Editorial
09/04/2019

No aprendimos nada de 2008

Poco más de una década atrás, el sistema financiero global se tambaleó y estuvo cerca del crack. Sus temblores conmovieron la totalidad del entramado económico. En su origen, la crisis fue de los grandes bancos de alcance trasnacional pero al extenderse, provocó una recesión cuyo precedente más cercano se encontraba en la Segunda Guerra Mundial. Sus efectos no se limitaron a Estados Unidos o Europa, se sintieron en cada rincón del planeta, aunque en diferentes gradaciones.

En sus comienzos, quedó en evidencia la irresponsabilidad que es inherente al modelo neoliberal e inclusive, el carácter criminal con el que varios directivos con responsabilidad habían actuado. Sin embargo, la indignación que se apoderó de vastos sectores de la población en los países europeos e inclusive en Estados Unidos, no alcanzó a traducirse en una corriente de opinión que adquiriera gravitación política decisiva.

Como consecuencia, de aquellos cimbronazos se salió a través de un ajuste que no respetó fronteras y debilitó las condiciones de vida de mucha gente, atentó contra sus derechos laborales y resintió la prestación de los servicios públicos. Las élites de la economía global consiguieron transferir hacia el exterior de sus sectores gran parte de los costos. También lograron que las políticas que asumieron sectores públicos y organismos internacionales no supusieran finalmente, ningún viraje drástico que afectara sus intereses.

Las crisis, las expansiones y recesiones forman parte ineludible del funcionamiento capitalista. Que las primeras comiencen en la esfera financiera también se tornó habitual. El financiero es el sector más especulativo, inestable y volátil de la economía global. El problema es que, en los últimos 40 años, adquirió proporciones gigantescas gracias al imperio del neoliberalismo y las facilidades que derivan de las nuevas tecnologías de la información.

A través de resortes que bien conocemos argentinos y argentinas, el sector financiero de la economía había propiciado antes de 2008 una alarmante situación de endeudamiento global que como contrapartida, generaba enriquecimiento rentista en las cúpulas de los fondos buitre, las consultoras, los bancos, otros fondos de inversión y demás agentes del ámbito financiero.

El endeudamiento creciente era consecuencia de la liberalización financiera pero también el resultado de las contradicciones que exacerba el modelo en vigencia: la necesidad de promover el crecimiento del consumo en un contexto de salarios congelados o a la baja y la búsqueda de mantener dinámico el comercio internacional en un mundo donde la mayoría de los países exhiben balanzas comerciales permanentemente deficitarias.

Aquella crisis tomó por sorpresa a los mandatarios, a los analistas y operadores financieros y también a la “academia”, que salvo excepciones, no tiene demasiado interés en analizar el funcionamiento real de la economía. En un punto, fue un tanto cómico cómo los adoradores del mercado y su capacidad autorreguladora, clamaron por intervenciones públicas masivas para evitar colapsos.

En una “sociedad de mercado”, la quiebra de una entidad bancaria no debería preocupar más que a sus accionistas, directivos, empleados y clientes. Pero los gobiernos de Estados Unidos y Europa salieron a financiar al conjunto del sistema financiero para evitar que aquella quiebra se tornara sistémica. Pero el “mercado” financiero no es la economía. Ésta es una compleja combinación de otros mercados, empresas y un sector público generalmente impotente.

Las empresas trasnacionales son inmensas organizaciones verticales que expanden su poder más allá de sus límites formales a través de complejas redes en las que se relacionan con otras empresas. Pero la verdad es que sin la intervención del Estado, la crisis de 2008 hubiera provocado todavía más caos y dolor. Enseñanzas que deberíamos tener presentes argentinos y argentinas, cuando el gobierno actual solo parece gobernar para satisfacer la demanda del sector financiero.

La coyuntura internacional de 10 años atrás no sirvió para reorientar el funcionamiento global del sistema, más bien al contrario. El sector financiero se salvó a costa del conjunto de la sociedad y como consecuencia, aumentó la concentración bancaria. Los niveles globales de endeudamiento crecieron y además, en algunos países, el que era privado se hizo público. La creciente importancia del sector financiero contó con el respaldo de la Reserva Federal y el Banco Central Europeo.

El 5 por ciento de la población más rica acumuló más riquezas, aunque al dato hay que matizarlo. En conjunto, la desigualdad disminuyó a raíz del crecimiento de la economía china. Sin embargo, en la mayoría de los países desarrollados se registró un estancamiento absoluto, junto a pérdidas relativas en buena parte de los ingresos de su población. Además, a pesar de las mejoras en China e incluso en India, los ingresos medios de los países ricos están por encima de los sectores asiáticos emergentes. Después de 2008, el capitalismo no solo no se re-fundó. Más bien nos sigue fundiendo.

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