y a la inversa, no consumimos los márgenes de alimentos saludables que son recomendables. Se dice que deberíamos comer tres porciones de pescado por semana y, si bien no tenemos datos, creeríamos que nadie de nosotros llega a ese guarismo. Menos aún en la cordillera rionegrina.

Se afirma que deberíamos transitar por una variedad de 30 alimentos diferentes por semana y el asunto es que en la Argentina, no llegamos ni a los 20. Según el estudio, la esperanza de vida en las mujeres de este país supera apenas los 79 años y en varones, los 72. Si se toman en cuenta ambos sexos, la variable registró un aumento de tres años y medio entre 1990 y 2010, es decir, de 72 años y medio trepó a casi 76.

Hay que tener en cuenta que la supuesta mejoría encierra una paradoja porque es verdad que en promedio se vive más, pero también es cierto que en peores condiciones. Carga Mundial de Enfermedad estableció que la esperanza de vida saludable, es decir, los años que se viven sin enfermedad, es de menos de 65 años en la Argentina. La cosa no cambió mucho desde 1991, cuando se situaba en un poco más de 63 años.

Al parecer, las mujeres cuidan mejor de sí mismas que los hombres, porque mientras en las primeras la esperanza de vida saludable es de casi 69 años, los varones no llegan ni a 64. Mal de muchos, consuelo... Los malos hábitos alimentarios constituyen el principal riesgo para hombres y mujeres en muchos países, entre ellos, Estados Unidos. En España y Uruguay, la amenaza fundamental para la longevidad de los hombres es el tabaquismo, mientras que en Brasil causa estragos el abuso de bebidas alcohólicas.

Ya que rozamos el tema, mencionemos que en la Argentina, el abuso de bebidas alcohólicas es el principal riesgo de discapacidad para adolescentes que cuentan entre 15 y 19 años.

Desde ya, lejos estamos de operar como una excepción a la regla: el alcoholismo es también el principal riesgo de discapacidad para jóvenes en Chile, Uruguay, Paraguay, Brasil, Ecuador, Perú y Venezuela. Por demás preocupante porque si se observa la problemática por grupos de edad, resulta que la mortalidad en varones de 15 a 19 años experimentó el aumento más rápido entre todos los demás segmentos.

A escala global, las causas que más contribuyeron con ese veloz incremento fueron los accidentes de tráfico, las lesiones autoinfligidas y la violencia. Las tres son preocupantes pero las dos últimas no pueden menos que atemorizar. Las muertes a raíz de suicidios y otras formas de autodaño se duplicaron desde 1990. También hay que tener en cuenta que las muertes que derivan de la violencia se incrementaron un 50 por ciento en los últimos 25 años. A los datos de Carga Mundial de Enfermedad, habría que responder con políticas públicas.

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